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miércoles, 13 de enero de 2021

Estigmas del otro lado del muro

La sobrepoblación mundial ha sufrido un revés gracias a la pandemia. Era necesario, pues, la humanidad no podía mantenerse ante la escasez de alimentos y hectáreas urbanísticas, condicionadas por la deforestación y explotación masiva de materia prima, especialmente minerales de origen orgánico, como petróleo y gas natural. La agricultura no se da abasto ni el agua, a pesar que ahora se vende embotellada. Todo un lujo, sin duda.

Muchos dirán que la purga divina es la causante de esta catástrofe. Las trompetas celestiales han anunciado el fin de los tiempos con gran pompa. Las plagas, los jinetes, Nostradamus y hasta los Simpson, han calado hondo en el imaginario colectivo. El anuncio de un redentor advierte que la cosa va en serio, aunque da pie para entender que la llegada del mesías del mal tiene mucho que ver con la última conjunción de Júpiter y Saturno, que muchos expertos de lo sobrenatural vaticinan para este 2021. Se trata de una década de sobresaltos y cambios sustanciales que nos pondrán la carne de gallina. Peor será para aquellos que no cuentan con Disney+ en sus televisores. ¡Nos perderemos WandaVision!

Según cifras oficiales nos estamos quedando sin oxígeno, sin camas UCI y sin centros de esparcimiento. Las plataformas virtuales de streaming están haciendo su agosto con la emisión de películas que no hemos podido ver en salas de cine desde que se inició esta ruleta rusa llamada COVID-19. El cine en casa será el futuro, así como otros tipos de entretenimiento masivo. El trabajo desde un ordenador ya se ha hecho costumbre y pocas son las empresas que necesitan empleados presenciales para la atención o ejecución de sus actividades rutinarias. La obesidad por falta de ejercicio es uno de los mayores problemas que enfrentamos los que vivimos sedentarios dentro de nuestros hogares. La depresión es otro factor preponderante que se ha visto en el último año. Nos sentirnos amenazados por una suerte de conspiración gubernamental que nos hacen creer que existe una elite que amenaza al mundo desde algún laboratorio illuminati, o simplemente decidimos matar a nuestros cónyuges porque ya no hay dinero para mantenerlos. O lo que fuera que estuviese revoloteándonos en el subconsciente.

Se extraña a Anthony Choy en las pantallas de televisión. A pesar que sus casos son de carácter meramente especulativo, no deja de causar asombro la serie de testimonios que evidencian la existencia de seres venidos de otras dimensiones, como duendes, fantasmas o los no menos populares ‘grises’. ¿Es posible que sucedan dichos fenómenos? ¿Hay gente que puede dar fe de ello? ¿Somos capaces de vislumbrar un mundo paralelo? ¿Es producto del chongo mediático? En pleno siglo XXI… ¿hay gente que cree en dichas fábulas?

Durante la sequía de 1967, un joven y humilde agricultor encontró un libro escrito de puño y letra del mismísimo Belcebú. Aunque no sabía leer ni escribir, se lo atribuyó al príncipe de las tinieblas con tal convicción que no tardaron en aparecer estudiosos y eruditos académicos, que le ofrecieron cuantiosas sumas de dinero por adquirir dicho manuscrito. Su ignorancia lo obligó a venderlo por tan solo 600 mil dólares, una cifra que fue considerada “una ganga” para los estándares de la época. Como muchos sospecharán, el documento no fue más que el recetario de algún opiómano que ponía al alcance del público la preparación de cócteles de hongos y alucinógenos para la Guía didáctica del chamanismo. Como la escritura era cuneiforme (por los estragos de la droga), cualquiera diría que fue hecha por algún demonio del inframundo. ¿Y qué pasó con el agricultor? Ahora, es dueño de una universidad de prestigio.

Conversando con un viejo sabio de la tribu, las posibles consecuencias del futuro político de Estados Unidos no se comparan con las triquiñuelas que subsisten en nuestro querido y desafortunado Perú. A pocos meses de cumplir 200 años de independencia (no me explico de qué), la clase política insiste en menospreciar el coeficiente intelectual del ciudadano de a pie. Hechos como los ocurridos después de la vacancia de Vizcarra y el ascenso al poder de Merino ‘El Breve’, no hay otra manera de describir la reacción del público. Hubo bajas civiles que resultó ser el detonante para desprestigiar aún más a tan inefables personajes ávidos por un pedazo de lo que consideran su “botín de guerra”. Ya es mucha conchudez de su parte tener que castigar a la nación con su presencia y tener que escuchar sus excusas y echarles la culpa a otros y no saber distinguir cuándo se debe aplicar una norma constitucional. Las cosas tampoco la tienen clara el presidente interino y su Consejo de ministros, ahora que se vienen más problemas en salubridad, economía y gasto social. ¿Volveremos al confinamiento radical tal y como vienen ejecutando algunos países europeos ante el rebrote del bicho apocalíptico? Esperemos que no y tomemos conciencia de que esto no es un juego ni una estratagema de sectas secretas. Lo gracioso del caso es que unos fiscales peruanos han enjuiciado a los representantes del “orden mundial” de inventar dicha enfermedad. Es de locos, lo que concuerda con esta ola de conspiranoia traída desde las páginas de John le Carré o del mismísimo Jason Bourne.

Si bien es cierto nos han metido en la cabeza toda clase de hipótesis o teorías acerca del origen de este bicho, desde sopa de murciélago hasta la corporación farmacéutica Umbrella, no hay indicios fehacientes que lo sustenten. Todo es producto del folclor popular y de quienes tiene tiempo de andar navegando por la Internet.

En conclusión, estimado lector, es momento de dar un paso agigantado por restablecer el orden, ya no disfrazados con la máscara de Guy Fawkes, sino con nuestro propio rostro e iniciativa de querer salir adelante frente a esta pandemia que ha desestabilizado (y lo sigue haciendo) nuestra capacidad cognitiva. Démosle fin a todo sufrimiento respetando los protocolos de bioseguridad, aunque suene repetitivo y aburrido. De ello depende nuestro futuro como personas, ciudadanos, nación y planeta.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Estruendo

Las olas golpeaban el acantilado. El mar estaba picado. El hombre muerto miraba a la nada y la espuma de resaca blanca cubría su incolora expresión de silencio. Nadie supo explicar quién era. La policía no había recibido notificación alguna sobre su identidad. Ni siquiera los curiosos y lugareños daban con él. Nunca lo habían visto. Pero estaba ahí. Era claro que había venido de algún lugar. ¿De dónde? Sin signos de haber sido asesinado, el cuerpo seguía entre las rocas. El fiscal no llegaba. Los oficiales del orden estaban cansados, habían luchado por rescatar de las aguas bravas al inerte personaje, que llevaba un saco color beige, zapatos de gamuza azul y corbata amarilla. Aún conservaba la flor de lirio en la solapa y un enorme anillo de oro en el dedo meñique de la mano derecha. Al parecer, su deceso fue reciente. Las arrugas de la piel por acción del mar no había hecho su trabajo demasiado exhaustivo. Lo único que debían hacer era descubrir quién era.

Pasado el mediodía, el cuerpo fue llevado a la morgue. Nunca más se supo de él, hasta que fue visto en la Facultad de Medicina, como parte de las clases de disección y fisiología. El público consideró una movida grotesca, falta de tino y de respeto por el occiso. Un NN es común en esas aulas; pero debieron pensar si esta persona tenía familia, amigos, alguien que pudiera reclamar su cuerpo en los tiempos reglamentarios. No. El tiempo es oro. Y la vergüenza, escondida dentro de una billetera.

Cuatro días después, otro cuerpo fue encontrado. Estaba dentro de un contenedor de basura. Lo curioso fue que tenía la misma flor de lirio en la solapa de su saco. ¿Se trataría de la marca distintiva del asesino? Algún osado periodista dio luces sobre ese detalle, sin tener nada concreto. Una vez más, el pánico sacudió las fibras de los menos capaces de enfrentar una realidad paralela a la que vivían, de no ser por los realities o programas de espectáculos. El asesino de la flor de lirio -tal como lo había bautizado- causó furor y desconcierto en el ciudadano promedio. No había noticiero, periódico ni tuit que hicieran de esta noticia un colorido y desafortunado despropósito, que puso en jaque al gobierno por su inacción y que el Congreso aprovechó para desviar la atención de las acusaciones que pesaban en su contra. Saben a qué me refiero.

Pero no había pistas, ni un móvil, nada que pudiera consignar a uno o varios asesinos. El poder de la prensa, dijo alguien más centrado. Ante las evidencias, el caso fue cerrado y olvidado. La flor de lirio fue circunstancial en estos homicidios -si se les quiere llamar así-. Hasta el cierre de este artículo, un servidor no ha podido encontrar respuestas. Seguiremos investigando.