viernes, 19 de mayo de 2017

Viernes por la mañana

La mañana es gris. No se puede esperar nada nuevo cuando el horizonte está copado por una fina capa de neblina, que hace pensar seriamente si lo que estamos haciendo es un mero pasatiempo repleto de frivolidad o es que realmente tenemos intenciones de vivir como seres inanimados y faltos de sentimientos. Es el frío que me hace pensar así, no hay otra explicación. Pero la mejor explicación a este barullo de cosas que pululan mis entrañas, es el hecho de sentirme en una especie de telaraña mal tejida y la posibilidad de caer es solo cuestión de tiempo. Mal empleado, tal vez. Con pocas oportunidades de sobresalir, sí, es posible. Lo único cierto es que no tengo ganas de salir de estas cuatro paredes y enfrentarme a la realidad. Mi realidad. ¿Qué soy ahora? Un boceto de persona lleno de culpa, desolación y desasosiego.

Despertar de un sueño intranquilo, con dolor de cabeza y de alma, no es una buena radiografía para mostrar. ¿Preferible quedarme callado y acumular toda esta carga de inanición espiritual a la que he recurrido para escarmentar mis demonios? El suicidio tampoco es la solución. ¿Qué sería de mí? Quiero ver Avengers: Infinity War. Es lo único que me hace dudar de halar el gatillo o tensar la cuerda en la columna de al lado.

Pero ¿qué le pasa a este hombre?, se preguntarán. Fácil. Estoy deprimido. Son esas depresiones que vienen de vez en cuando a menospreciar mi cordura. Algunos dirán bipolaridad, un diagnóstico no tan exento de validez. Se puede decir que padezco algún tipo de trastorno de personalidad, pues según lo síntomas me siento eufórico, malhumorado, antisocial y repentinamente lúcido, encantador, verborreico, desinhibido y otras tantas características, que terminan en un prolongado silencio, como si en mi cerebro un diminuto hombrecito apagara el interruptor de la luz. En otras palabras, un borderline insufrible.

Es como en aquellos chistes donde aparece sobre cada hombro un angelito y un diablito diciéndote qué está bien y qué no. Pues todo se resume a esa ansiedad que sentimos cuando hay confusión y lucha de poder por querer ser racionalmente cuerdo en nuestras decisiones.

Vivo dentro de un círculo vicioso del cual no puedo o no quiero salir. Me desalienta no ser la persona que muchos creyeron ver. Me he apartado de todos y es una decisión de la cual no me arrepiento ni me hace sentir miserable; simplemente, no logro mis objetivos, he perdido la brújula y estoy a un paso de perder la esperanza. Lo irónico es que no muevo un solo músculo para revertirlo.

Y sigo aquí, postrado en mi cama, viendo a través de la ventana el gris horizonte de la mañana. Un viernes cualquiera se convierte, en mis manos, en una desgracia irrelevante.