miércoles, 27 de febrero de 2013

"Amiga, ¡qué buena que está tu papa!"

Suele ocurrir cada veinticinco semanas. Mis amigos deciden armarse de valor e invitarme a pasar con ellos una ronda de tragos y entretenimiento garantizado. La mayoría de veces soy un recluso de mis propios demonios, pero también es cierto que ando metido en difíciles tareas que me mantienen fuera de circulación. Esta vez, quise darme un respiro y verles nuevamente las caras. Mis amigos son algo especiales y se toman muy en serio los desaires, que hasta ahora no entiendo la insistencia con que me buscan. ¿Será que sienten mucho cariño hacia mi persona, o soy la opción menos mala de la noche? Esta vez, las cosas parecían menos contradictorias y llenas de sabor fraternal. El beneficio de la duda fue cortada de raíz y aparecí bajo el umbral de la puerta de aquel bar, el mismo que sirvió de muchas escenas imperdibles de nuestro acontecer juvenil.

Las cosas habían cambiado en tan poco tiempo. Las caras eran más estables, los sentimientos se apegaban a las normas de un empleo seguro y rentable, de una familia recién constituida, de una militancia política menos estridente y más reflexiva. Todo lo contrario a mí, que mantenía el mismo carácter y la misma disposición de hacer mofa de la idiosincracia limeña. Tal fue la impresión, que uno de ellos agradeció que siguiera siendo el Carlos M. Alarcón de los viejos tiempos, antes de Tarata y la corrupción fujimontesinista. Esos años habían dejado un sabor amargo en sus vidas, que les sorprendía que tomara las cosas con calma y buenaventura. Quizá, la única razón de mi presencia era esa: tomarnos unos minutos y alejarnos de las consabidas preocupaciones personales y estilo de vida vacíos y rutinarios.

Salazar estaba más gordo. Se le veía bien, con la incipiente barba entrecana y los gruesos anteojos de carey. Llevaba casi doce años dirigiendo una empresa de electrodomésticos y resultó todo un hallazgo verlo sentar cabeza. Nunca le vimos interés en los negocios ni sentido de liderazgo, que sorprendía verlo exudar ese entusiasmo por la carrera que había escogido. Lo mismo pensaba de González. La fotografía era su pasión, y lo hacía con bastante esmero. Ser reportero gráfico le valió una beca a Londres y estudiar en un prestigioso instituto. Dentro de poco inauguraba una exposición con sus más logradas fotografías en blanco y negro, porque era un forofo del arte expresionista. Cayetano, por su parte, había viajado mucho dentro y fuera del país como consultor de la Unesco, y era el único que había alcanzado cierta proyección en la sociedad. No le iba mal, estaba casado e iba por el segundo retoño. Creo que con él compartí más cosas que con el resto, a quienes apreciaba por su sentido del recato y la distinción. Fue una sorpresa saber que su carácter había mejorado, para bien o para mal. Como que se le había subido los humos y no fui el único que lo notó.

Más tarde, con treinta litros de licor encima, salimos tambaleantes en busca de otro escenario. Las calles estaban vacías y los locales a punto de cerrar. Viendo la poca disponibilidad que les esperaba, Salazar y González fueron los primeros en desertar. Nos despedimos y cada quien se fue por su lado. Cayetano y yo mantuvimos la esperanza de encontrar un hueco dónde caer. Había varias opciones, pero ninguna parecía convencernos de poner la marcha. Comprendí que quería otra cosa; estaba en busca de una aventura que le devolviera el espíritu de aquellas épocas. Traté de complacer sus requerimientos, a pesar del dolor en los pies y el sueño que me desmoronaba. Si no dormía dieciséis horas como mínimo, estaba frito. Se le ocurrió a que fuéramos a una discoteca, pero ésta estaba repleta y apestaba a sobaco. Luego, fuimos a otra y pasamos el rato bebiendo sangría. No estaba funcionando. Le dije que si quería llamar la atención de las féminas, la sangría nos hacía ver muy gays; así que pedimos sendos tragos que nos devolviera la esencia del macho alfa. Y tenía razón. Dos muchachas nos invitaron a bailar y la espera dio sus frutos.

No soy nada conversador. Cualquiera dirá que el aburrimiento es mi sello distintivo y repelo toda iniciativa de mi acompañante. En cambio, me gusta escuchar. Creo que eso sí me define de cuerpo entero. Mi receptor se siente cómodo al dejarlo explayar toda esa emotividad contenida, que quizá el papel de "paño de lágrimas" era ya una garantía de sentirme miserable toda la noche. En cambio, Cayetano la estaba pasando bien. Creo que ya se la estaba tirando en el baño, porque no lo veía en ningún lado. Pensé que se había largado y arrimado la cuenta de las bebidas. Pero no, al poco rato volvió, transpirado y agitado como una gelatina recién cuajada. Ni qué decir de su compañera, que llevaba la blusa arrugada y con el maquillaje alborotado, que parecía una pintura de Picasso. La muchacha estaba hecha una cuba, así que no sería extraño que se dejara tocar más de la cuenta sin que lo notara. Todo lo contrario a mi pareja, tan sobria como yo, que ninguno de los dos sintió la necesidad de ir más allá de una agarradita de manos o una sonrisa incómoda, en medio de un silencio también incómodo.

La muchacha tenía que irse. Era comprensible. Le dije a mi amigo que habían venido juntas; por tal motivo, debían irse juntas. Trató de convencerlas que se quedaran un rato más o, de lo contrario, ir a un lugar menos bullicioso en donde podamos pasar un "momento agradable". No atracaron. La más borracha se puso insolente y sólo atinaba a balbucear incoherencias. Me imagino que la mamá de Cayetano formaba parte de su repertorio. Sin provocar un incidente mayor, las despachamos en un taxi y sanseacabó. Ni siquiera intercambiamos teléfonos. Eso demostraba que no éramos más que un divertimento fugaz, de difícil recordación.

Cayetano también tenía sus copas de más. Caminamos largo y tendido a través de una larga y solitaria avenida. Era la única manera que le pasara la borrachera. Yo tenía sueño. La ventaja de no ser tan pollo. No se me ocurrió mejor idea que comer salchipapas en El Burrito. Estaba abierto toda la madrugada y nunca era tarde comer frituras saturadas en grasa. Tenía hambre, no había comido nada desde temprano. Pedimos una porción grande de salchipapas y picamos de ahí, junto con una jarra de chicha morada, con más agua que chicha. La mesera que nos atendía no estaba mal, tenía buenas piernas bajo esa diminuta falda y dos generosos pechos que ocuparon toda mi atención. Cayetano no perdió el tiempo y le pellizcó en la cintura cuando ésta pidió la orden. La muchacha le quitó la mano enseguida, quejándose del atrevimiento. "Amarra a tu perro", dijo. Me disculpé por el estado lamentable en que se encontraba, pero no fue suficiente.

Cuando el piqueo se había terminado, la muchacha regresó a recoger la mesa. Cayetano, muy suelto de huesos, le dijo: "Amiga, ¡qué buena está tu papa!". No supo si reír o darle una cachetada. Entendió la indirecta y simplemente se marchó. Luego, Cayetano se echó sobre el asiento y se quedó dormido. Hasta se puso a roncar, sin respetar a la pareja que teníamos a la espalda. Pedí la cuenta y la muchacha sugirió que volviera otro día, pero solo. Comprendí que mi amigo no era una buena compañía para disfrutarla después de las doce. Sin embargo, prefería verlo así que verlo sobrio, tan soberbio y metido en su personaje de ministro o ejecutivo de alto rango. Por eso me gusta estar solo. Las malas compañías me quitan la oportunidad de ser yo mismo y quedo siempre en el papel de niñera.

Llevé a mi amigo al paradero. Estaba aclarando y el reloj marcaba las seis de la mañana. Tomó el primer bus que pasó por esa calle, rumbo a su casa. Mientras, aún solo y sin que un alma decidiera asomarse, regresé a El Burrito. La mesera se sorprendió verme. Pedí un café bien cargado. Me tomaría diez minutos beberlo... y olvidar lo que había pasado aquella noche.

martes, 19 de febrero de 2013

La chica que quería matar a su padrastro

Leyla Santander era extraña. Su aspecto asustaba a cualquiera. Era difícil no pasar inadvertida y trataba siempre de mantenerse al margen de las circunstancias. En el colegio era vista por sus compañeros y maestros como una friqui, una de esas muchachitas vestidas de negro que no les importa nada, que fuma a escondidas y tiene sexo con cualquiera. Esa era la reputación que todos conocían, que todos querían creer, que la habían catapultado al mismísimo infierno de la infamia. Sin embargo, a ella le importaba un carajo que comentaran a sus espaldas cuentos inventados por gente que vivía en el oscurantismo del prejuicio. Aunque nunca fue objeto del bendito bullying, más por temor de ellos a que sacara una pistola o un cuchillo, se sentía discriminada por cosas que ellos creían ciertas y alimentaban aún más su leyenda. Le gustaba, como a la vez le molestaba. Sus enormes ojos negros, adornados con piercings y delineador, eran penetrantes, rígidos, matemáticamente controlados para demostrar que tenía carácter, reflejaba más bien un tormento que la acompañaba desde mucho antes, sin que nadie pudiera entender la razón de su aislamiento.

A la edad de cuatro años, quedó huérfana de padre, sin siquiera haber entendido cuáles fueron las circunstancias de su deceso. Al poco tiempo, su madre contrajo nuevas nupcias con alguien que aparentemente demostraba tener una bondad por los suyos, que sin embargo, pudo desnudar habiendo ya tomado posesión de la casa y de la vida de quienes la habitaban. Leyla fue sometida a brutales vejaciones, que hasta la madre permitía que se las hiciera porque no conocía a otro hombre que pudiera aceptarla con una hija. Guardaba silencio y apoyaba al marido de toda acusación. "Eres tú quien se le insinúa, puta", decía la mujer a su propia hija de tan sólo ocho años. Y hay que decir que Leyla había desarrollado notoriamente para su edad, que muchos dirían que tuviera doce o catorce años.

Cuando cumplió los diez años, Leyla podía defenderse sola. Había engrosado y sus músculos podían ayudarla a soportar un golpe de su atacante. El padrastro, al verla en paños menores, quiso ultrajarla como de costumbre, sólo que se llevó una sorpresa. Leyla le cortó la cara con una tijera y le mordió el cuello, aduciendo que era una vampira. La madre, al ver la reacción de la muchacha, optó por echarla a la calle y llevarla donde su abuela. Ya tenía suficientes problemas con que el marido no se fuera de la casa, así que era una decisión extrema pero conveniente para ambas.

La abuela comprendió en todas las cosas que había tenido que vivir Leyla, así que le enseñó que hay otros caminos necesarios a la paz espiritual. La educó hasta convertirla en la imagen que era ahora, misteriosa, fuerte y decidida, sin dejar entrar a ningún hombre en su corazón. Se dedicó a la lectura y a la música. Su disciplinada actividad académica y familiar la llevaron luego a buscar empleos de archivadora o mecanógrafa. Era rápida, intuitiva, que a ninguno de la oficina le importó su look, porque no era un requisito indispensable. Se había ganado el respeto de sus superiores que le ofrecieron el puesto de investigadora, cosa que le fascinó desde el primer día. Gracias a sus habilidades innatas, pasó a las órdenes de un staff de abogados, que le ofrecían un buen sueldo y la disponibilidad que requería por sus servicios. Los casos era muy bien estudiados y no se le escapaba los detalles. Así ganaban y los clientes aumentaban por la eficacia del bufete.

Ahí conoció a un joven abogado. Nunca supo si era amor o simple atracción, pero no se despegaban por ningún motivo. Fue el único que escuchó de sus palabras la difícil transición de niña a mujer y el odio que aún le guardaba a su padrastro. Le dijo, sin titubeos, que lo matara, porque un juicio a estas alturas era improbable. A ella le causó sorpresa que un abogado recomendara una acción de ese tipo; pero era una decisión sabia y reparadora. Recordó lo que su abuela le había enseñado con eso de los "otros caminos necesarios a la paz espiritual". Y así lo hizo. Esa misma noche, presa del frenesí, hizo por primera vez el amor con un hombre a quien no odiaba. Se dio cuenta que había guardado sus deseos por mucho tiempo. Fue toda una máquina de follar. El hombre quedó agotado enseguida, pero no exento de deseo por ella. Se hicieron de todo esa noche y pactaron en terminar con ese rencor de una vez por todas.

Supo que su madre aún vivía con ese viejo bastardo, como así le llamaba. Empezó a organizar un itinerario de su persona, sus horas de salida y de llegada, a dónde iba, con quién se veía. Para su sorpresa, el gusto por las muchachitas no lo había perdido. A espaldas de su mujer, se recurseaba unas fichas para despacharse a dos adolescentes recién entradas en carnes. El tipo tendría lo suyo, porque era muy requerido en algún cumpleaños o lo que fuera, con tal de saciar sus instintos bestiales. Fue por esas fechas que pudo descubrir su siguiente movimiento. Fue el invitado de honor de una parrillada y, como se destila en ese tipo de reuniones, el trago y las chicas fáciles estaban servidos en bandeja.

Leyla esperó dentro del auto de su amigo el abogado. Tenía su lado perturbador, como pudo darse cuenta. Su experiencia en casos de ese tipo, donde el homicidio era el plato principal, le habían dado ciertas pautas para enfrentar sus miedos. Conocer a esta muchacha, fue lo mejor que pudo haberle pasado. Ambos tuvieron un extraño sopor que los llevó a correrse antes de que el viejo apareciera. Minutos después, vieron al tipo llegar, acompañado de las dos adolescentes. Entraron a un hostal, nada glamoroso y desvencijado. Luego, la joven entró sola al antro y preguntó en recepción por el viejo, cosa que el encargado no quiso brindarle la información, hasta que un par de puñetes en el rostro le hizo cambiar de idea. Subió al 303 y esperó afuera hasta que se hubieran calateado y así poder agarrarlos con las manos en la masa. Cuando las muchachas se hubieron ido, contó hasta diez y abrió la puerta. El viejo estaba pasado de copas así que no tuvo mayor resistencia. Cuando volvió en sí, se encontraba amarrado de las extremidades en cada punto de la cama. Tenía una cinta adhesiva en la boca, que sus gritos eran imperceptibles. Al principio no supo quién era su atacante, pero más tarde comprendió de quien se trataba. Y tuvo mucho miedo.

Leyla sacó un cuchillo y empezó a escribir con él sobre el pecho del viejo. La sangre brotaba y el tipo se desesperaba por librarse de sus ataduras. En el techo había un espejo y fue tal la astucia de la muchacha que escribió al revés para que él pudiera leer lo que tendría marcado de por vida: "Soy un puto, me gustan las niñas". Luego, roció sobre las heridas media botella de alcohol y encendió un cigarrillo. Le cogió el pene, lo estimuló hasta quedar rígido y le quemó el glande. Con una cuerda, enrolló el miembro hasta que las venas estuvieran a punto de reventar y se lo cortó de un tajo. Aún erecto, se lo metió por el culo. Antes de marcharse, le dijo al oído: "Espero que te haya gustado". Salió y dejó al tipo que se desangrara hasta morir.

La noticia fue el referente de titulares por varias semanas. Hasta las muchachas que acompañaron al viejo fueron sindicadas como autoras del crimen, mientras que el recepcionista había desaparecido de su centro de labores. Convenientemente, no podría declarar qué sucedió en aquel "Hostal del terror", como la prensa amarilla había bautizado aquella espeluznante noche. Por su parte, Leyla volvió al trabajo y su aspecto había cambiado notoriamente. Estaba mejor vestida, su cabello ordenado y reacondicionado por un experto irradiaba una sedosidad envidiable. Fue la primera vez que la vieron sonreír y predijeron que haría historia dentro del bufete.

Foto original: Mustache

jueves, 14 de febrero de 2013

Conversaciones en el pub

¿Y qué te parece lo de Benedicto XVI?, dijo sonriente mi amigo, entre copas y bocanadas de cigarrillo. La expectativa por conocer a su reemplazo, no le inquietaba en lo absoluto, ya que se consideraba un teólogo agnóstico existencial. Juzgar al hombre de Dios estaba tan manoseado, que le parecía hilarante ver por televisión al más recalcitrante y fundamentalista católico rasgarse las vestiduras por tan absurda dimisión. ¡Ni qué decir del rayo que golpeó la Basílica de San Pedro! Mi amigo pensaba que la Iglesia ya estaba pagando factura por todas las burradas cometidas desde su fundación, que le parecería más aconsejable apagar las luces y cerrar el quiosco. Sin autoridad moral, no debía juzgar a los pecadores ni alzar la bandera del decoro. ¡Tantos crímenes, tantas vejaciones, tanta hipocresía... lastima mis oídos, familia! Era mejor dar un paso al costado y volvernos todos libres de la institucionalidad que representa el Vaticano. No quiere decir que neguemos nuestra fe, una cosa muy distinta. Uno podría seguir creyendo en Jesús sin asistir a una liturgia, cosa contraproducente cuando en su momento se dijo que no debería adoptarse un sistema al que se reverencia a una figura de madera ni confesar nuestro pecados a un sátiro que han hecho de la iglesia un negocio redondo.

Mientras Jesucristo vivió usando las mismas ropas antes de la crucifixión, la Iglesia exhibía un estatus impensado para aquel que nos libró del pecado original. Como en la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, los franciscanos defendían la pobreza y la devoción absolutas, mientras que el clero apoyaba la idea de que la riqueza no debería estar en tela de juicio, porque tenía tanto valor como la espiritual, mientras se buscaba el bienestar de los acólitos. Mi amigo creía firmemente que el catolicismo era una mafia peor que las de Chicago o Nueva York, con sus caporegimes del Opus Dei. Recordó haber tenido un romance con una devota de dicho clan. Creyó que podría guiarlo a la salvación, alejarlo de sus excesos; pero fue ella quien cayó en sus garras y dejó que se apoderara de su ecléctico cuerpo, necesitado de afecto lascivo. En su cumpleaños, sin embargo, recibió como regalo un cilicio de acero inoxidable.

El amor, para él, era un artículo demasiado caro de conseguir. Nunca se había enamorado realmente. Habrá tenido un par de romances de difícil recordación, que lo mantuvieron ocupado durante mucho tiempo. Prefería las aventuras espontáneas y de corto plazo. Se aburría demasiado rápido de una sola vagina. Sin considerarse un lujurioso de extremas preferencias copulativas, le gustaba tener amigas sinceras. Casi la mayoría pierde interés y vaga por el mundo con su mochila sobre el hombro. Él no, le gustaba coleccionar amigas. Era el non plus ultra de las relaciones interpersonales. Las quería y las respetaba demasiado, que muchos no comprendían cómo podía lograrlo. Mientras la mayoría de sus coetáneos las trataban como simples divertimentos, él era todo un caballero, atento, preocupado, desinteresado en su propio placer, gustoso de que la dama de turno pudiera terminar la jornada con una sonrisa en los labios.

Entendí que se trataba de un romántico solapado. A pesar de su fama de bochinchero y borrachín sediento de las más bizarras manifestaciones contraculturales, sus momentos de catarsis los experimentaba al amanecer, con el desayuno sobre la cama y un beso en el hombro desnudo de la fémina. Las sorprendía con algo diferente, nunca realizaba la misma faena. Eso lo mantenía ecuánime, disperso, original. La monotonía le incomodaba y lo convertía en un ser sin sentimientos. Podría parecer contradictorio viniendo de él, pero había mucho sentimiento en sus acciones cuando las puertas se cerraban al otro lado de su dormitorio. Al día siguiente, era otra persona, con más energía, con más predisposición social.

Sus conversaciones eran amenas. Tenía tantos temas que no aburría al que lo estuviera escuchando. Su lema era producto de sus vicisitudes aprendidas a lo largo de la vida, recorriendo bares, hoteles, ciudades y países. En Rusia, por ejemplo, tuvo que defender el honor de una mujer que fue prostituida a la fuerza por un disidente de la KGB, convertido en animador de night club. De no haber sido por unos conocidos de la mafia moscovita, hubiéramos prescindido de su compañía.

Así era mi amigo, mi mentor, mi gurú. Un hombre que no escatimaba tiempo ni dinero, ganado con su talento y su afilado sentido del deber. Sus crónicas reflejaban ese sentir por lo absurdo que se había convertido este mundo, que su locura contagiaba y lo hacía ver como uno de los pocos retratistas del paisaje urbano existencial, del que todos quisiéramos evadir por obvias razones. Él nos devolvía a esa realidad, a su fuerte defensa por el NO y a la inquebrantable lucha por nuestros ideales.

Cuando dejamos el local, con más licor de lo esperado, lo llevé a su hotel. Ahí lo acosté sobre la cama, mientras balbuceaba sobre su viaje a Marruecos. ¿Qué harás allá?, pregunté. "Es uno de mis lugares favoritos", contestó, "no sólo por su paisaje y tradición exótica por Casablanca y todo eso, sino por su gente, que lo hace especial". Se proyectaba viviendo en una riad a orillas del Tánger, donde podría alojar a todos los que deseaban huir de la misma mierda que encontraba en Lima, no la ciudad en sí, sino sus habitantes. Como siempre decía: "No tengo nada en contra de Lima, son los limeños a quienes no soporto". Le provocaba sacar su revólver y disparar contra todo aquel que no tuviera una pizca de inteligencia. Se lamentaba de haber nacido en una ciudad donde tuviera como vecino a una sanguijuela llamada Marco Tulio Gutiérrez y que la palabra democracia fuera sinónimo de corrupción. 

El sueño le venció y se quedó dormido. Sería la última vez que vería a mi amigo; al menos, en mucho tiempo. Tomaría ese avión a la mañana siguiente y volaría al otro extremo del Atlántico; se nutriría de muchas más experiencias que tendré el honor de describir en un próximo número, si es que me lo permite. Suerte que lo conocí. Suerte por todos esos consejos y mareos y desvelos que conseguí durante varias noches, las mejores que haya podido tener.

sábado, 9 de febrero de 2013

El camaleón en su laberinto

Le gustaba la buena vida. No era necesario meditar sobre dicha información. El tipo tenía lo suyo e íbamos de un lado a otro, queriendo surtir de todos esos deseos oscuros nuestras almas solitarias. Lo primero que le gustaba hacer, apenas daban las 7 de la noche, era nutrirse de un buen stock de tragos espirituosos que le sacudieran el ánimo. Hablaba demasiado, creo que se sentía a gusto conmigo desde el principio, y soltaba toda esa reprimida saciedad de palabras que golpeaba una tras otra sin parar. A lo mucho, se detenía sólo para beber un sorbo de lo que tenía a la mano. Muy extrovertido para mi gusto, se ufanaba de haberse acostado con 300 mujeres alrededor de dos años; sin contar a su ex mujer y la prostituta de la calle Oviedo, en Madrid. Sin contar tampoco de las otras mujeres que conoció desde temprana edad. Pero para él, esas no contaban. Siempre expresaba sus molestias o alegrías con la misma actitud, neurótica, divertida, exageradamente fotográfica. No se le escapaba los detalles más primigenios de tal o cual acontecimiento del que fue testigo. Y los olores. Vaya, pensé, recordar cada fragancia, cada olor corporal, me provocaba vértigo de tan sólo escucharlo.

Nos echábamos unas copas cuando abordó a un par de señoritas de generosa voluptuosidad. No me importó si en ese momento me dejaba por ellas, ya había visto mucho esa noche y deseaba volver a la cama lo más pronto posible. Pero el hombre no escatimaba posibilidades. Compartió la mesa conmigo y con las chicas, que se deleitaban de tan dichoso personaje que hacía de las suyas. Hay que admitirlo, era el rey. Verlo desenfundar el revólver que llevaba en la boca, encandilaba e hipnotizaba a quien lo escuchaba. Sin lugar a dudas, era un prodigio difícil de igualar.

Más tarde, los cuatro fuimos de bar en bar, antes de llenar el estómago con alguna comida que contrarreste el exceso de alcohol en el organismo. Las puertas se abrían automáticamente, sin necesidad de pagarle al que cuidaba la entrada. Ocupábamos una mesa y nos atendían como si fuéramos los dueños. El tipo sí que se las sabía todas. Por eso lo admiraba y le temía al mismo tiempo. Y gastaba a manos llenas. Los billetes salían de sus bolsillos como cajero automático. Odiaba las tarjetas de crédito. No había mejor forma de ganarse la confianza de los demás que con dinero en efectivo. Y vaya que daba resultado. Hacía lo que le daba la gana, fumaba cuando estaba prohibido hacerlo en lugares públicos y cerrados, sin que a nadie le importara. Y cuando abría la boca, los de las otras mesas dejaban de hacer lo suyo para escuchar las aventuras surrealistas del "invitado de honor". Hasta las meseras y el bartender dejaban sus obligaciones a un lado para seguir al detalle de sus andanzas por la India.

Automáticamente, las mesas se colocaban una junto a la otra y el salón podía ahora verse como una fiesta privada. Quienes no se conocían en ese momento, estaban interactuando de lo lindo, con un campechano líder borrachín, parado sobre una silla y haciendo vibrar a la platea con una historia ocurrida en Iraq, durante las operaciones militares en el Golfo. Hasta dijo que había conocido en persona al mismísimo Saddam Hussein, en una entrevista privada que nunca se animó a publicar. Puedo constatar su veracidad porque me enseñó la grabación y un par de fotos que tomó clandestinamente, porque no estaba permitido fotografiar a nadie del entorno presidencial, mucho menos a su cabecilla. Luego, como era una costumbre innata, abordó a la mujer de unos de los secretarios de Estado y se armó la loca cuando abandonó el Palacio vestido sólo con un bóxer. Juró jamás volver a tierras de Oriente, a no ser que lo haga con una alfombra voladora. Y las risas inundaron el bar.

Al terminar la noche y dar comienzo a un nuevo día, fuimos a un cafetín por un poco de café y sanguchitos. Le gustaba preparar el mismo lo que comía, porque no confiaba en los cocineros. Pedía una docena de panes recién salidos del horno, 200 gramos de jamón del país y mostaza, y creaba unas butifarras que, a simple vista, no eran nada del otro mundo; pero era el estilo de decoración que dejaba perplejos a cualesquiera. Las chicas se desvivían por el hombre, que no lo pensaron dos veces al proponerle un fin de fiesta en su habitación de hotel. "¿Y qué hacemos con mi amigo?", preguntó. "Ya se nos ocurrirá algo", dijo una de ellas. No quise involucrarme demasiado, así que les dije que no se preocuparan por mí; pero mi amigo soltó la granada: "¡¿Y quién va a escribir sobre esto?!"

Fue un día productivo. Tenía varias páginas escritas y un héroe dormido patas arriba, con dos bellezas diseminadas en el suelo alfombrado del Sheraton. Era su hotel favorito, a decir verdad, que no le importaba gastar su fortuna en hospedajes cuando podía comprarse o alquilar un departamento. Pero se trataba de él, un nómada compulsivo que despreciaba la vida tranquila de un hogar constituido, cuyos hábitos podrían estar considerados dentro del universo escatológico de la sociedad subterránea. Sin ser mal visto por el común denominador, su inquietud le hacía movilizarse de un lugar a otro, sin necesidad de involucrarse emocionalmente con aquellos que le admiraban. Vivía el momento, vivía para sí. No buscaba la aventura; la aventura lo buscaba a él. Y como dije anteriormente, era el momento de recopilar sus actividades en un discurso coherente que revitalizara su leyenda. No fue fácil, lo admito. Lidiar con este hombre, era como enfrentarse a una disyuntiva sobre qué camino tomar. Preferí seguir mis instintos. Estaba aprendiendo. Estaba madurando.

Continuará...

jueves, 7 de febrero de 2013

La certeza del camaleón

La puerta se abrió y todos quedamos paralizados. Su aspecto taciturno nos hipnotizó y no pudimos guardar los comentarios para después de la cena. Siempre he creído que personas así no podían existir en este mundo, mucho menos contemplar cómo las cosas simples se volvían contestatarias y disidentes de lo "políticamente correcto" con sólo chasquear los dedos. Alguna vez me entusiasmó la idea de convertirme en un hombre de acción, que no tuviera miedo de expresar sus ideas con la ecuanimidad de un libre pensador. El sueño que todo padre desearía de su hijo, pero que en realidad se convierte en una auténtica pesadilla. Aquel hombre que entró y se acercó a la barra a pedir un trago, era todo aquello que ansiaba ser. Alto, corpulento, quijada sólida y rostro perturbador, una sola mirada diría que la vida que elegiste no fue la más afortunada. Sus manos firmes y porte distinguido, era la antítesis de cada uno de los que nos encontrábamos en el amplio salón del bar. Y quise acercarme.

La timidez es uno de mis defectos. Me cuesta mucho interrelacionar con otras personas, quizá porque los considero superiores o porque no tengo nada interesante que decir. Es vergonzoso soportar el desaire de los demás cuando tratas de explicar un acontecimiento inusitado, que podría ser la noticia más impactante del momento. Es como si le hablara a las botellas vacías sobre la mesa, porque no basta que uno interrumpa para que la atención recaiga hacia otro lado.

La personalidad de cada individuo es interesante. Puede uno entrar en su psicología con tan sólo escucharlos hablar. Destilan una magia que anima a seguirles prestando atención. Sin embargo, si uno piensa bien en cada una de sus palabras, son simplemente juegos de ideas y retórica hábilmente ejercitada, que en buen castellano se le conoce como charlatanería. Y sí que hay individuos con esa tendencia casi chauvinista de sí mismos. Las mujeres, en cambio, con el afán de estar en competencia, tienden a exagerar las cosas o utilizan un código que entre ellas se entienden. No ha habido una reunión donde por desgracia sea yo el único hombre alrededor de una mesa que soporte el cotorreo de tan distinguidas damas. Aunque no siempre ha sido así. Las mujeres se sienten muy reconfortadas cuando las escuchas. ¿Por qué ser tan egocéntrico? Cuando un hombre expresa su Yo es tan aborrecible como aquel que no dice absolutamente nada.

El recién llegado me observaba desde su esquina. Le parecería desagradable verme rodeado de estridentes charlatanes que escupían las palabras como si fueran dueños de la verdad absoluta, que me hizo un gesto a que vaya con él. Habrá leído mi mente, porque he querido conocerlo desde el comienzo. Y como queriendo ir a buscar un trago menos amargo, me acerqué y tomé asiento en el banco de al lado. Me invitó una copa y no pude evitar sentirme intimidado por su arrolladora personalidad. Expresó su opinión libre y concisa: no era de buen gusto que mis colegas tratasen de opacarme e ignorar por completo mis observaciones acerca de la civilización. ¿Qué derecho tenían? A simple vista, demostraban una absoluta ignorancia por cosas más profundas y arriesgadas. Sin ser demasiado esnob, era más interesante que todos ellos juntos. Me alegró la noche. Me sentí valorado y revindicado.

El tipo era un abanico de ideas y conjeturas acerca de la realidad y sus posibles misterios a resolver, que pude haberme pasado toda la noche en vela con sólo escucharlo. Había vivido lo suficiente, aquí, allá y en cualquier lugar, acompañado de su cámara fotográfica y libreta de apuntes, que tal vez era el camino que andaba buscando con desesperación. Sus aventuras me sumergieron a una ingravidez tal que casi fui presa de un fulminante choque de neuronas. Hubieran visto la cara de mi interlocutor, estaba preocupado por mi semblante, que creyó que el trago había colapsado mi sistema fisiológico. No, estaba bien, en verdad que lo estaba.

Desde esa noche, me convertí en su discípulo. Pero él quería plasmar sus vivencias por escrito, porque sus cualidades no iban por ese lado. Necesitaba un intérprete y encontró a la persona que podría ayudarlo en ese aspecto. No he tenido tanta suerte de conocer a tipos interesantes y sin ningún temor de desnudar su conciencia por explicar quién es o qué hace en este mundo. Y, bueno, estaba seguro de algo, que este hombre daría mucho de qué hablar de ahora en adelante.

Continuará...

Foto original: David Cox - The Guardian

lunes, 4 de febrero de 2013

No me acuerdo de anoche

Angélica despertó sin saber qué había pasado. La cabeza aún le daba vueltas por la resaca. El aliento a vodka daba por sentado que fue una noche de esas donde uno pierde los papeles y también la ropa interior. Al lado, un hombre desnudo yacía en la cama, boca abajo, luciendo sus vellos en la espalda y más abajo del coxis. No era tan musculoso, pero concluyó que mantenía la figura con productos light y ejercicios regulares en el gimnasio. Ella también estaba desnuda y su indignación fue seguida de una pregunta que justificara su presencia en ese cuarto de hotel: ¿Lo habré disfrutado?

Le dolía el cuerpo, mucho más al darse cuenta que su trasero había recibido la mayor parte del castigo. No se había sentido tan asqueada después de conocer las malas intenciones de Marco Tulio Gutiérrez con la revocatoria. El leve ronquido de su compañero la distrajo de sus pensamientos y la trajo de vuelta a la realidad. Recordó que alguna vez tuvo un novio que hacía lo mismo después de un encuentro sexual extenuante. En esta ocasión, dudaba de las proporciones épicas que pudo experimentar con el susodicho caballero de al lado, porque no recordaba nada.

Empezó a darle palmaditas en la espalda. Poco a poco el tipo fue despertando de un profundo sueño, que el olor a vómito se percibía hasta la Base Lunar Alfa. Una mancha amarillenta sobre la almohada evidenciaba los restos de un almuerzo de 1998 y dos colillas de cigarro que no pudo explicar su origen, ya que no fumaba. El tipo se sorprendió tanto de la situación que no fue necesario poner la cara del gato con botas de Shrek para creerle. Sólo recordaba estar llenando el tanque de combustible de su Daewoo, entrar al mini-market, saludar a la cajera después de comprar unas cervezas y papas fritas para el camino. El resto, oscuridad absoluta.

Lo mismo podría decirse de ella. Luego de un agotador día de trabajo, llegó a casa, se dio una ducha caliente, pidió un cuarto de pollo y puso en el DVD la versión pirata de Crepúsculo, que incluía los comentarios del público de donde se había grabado la película. Inesperadamente, como si hubiera sido abducida por fuerzas ajenas a su entendimiento, coincidió con su compañero en algún lugar de la ciudad para luego aparecer en una cama de hotel. Sin razón a equivocarse, fue una noche productiva, ya que sus fluidos estaban esparcidos por toda la habitación. Varios trozos de papel higiénico pegados en una de las aspas del ventilador del techo lo demostraba.

Angélica se horrorizó al ver el miembro erecto del tipo cuando éste se puso de pie, no porque era el más grande que había visto en su vida, sino que aún llevaba puesto un condón tachonado de doble filo, al parecer el único usado en ese momento, porque los demás aún seguían dentro del paquete. Sin querer impresionarla, explicó que era una condición natural del hombre despertar con un reflejo involuntario sin el menor atisbo de deseo sexual. Es como cuando una mujer despierta con los pezones duros y sensibilidad en los pechos, con cierta sudoración en la entrepierna y una leve ansiedad de comer cóctel de frutas enlatado. "Eso es cuando una está embarazada, imbécil", dijo ella. Luego de aquel bochornoso comentario, ambos se bañaron por separado y se vistieron. Salieron de la habitación y un alegre recepcionista le devolvió al tipo su DNI con un guillo de ojo. Al parecer, la cosa había resultado todo un espectáculo tanto para los huéspedes como para el personal de servicio.

Eran cerca de las nueve de la mañana y Angélica no sabía dónde estaba. Preguntó al vigilante de la puerta y éste le dijo que estaba en Los Olivos. ¿Y qué hacía en Los Olivos, si vivía en Jesús María? Su compañero accidental tuvo la gentileza de llevarla, pero ella desconfió por un momento de sus intenciones. Cuando se dio cuenta que eran absurdos esos temores, agradeció la invitación y se acomodó en el asiento del copiloto. Durante el viaje, no pronunció palabra alguna ni quiso recordar lo que supuestamente pasó entre ellos. Le temblaban las piernas y su respiración se hacía cada vez más mecánica y angustiante. El conductor no dejaba de mirar aquellas magníficas extremidades, mientras realizaba los cambios en la palanca. No podía creer que haya tenido tanta suerte de conocer a aquella hembra de hermosa anatomía, que agradeció a la naturaleza por "haberlo parido macho".

Cuando atravesaron la avenida Universitaria, él le preguntó si le gustaría tomar desayuno antes de dejarla en el paradero. Angélica no quiso molestarlo con minucias y, sin ser descortés, sólo le pidió que se estacionara en la esquina. Sin embargo, al escuchar las tripas que reclamaban la merienda matutina habitual, cambió de parecer. Ambos compartían más tarde una mesa en un pequeño cafetín. Les habían servido jugo de papaya y unos sánguches mixtos con mucho queso, que se estiraba como chicle en cada mordida. Era extraño cómo pasaban las cosas, pensó ella. Seguramente le cayó mal el pollo y salió a tomar el fresco. Se detuvo en algún lugar para beber algo y este tipo de aspecto sensual y mirada honesta, la había abordado; se tomaron unos tragos, se pusieron cachondos y terminaron follando en Los Olivos. Si tan sólo recordara lo que pasó, estaría más tranquila. El hombre, a su vez, observaba en silencio a aquella mujer de dulce mirada, de ojos almendrados y pequitas en los pómulos, de labios carnosos y cabellos castaños. Sonrió desde su interior y estuvo de acuerdo que salir de noche había valido la pena. Quizá la conoció en la caja del mini-market; le dio el pase a que pagara primero, como si emulara aquella escena con Bradley Cooper y Scarlett Johansson de Simplemente no te quiere. Desearía que fuera cierto, pensó, mientras buscaba en su memoria la verdadera historia de toda esta encrucijada moral. Sí, porque definitivamente había sacado los pies del plato. Pero su novia no tendría porqué saberlo, así que permaneció impávido antes las consecuencias que protagonizaría más adelante.

Angélica también pensaba lo mismo. Su novio la mataría si llegara a descubrir su infidelidad. Vamos, era una situación sin importancia y no habría razón para hacer tanto alboroto. Sólo fue sexo, no hubo compromisos ni promesas que perjudicaran sus respectivas relaciones. Estamos en una época donde los prejuicios y la culpabilidad suenan a las viejas películas de la Metro. Pero para ella, el haber disfrutado o no del sexo era un enigma que la mantendría ocupada por varios meses. Al menos, si hubiera sentido cosquillas, se habría dado cuenta que la cosa funcionó mejor que con su actual pareja, un fanático del Play Station y los juegos de azar. El problema vendría con quién pagaría el desayuno. ¿Partes iguales? ¿Por ser hombre debía corresponder invitarla? ¿Como ella ganaba más, haría valer su estatus? Lo dejó a la suerte, así tendría la conciencia tranquila. Y por arte de magia, la cuenta ya había sido pagada. ¿Cómo era posible? El tipo preguntó a la mesera quién había sido el artífice de tan dichosa generosidad, que la mesera sonrió y regresó a la cocina como si la respuesta no fuera tan obvia.

Es un mundo de locos, pensó Angélica. Se levantaron y salieron del cafetín. Abordaron el vehículo y reanudaron el viaje; esta vez, él la llevaría hasta su casa. Encendió la radio y cuando ella se dio cuenta que también era su estación favorita, se alegraron mucho el haberse conocido. Ante todo esto, le preguntó su nombre y él contestó Enrique. Caramba, pensó, igual que Angélica María y Enrique Guzmán. Se echaron a reír cuando ella le comentó lo que significaba eso. Quizá lo de anoche no se sabría jamás, pero estaban convencidos de que las cosas cambiarían para ambos, que, sin dudarlo, intercambiaron números telefónicos y acordaron verse una vez al mes, el mismo día, a la misma hora y en el mismo lugar. Después de todo, sólo era sexo entre dos extraños que se conocieron en extrañas circunstancias, que no le haría daño a nadie gracias a la fragilidad de sus mentes. Sin memoria, la vida es más sabrosa.

Foto original: GoGo