domingo, 23 de abril de 2017

Agujero negro

Norma perdió la virginidad a los catorce años. Eso no la enorgullecía. Pensó que la inocencia interrumpida fue producto del momento, a pocos días de perder a su padre, tras una larga enfermedad que endeudó a la familia. Estaba sola, afligida, desinteresada del statu quo que azotaba su casa, en medio de un caos y una cadena de sucesos que nadie, ni el más cercano de sus amigos, podía solucionar. No lo pensó dos veces cuando estuvo a solas con su vecino, diez años mayor, que la consoló sin medir las consecuencias ni sentir remordimiento. Norma era una chica precoz, eso saltaba a la vista, pero también había en ella cierta dulzura de ingenuidad que encendía pasiones viniera de donde viniera. Fue la primera de varias sesiones terapéuticas que la llevaron a canalizar el dolor que la acompañaría siempre.

Había conocido chicas de su misma edad que le contaban sentirse indispuestas con el sexo, no porque fuese malo, sino que estaban convencidas de que encontrarían a la persona indicada con la cual entregarse, pues era una decisión importante y tenían que estar preparadas. Carajo, pensó, aún existe romanticismo en este mundo. No tenían nada en común con ella, y ese no era un problema que tuviera que ventilarse como un titular a gran escala, como si fuera el acontecimiento más importante en la agenda del país. Desde entonces viviría según sus preceptos, sin sexo, sin amigos, sin preocupaciones banales. Una máquina sin sentimientos cuyo única finalidad era sobrevivir.

No fue hasta mediados del año pasado que, por esas casualidades que nos sorprenden sin necesidad de sonreír, se encontró con aquel vecino que la desfloró. Lo reconoció de inmediato, a pesar de la madurez que llevaba encima. Ni siquiera le entusiasmó la idea de acercársele y saludarlo. ¿Con qué fin? ¿Qué ganaría con ello? Lo siguió hasta saber cuál sería su destino en esos momentos. Lo vio entrar a un elegante edificio de oficinas y tuvo la osadía de preguntar en recepción por él. Aún se acordaba de su nombre. Octavo piso, oficina 806, respondió la recepcionista.

Así estuvo varios días esperando el momento propicio de abordarlo. ¿Tenía algo que decirle? No estaba segura. Y cuando tuvo el coraje de verlo a la cara, el hombre no supo si sentirse halagado o esconder el miedo que le ocasionaba aquel look a lo Lisbeth Salander que Norma había adoptado. Solo cuatro palabras bastaron para que el tipo entendiera la razón de tan dichoso encuentro: Me cagaste la vida. Pero fue ella quien empezó con el juego, so pretexto de sentirse mal por la muerte de su padre.

-Abusaste de una menor -dijo Norma.

-Fue hace mucho tiempo. Nadie se enteró.

-Tu esposa no pensaría eso.

-¿Quieres chantajearme? -repuso el hombre, por primera vez asustado.

-No ganaría nada con eso.

-Entonces ¿qué quieres?

-Verte a la cara y preguntarte si duermes tranquilo. Si lo que pasó entre nosotros no fue solo un juego, sino algo más.

-Fue hace mucho tiempo. Éramos jóvenes.

Norma intentó morderse la lengua y soportar el sonido de esas palabras.

-Siento que hayas pensado que entre nosotros... -dijo el hombre, sintiéndose culpable y apenado por haber creado una falsa expectativa en ella-. Tal vez, si no te hubieras ido, habríamos conversado. Pero te fuiste. Nunca supe de ti. Ahora te apareces y quieres reclamar por algo que...

Norma contuvo la respiración antes de chasquear los labios. Era cierto. Ella decidió olvidar el pasado y reiniciar su vida. Doce años atrás su vida pudo haber sido distinta si hubiera curado sus heridas a tiempo. Prefirió sufrir. Ahora estaba en paz consigo misma. Y se marchó.

Lo último que supimos de Norma fue que se reencontró con su familia. Está bien y dispuesta a recuperar el tiempo perdido.