miércoles, 29 de agosto de 2012

El evangelio según San Carlos

Y el Señor dijo: "De alguna manera hay que matar el rato", y los fariseos destruyeron los pueblos cercanos al Mar Muerto. Fue entonces que se levantó una voz en el desierto y los marsupiales escaparon de los cazadores furtivos. Dos veces en un solo día, era más que suficiente para entender que el castigo divino estaba cerca.

Fue en aquellos días, cuando Jesús entró a Jerusalén montado en un burrito, rodeado de un buen número de seguidores, vitoreado y reverenciado como el Mesías que venía a liberarlos de la esclavitud romana. Apenas instalado, fue llevado al templo y no le gustó lo que veía. Los relojes de arena costaban una fortuna y la ropa era de segunda, ya gastada y fuera de temporada. Luego, vencido por el hambre y los temores que su condición representaba, junto con sus discípulos, fue a comer pan y beber vino, en lo que los historiadores llaman "la última cena".

-¡Qh, Señor! -dijo un acólito- explícanos las bienaventuranzas con una de tus parábolas.

Y Jesús dijo:

-Tengo un amigo, pobrecito, ya Dios lo señaló. Desde que se levanta... de frente a chorear. No te rías Pedro, que es firme. Les voy a contar lo que le pasó el otro día. El hombre vive por aquí nomás, en Roma, y ve a una vieja que había cobrado su quincena; estaba champú de cariño, la vieja. El tipo no ha hecho otra cosa que con una daga cortarle las dos tiras del bolso... despacito, sin que se dé cuenta. "Ay, qué liviano siento el bolso", dice. Se vuelve y pega un grito: "¡Ratero, sinvergüenza! ¡Agárrenlo". El hombre... ¡Bufffffff! Manya que el Correcaminos le quedaba chico. Da la vuelta a la esquina y se encuentra con el Coliseo romano. "¡El Coliseo romano, ¿qué hago?!". Y se manda con todo. Justo entra cuando los gladiadores están saliendo a la arena. Coge a un por el cuello, lo tumba, le quita la ropa y se la pone, y se guarda el bolso debajo del escudo. Y sale al ruedo, todo cínico. La gente lo queda mirando y se pregunta: "Oye, ese debe ser nuevo, ¿no? Y debe ser uno de los mejores, porque tiene una estocada en la cara". ¿Cuál estocada? ¡Tremendo chusaso que se manejaba! Y empieza la pelea. Tumba a uno a dos a tres. Luego se manda con los leones. Era el men. A todos se los bajaba. Mira que, con la piel, se hizo cuatro abrigos y un sombrero para el frío. Entre el público había dos centuriones que andaban viendo la función, y uno de ellos se dan cuenta y le dice al otro: "Oye, para mí, que este es cara conocida, hermano". "A ver", dice el otro. "Pero claro, pues; si ese es el zambo camote, ese ya está pedido para la crucifixión". "¿Y qué esperamos que no le hacemos la cana?". Bombero, bajan a barrer. Y todo cínicos, se consiguen un ramo de flores. Y le dicen: "¡Gladiador! El César te saluda. Esto es lo que usted se merece, gladiador". Y el choro se emociona. "Caramba", dice, "la gente me quiere". Y apenas va a coger el ramo le flores, le caen dos marrocas en las manos. "Oiga, señor, pero qué pasa, ¿qué va a decir mi público?". "¿Qué público?, desde cuándo tienes público tú, tremendo ratero que eres. Has asaltado un sinagoga... has asaltado un banco... te has comido a una vieja... Ya, ya, sube nomás". ¿Y saben qué le dice el choro?: "Ya, señor, pero para que no haya roche, sáquenme en hombros".

Los presentes aplauden y festejan la ocurrencia del Señor. Todo iba bien cuando irrumpen la bodega y hace su ingreso cuatro soldados romanos buscando a Jesús, al que dicen llamar Maestro o Mesías. Nadie, por supuesto, dice conocerlo y tal vez se han equivocado de bodega. En eso, se le acerca a Jesús el mozo y le entrega la cuenta: "Maestro, la cuenta". Jesús es apresado, sentenciado y crucificado. Junto a él, a ambos lados, le acompañan dos ladrones. Uno de ellos le mira y le dice: "Oye, tú eres Jesús de Nazareth, ¿verdad?". Y el Señor contesta: "¿Te debo algo?". El ladrón le responde: "No, sino que eres muy popular y me da gusto haberte conocido en persona".

-Aprovecha, porque nos queda tres horas de vida -dijo Jesús.

El otro ladrón, más serio e indiferente, le mira sobre el hombro, no dejándose impresionar por la investidura de su compañero.

-Si tú eres el nazareno -dijo-, bájate de la cruz y recoge mi ropa de la lavandería.

-Mira, compadre -dijo el otro ladrón- no te metas con el hombre. ¿No sabes todo lo que ha hecho por los demás?

-¿Y tú sabes lo que me ha hecho a mí? Me maletea cuando quiere sin misericordia.

-¿Y tú quién eres?

-El zambo camote, pe.

Luego de las siete palabras, los rayos y truenos, la lluvia y Richard Burton que recoge el manto sagrado... el resto es ya bien conocido por todos los católicos ortodoxos que creen en la resurrección. El evangelio se cierra con unas palabras de José de Arimatea que reproducimos en exclusiva: "Sé que la verdad duele".

viernes, 24 de agosto de 2012

El síndrome de Eddie Fisher

La naturaleza humana es una puerta abierta a la investigación profunda de su yo interior, como en ningún otro elemento viviente que exista sobre la tierra. La voluble personalidad del individuo hace de éste un ser sin horizonte, sin sentimientos definidos. Se puede amar, se puede querer, se puede estimular las emociones sobre una persona deseada; pero, ¿hasta qué punto se puede ser fiel y no dejarse seducir por factores externos que rompan el normal desarrollo de las cosas? Los hombres y las mujeres, en porcentajes casi similares, están expuestos a ello. Para ellos no es suficiente tener una pareja a quien respetar, es el mismo instinto de poder y superioridad que pueden darse el lujo de vender su alma por uno o una que le "mueva el piso" y muchas otras cosas más. Se busca alcanzar un nivel mayor, romper con la maldición de "¿Qué hubiera pasado si...?" "Me hubiera gustado que...", "Si yo hubiera..." La insatisfacción se hace evidente y ansiamos más de lo que podemos tener. Es como aquel tipo que se compra un auto. Su amigo más cercano se compra otro más moderno, de la marca que rompe en ventas, con una serie de accesorios y ventajas para su uso. Obviamente, aquel que compró primero busca desesperadamente bajárselo de cualquier forma y, aunque tenga que hipotecar la casa, se da el lujo de gastar por un automóvil de última generación, hasta con artilugios que le ayuden a descargar las  imágenes en vivo del Curiosity desde Marte.

Lo mismo ocurre con las mujeres, en el caso de los hombres que anhelan buscarse un cuero. Y sí, ocurre también al revés. Mostrar trofeos es hoy en día el deporte social por excelencia. Si la pareja de Juan no tiene culo, se busca otra que sí lo tenga bastante proporcionado, como a él le gusta. Y si le agregamos, que los pechos tienen que ser impactantes, ya no es ni una ni la otra, sino otra más que tenga lo suyo bien puesto, sin importar el uso de la silicona. Lo importante es que tenga dónde hincar el diente. La mujer, en cambio, quiere un atleta bien dotado, que no se agote en la primera tanda amatoria y que la escuche y que no se duerma después del coito. Sería el hombre perfecto. Pero ellas son prácticas, si no encuentran a nadie que tuviera las cualidades que tanto buscan, se consiguen un consolador o llaman a su mejor amiga que las ayude a calmar esos ánimos nocturnos.

El hombre pierde la cabeza fácilmente por una mujer exuberante. Ya no hay eso de que todo entra por el intelecto. La culpa de todo la tiene la publicidad. Vende al sector masculino una serie de estupideces con las que cree va poder conquistar al sexo opuesto. Pero son cosas superficiales que no se comparan con el hecho de abandonar a tu mujer por otra, perjudicando el sentido de responsabilidad de hogar para con los hijos. Es la calentura del momento, la codicia por la posesión de lo ajeno, la irremediable condición del estado más primitivo por hacer y deshacer a su antojo una norma de convivencia y de respeto por sus semejantes. Imposible no esconder la cara cuando te miran como un desgraciado, cuando le das todo tu dinero a la otra y abandonas a tu mujer e hijos, solo porque sabe hacer cosas que tu cónyuge se resiste a experimentar. Conozco a un amigo que dejó a su mujer de diez años sólo porque su amante se dejaba hace sexo anal y gritaba como loca por todo lo que le hacía el susodicho. Si supiera que esa misma tipa lo engaña con su mejor amigo, la cosa no es más divertida porque no deseo que esto se convierta en un artículo sarcástico, muy a mi estilo.

Un ejemplo palpable es el que vivió Elizabeth Taylor. Al enviudar ésta del productor Mike Todd, en 1958, el mejor amigo de la pareja, Eddie Fisher, prestó su hombro para consolar a la famosa actriz y acompañarla en su dolor. Sí, pues, ese dolor se convirtió en uno de los romances más escandalosos de la época. Fisher abandonó a Debbie Reynolds, su pareja de entonces, para irse a los brazos de la "amiga de la casa". Ni siquiera le importó el destino de sus pequeños hijos, uno de ellos la futura Princesa Leia, Carrie Fisher. Y es que en cosas del corazón no podemos hacer nada. Algo ocurre en el cerebro de cada quién y no les importa pisotear la promesa que juraron mantener hasta la muerte.

En el caso de que el amor haya muerto en la relación, se pueden tener ciertas licencias y finalizar el compromiso en buenos términos. En cambio, si la cosa marcha lo bastante bien entre ellos y por cosas del destino se cruza en el camino la némesis que hará desestabilizar lo ya consagrado, es imposible no caer en la tentación, para bien o para mal. Pero no quiero ser injusto con el hombre; la mujer tiene lo suyo, es tan culpable como el hombre al aceptar una relación sabiendo que ya tiene pareja. Las cosas son más complicadas de lo que suponemos y esto es una suerte de capricho existencial, rodeado de culpabilidad y sentido de moralidad en nuestros actos. Cuando realmente sentimos remordimientos de los sucedido. Qué pasa si la persona carece de raciocinio para distinguir qué está bien y qué no. Se actúa por ese instinto básico que tiene el ser humano para enfrentarse a cosas nuevas y riesgosas, que sin pensarlo dos veces trasgrede los valores que quiere enseñar a su descendencia. Y la historia se repite de generación en generación, porque se ve como algo normal. Es normal que el varón tenga más mujeres porque le da el título de Hombre. Hombre no es aquel que demuestra tener más de una mujer en la cama. Hombre es aquel que demuestra serlo por su convicción de proteger a los suyos, que respeta su hogar y que sabe valorar el amor de una mujer, la que aceptó estar con él por el resto de vida que le queda en adelante.

Son palabras, dirán. Los hechos demuestran que la fidelidad es cosa del pasado. Aquí subsiste la ley del más pendejo, porque les hacen creer que la pendejada es una cualidad innata que debe ser santificada por el mismísimo Papa. No somos fieles ni con el pensamiento, deseamos a la mujer del prójimo, a la mamá del compañero de clases de tu hijo, a la secretaria, a la jefa, a la fénix de la PNP, cuando realmente lleva el cuerpo de la institución con orgullo y no nos interesa que nos ponga una papeleta, siempre y cuando quiera tomarse un cafecito al concluir su turno. Hay tantas cosas que nos hacen ser infieles, que la lista no terminaría nunca. Lo que importa es que tengamos en claro que no siempre seremos jóvenes, que cuando pase la calentura, cuando necesitas volver a casa y no haya nadie esperándote, es mejor no lamentarse ni repetir por enésima vez "Si yo hubiera..." al verte solo, sin dinero y con unos hijos que te odian porque abandonaste la casa junto con la sirvienta o con la tía Gladys. Pensar mejor y hacer las cosas de forma correcta, nos da esperanzas de ser tomados en serio por aquellos que nos ven como su ejemplo y modelo de vida. Como diría mi abuelo, "si quieres evitar tantos sinsabores en la vida, ¿para qué te casas?"

martes, 21 de agosto de 2012

Las tetas de Lucía

Lucía era una niña precoz. A los trece años se jactaba de tener dos amantes, unos chiquillos que veían en esta tierna criatura su objeto del deseo más sádico. A ella no le importaba mucho lo que hacían con su cuerpo ni con su reputación, que fue regada como dosificador en llanuras poco profundas. Sabía que experimentar dichos menesteres oníricos sería una ventaja entre sus coetáneas, aún ilusionadas con el primer beso y con las muñecas de colección, las que vendían como ejercicio práctico para lograr ser unas buenas amas de casa. A ella le parecía una tomadura de pelo que una mujer tenga que estancarse con dichas disposiciones caseras, sin siquiera darle oportunidad de demostrar que también tenían la suficiente entereza para convertirse en una mujer de éxito. Como diría su padre, y muchas veces secundado por su madre, que la mujer debía estar siempre al lado de su marido, atenderlo y atender su casa y sus hijos. Era un chiste, sin duda, cosa que debió ignorar porque su presencia en este mundo no era estar detrás de un delantal ni de una cocina.

Por caprichos de la naturaleza, Lucía empezó a desarrollar físicamente antes de lo permitido. Su metro sesenta y ocho impresionaba a sus profesores de segundo grado, mientras que sus compañeritos ya creían ver a su próxima Miss Primavera para los juegos florares que su institución educativa organizaba para tal efecto. A los nueve años notó que sus pechos empezaban a crecer y su trasero no era precisamente la de una niña de su edad. Al principio sintió vergüenza y en ocasiones se hacía la enferma para no asistir a las clases de educación física, lo que le produjo bajar en sus calificaciones generales y postular a una beca más adelante.

Cuando por fin comprendió que era natural y que su metabolismo le demandaba un desarrollo fuera de lo común, lo tomó como una bendición. Destacaba más que otras amigas suyas, absortas por esa fijación ganada poco a poco y que las dejaba relegadas del gusto masculino. Al finalizar la educación primaria, fue elegida para izar el pabellón nacional en una ceremonia con el alcalde, y era vitoreada cada vez que subía al estrado y entregar alguna distinción a personajes reconocidos por las autoridades ediles. Su mayor contribución a la afectación hormonal fue cuando un viento inesperado le alzó la falda y todos pudieron contemplar que su culo era el más bonito que habían visto.

Su mejor atributo a simple vista eran sus tetas. Unas tetas hermosas, redondas, duras y firmes. Era el objeto del deseo en la secundaria y no fue menos interesante lucirlas en plena clase cuando quería que le aprobaran un curso o le subieran la puntuación en un examen. Mucho dolor de cabeza para sus maestros, que evitaban en lo posible acercársele, pues serían vistos de muy mala gana por el director del plantel, quien también esperaba llevarla a su oficina por cualquier pretexto y disimular sus deseos pedófilos por aquellos bonitos pechos adolescentes. Al conseguir que dos idiotas fueran sus amantes, les pedía todo lo que se le antojaba, con la promesa de enseñarles el busto en el baño, sin que nadie se diera por enterado. Al verse complacida por los pedidos exigentes de su condición de "dominatriz", les decía que se habían demorado mucho y que serían castigados por dicho desacato. Si, pues, quien dice antojarse de pan con chicharrón a las once de la mañana o de una marca específica de golosinas, era muy probable que la suerte fuera esquiva para quienes se atrevían a no pasar el reto.

Cansada de las quejas de sus amantes -cosa que no era tal porque jamás había tenido intimidad con ninguno, simplemente besos y caricias furtivas que se vanagloriaban de haberla tenido entre sus brazos-, empezó a alejarse de ellos tras una serie de desafortunados malos entendidos que terminaron por conseguirse a uno más curtido, alguien con más experiencia y deseoso de complacerla hasta el más mínimo detalle. Para su desgracia, creyó hacer la misma jugada, pero entendió que el tipo no estaba bromeando cuando llegaba con los pedidos extravagantes e inusuales de la fémina. Su orgullo parecía volcarse a una desesperación casi aparatosa. No podía negarse a los requerimientos del muchacho, pues, ella había puesto las reglas de juego en el tapete, así que dejó que se saliera con la suya.

A los quince años perdió la virginidad y al año siguiente tuvo que aprender a soportar el infernal dolor del sexo anal, el cual le resultaba asqueroso y degradante. Se sentía como una vaca o una cerda ridiculizada a su mínima expresión. El tipo estaba dispuesto a satisfacer sus más oscuros propósitos y ella no podía sacárselo de encima. Peor aún cuando trató de acusarlo por corruptor de menores, pero era una idea demasiado delicada para no tener bajo la manga un escudo protector, un salvoconducto que le posibilitara escaparse de aquellas garras degeneradas.

Para su desgracia, el susodicho individuo había grabado desde su celular las escenas más candentes de su actividad sexual, que sería imposible señalar que estaba siendo obligada y subyugada por su captor. Las imágenes hablaban por sí solas, la mostraban tan fogosa y deslumbrante antes unos gritos que erizaban la piel de cualquiera. A simple vista, era una diosa del sexo, que le gustaba el sexo y había nacido para el sexo. Tuvo que resignarse a no ser chantajeada y mantener la relación sin cambios ni condiciones. Y esos cambios se evidenciaron en la conducta de la muchacha, quien ya no era la chica radiante que todos conocían. Se lamentó enormemente haber despertado muy temprano los deseos inescrupulosos de los hombres. Creyó aprovecharse de ellos y gozar de su poder y manipulación, que, sin embargo, comprendió que no todo era color de rosa ni mucho menos un trampolín a la comodidad sin el menor esfuerzo.

Cansada de sí misma, en lo que se había convertido, no tuvo más remedio que ingerir pastillas y beber lo que fuera para que hicieran efecto en su organismo. Estaba harta de ser una perdedora y una estúpida. Desafortunadamente, sus esfuerzos por irse a un mundo mejor no tuvieron eco y se salvó por un pelo. Ya restablecida, el hombre le propinó una serie de golpes y ultrajes por el simple hecho de hacer lo que quiso hacer, lo que provocó en ella una rabia contenida que fue creciendo muy dentro de su alma. Se armó de valor. Cogió unas tijeras y se las clavó en una pierna. Mientras este aullaba de dolor por la herida, sin poder caminar, Lucía tomó un cuchillo y le cortó el miembro desde la raíz; luego, lo tiró por la ventaja y se desternilló de risa, una risa desquiciada y escalofriante. El tipo se desangraba y ella le mostraba las tetas, diciéndole que jamás volvería a tenerlas en sus manos. Más tarde, salió de la casa y no volvió más.

Semanas después la prensa se enteró del hecho y Lucía no pudo evitar soltar una carcajada al leer la noticia en un diario, que sus padres se preguntaron qué le había provocado tanta gracia. Ella explicó con detalles lo sucedido y entre ellos empezaron a gastarse bromas sobre el pobre hombre que perdió su miembro por manos de una descocada. "Si supieran quién fue", se decía. Luego siguió leyendo a sus padres: "La víctima, identificado con las iniciales J.C.B., fue hospitalizado de emergencia, pero nada pudieron hacer los galenos por injertar nuevamente su miembro, ya que este había perdido mucha sangre y los tejidos se habían deteriorado por el tiempo expuesto en la intemperie..." Recordó que en su momento de locura, había arrojado el pene por la ventana y nunca más supo qué fue de él.  Recién ahora se dio por enterada de lo sucedido, ya que los peritos lo encontraron en el balcón del piso inferior. Quien haya sido el que lo había visto en su ventana, se habría pegado un susto sin saber a quién devolvérselo.

Cumplida la mayoría de edad, Lucía decidió realizarse una cirugía estética. Bajo el consentimiento de sus padres, se reduciría dos tallas del busto y así lucirlos como cualquier chica normal. Mientras era anestesiada, pensó que ese había sido su problema desde el principio. Ahora estaba a tiempo de enmendar su error.

lunes, 6 de agosto de 2012

¿Y ahora qué?

He visto fracasar los intentos de mantener una línea de gobernatura del actual régimen, ya sea por los intentos desesperados de la Derecha por mantener su hegemonía y salirse con la suya, que se necesita una nueva estrategia que impulse los planteamientos antes ofrecidos. El gobierno se encuentra entre la espada y la pared soportando todo tipo de insultos y críticas desde varios flancos, especialmente de la prensa, aquella prensa que aún persiste en sus intentos de entronarse desde las épocas oscuras del Fujimorato. Lo mismo ocurre con el sector financiero y empresarial. A ellos solo les interesa generar ganancias y lobbies con algunas empresas poderosas y desmembrar al país como una suerte de juego de Monopolio y repartirse lo que quede de él. Nadie niega que la economía neoliberal haya aportado mucho al cambio significativo del país y de la sociedad, que ha podido darnos una salida más o menos pujante y que ya no se nos vea como unos parias tercermundistas. Sin embargo, no es suficiente. El poder y la riqueza se ha elitizado, se ha vuelto una burbuja aislada de los verdaderos intereses que se tiene para sacar al Perú adelante, que la pobreza disminuya y que muchos de nuestros conciudadanos aspiren a una mejor condición de vida.

Lamentablemente, como nos enseña la historia, el que gobierna no es aquel que elegimos cada cinco años, sino aquellos que hasta la fecha son considerados los dueños del Perú, un puñado de "hombres ilustres" que han sabido conquistar el mercado mediante el engaño y la usura, mediante los arreglos bajo la mesa y las exoneraciones tributarias que desinflan el presupuesto nacional que se necesita para construir un mejor país. Ahora se suma el control de la información, la estupidización es la clave para mantener al ciudadano corriente lejos de la realidad, fomentando la ignorancia y gestando sobre él recelo y desconfianza por la persona que quiere velar por sus intereses. Hablan de democracia, de libertad de prensa, de imparcialidad; son ellos los que quieren poner la pauta en la agenda política, designando a cuanto individuo les parece el correcto para dirigir un cargo público de importancia. Sí, pues, los mismos que alguna vez estuvieron presentes en la repartición y que hicieron de este país un pastel del cual sacar la mejor tajada.

El gobierno se tambalea no por las políticas que ha emprendido desde que tomó el mando, sino de los parásitos de siempre, los que salieron de sus madrigueras apenas el "chino" tiró la toalla y huyó como rata en naufragio. Al volver la democracia, de la mano del "cholo sagrado", también volvió el sistema carroñero, adulador y virreinal. Pese a las malas prácticas empleadas por el ciudadano Fujimori, que sirvieron de modelo para sus sucesores, pudimos descubrir la clase de Estado en que nos habíamos convertido. Habría que darle una medalla al mérito a Vladimiro Montesinos por habernos mostrado, en pantalla ancha y en Technicolor, el verdadero rostro de un sistema corrupto y embelezado por el poder. Mientras el país se moría de hambre, sin tanta concha, los fajos de billete desfilaban de una mano a otra. Y ese resago persiste. Los "poderosos" se acostumbraron a trabajar menos y recibir mucho. ¿Recuerdan el terremoto de Ica en 2007? Horas después de haberse producido, Alan García dio un mensaje esperanzador, de que su gobierno levantaría la región de los escombros al día siguiente. ¿Y qué fue lo que hizo? Legó facultades a una comisión que se encargaría de reconstruir Ica; sin embargo, esa misma comisión hacía su "agosto" y se olvidó para qué fue convocada. A García le importó un carajo, se preocupó por darle un exacerbado interés a la recuperación de los llamados colegios emblemáticos y darle una nueva cara al Estadio Nacional. Muchos se beneficiaron con dichas obras, con licitaciones fantasmas y presupuestos con dos ceros de más. Peor fue cuando se encargó de inaugurar obrar inacabadas, solo fachadas que sirvieron de cortinas de humo ante las acusaciones que se les venía imputando a sus allegados con relación a los "petroaudios". Para él el país iba avanzando, con esa grandilocuente carcajada  y escandalosa obesidad que decía mucho de su poder como presidente. Y a nadie parecía importarle, los medios lo amaban, y lo siguen amando, porque es quien dice ser, un emisario de la modernidad, un empresario que ve con buenos ojos el auge de unos pocos a costillas de la desesperanza de la mayoría. Un guasón con todas las de la ley. 

¿Cómo cambiar el sistema?, se estará preguntando Ollanta. Él mismo lo dijo, es muy difícil gobiernar en estas condiciones. Es imposible avanzar teniendo piedras en el camino. La corrupción es enorme y las altas esferas aún esperan el momento para desestabilizarlo aún más. Y claro está que a esta gente le repugna la idea de tener a un mestizo como jefe. Puedes tenerlos como asistentes, secretarios y hasta mozos, pero jamás darle la mano como tu superior. Somos tan racistas y anacrónicos. Somos tan virreinales en nuestra manera de distribuir los mecanismos necesarios para convertirnos en una república autónoma y moderna, progresista y disciplinada, confiable y protectora. Lo único que le queda a Ollanta es darles el gusto y tomar el país por asalto, para que de una buena vez lo tilden de chavista y totalitario. Sería fácil. No. Ollanta es un hombre de retos, quiere hacer las cosas bien, pero no lo dejan, por la misma razón que afecta a los intereses de ese puñado de "hombres ilustres" que no quieren someterse ante un cholo cualquiera.

Y en eso nos hemos convertido. En un feudo. Debemos rendirle pleitecía a los dueños de las tierras, a los dueños de los bancos y de las empresas que abaratan costos, que no respetan la jornada laboral, que se cagan sobre los sindicatos y despiden a todo aquel que reclama sus derechos y son señalados como comunistas; que cuando van a postular a un trabajo, Recursos Humanos pide referencias y se dan con la sorpresa de que dicha empresa habla pestes de su ex empleado, como conflictivo y deficiente. Sin embargo, nos bombardean con tarjetas de crédito, facilidades de pago, exclusividad, status. La riqueza nos obnubila, el confort, la propaganda barata: si compras tal marca o en tal tienda, te verás como esos modelos, blanquitos, de cuerpos espectaculares, rodeado de chicas guapas o galanes que te harán sacudir el calzón con solo sonreírte. La estupidización, como ya dije.


Y creo que la comparación cae a pelo en estos momentos. Vivimos en una Ciudad Gótica apesadumbrada por las diferencias sociales, por la corrupción, por los villanos de turno que quieren desestabilizar aún más los cimientos de una sociedad indiferente, conformista, desinteresada de los problemas internos del país, acostumbrada a ventilar los escándalos de tal o cual figurita de la farándula, como si el único consuelo que nos queda es que ellos también son humanos y merecen toda nuestra consideración. Hacemos cualquier cosa para ganar titulares, ser conocidos y que nuestra opinión sea escuchada, sin que lo demás importe. Salimos a la calle a protestar por cosas que ni entendemos, que ni siquiera sabemos cuál es su verdadero trasfondo. Los conflictos sociales se convierten en una especie de campos de batalla, sin vías de solución por capricho de unos pocos en ambas direcciones. Nada se puede hacer mientras no haya entendimiento y qué queremos realmente para beneficio mutuo.   

Necesitamos urgente de un héroe que ponga orden a todo este caos, un símbolo de nuestras esperanzas, de nuestros temores y flaquezas, que nos permita ser nuevamente ciudadanos de una ciudad y de un país que pide a gritos ser tomado en cuenta. Mientras exista la tiranía y la opresión, de aquellos que nos exprimen, que nos hacen ver mariposas y jardines celestiales en medio de una cloacla creada por ellos mismos, jamás saldremos adelante. Seremos siempre enemigos de nosotros mismos, desconfiando de las buenas intenciones de unos pocos que no le dan cabida porque no se ajustan al pensamiento actual. Difícil encontrar a alguien con esos ideales, sacrificándose por los demás sin recibir nada a cambio, condenado a vagar entre las sombras y esperar la redención como último recurso. Está de más decir que la caída es cada vez más dolorosa cuando se sube muy alto. No dejemos que nuestro país caiga al inframundo de nuestra propia podredumbre moral.