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martes, 2 de febrero de 2021

#PonteLaMascarillaCTM

Una vez más el paso del ciclón Covid ha dejado como resultado más víctimas en un país devastado económica y moralmente, quizá por la misma ineficiencia de las autoridades y la negligencia de los civiles que aún creen que esto no es más que una conspiración de las fuerzas oscuras que dominan al mundo, y desafían las normas de bioseguridad porque no hay nada que temer. La cosa es que está sucediendo. Demasiado rápido, diría. Cuando la responsabilidad de uno mismo y hacia sus semejantes debería ser una regla, no es más que un saludo a la bandera y darlo por culo solo porque a ti no te afecta. Y cuando lo tengas… ¿qué piensas hacer? La noticia de la muerte de una influencer brasileña, negacionista y organizadora de fiestas sin restricciones, ha demostrado que nadie debe afirmar que “de esta agua no ha de beber”. Todo es un búmeran y nos puede rebotar si seguimos con la necia idea de que nada puede pasar: salimos a tomar, a bailar, sin mascarillas y desobedeciendo a la autoridad, muchas veces agrediéndola por sentirse vulnerables en sus derechos. ¿Y qué pasa con los derechos de los demás que sí acatamos las normas? ¿No están infringiendo nuestros principios fundamentales de vida y protección?

Un compañero de trabajo acaba de fallecer. No éramos cercanos, pero hemos compartido algún almuerzo juntos, cuando todo era normal, cuando podías estrechar una mano o dar un fraterno abrazo. La noticia me agarró de sorpresa. Podría haber sido cualquiera de nosotros, ya que estamos expuestos por los rigores del trabajo al que estamos sumergidos en estos últimos meses. El problema de este caso en particular es que no tomó las medidas correctas, participó de un evento familiar y por ahí contrajo el virus. Además de beber grandes cantidades de gaseosa helada con el fin de paliar el calor abrazador de la temporada, sucumbió ante lo predecible. Y vemos las consecuencias.

No podemos bajar la guardia. No es justo que siga muriendo gente por la poca empatía de otra. Si viviéramos en el siglo XVI, esto podría ser cosa común por las condiciones sanitarias que se vivían en ese momento; pero hoy, en pleno siglo XXI, cuando algún conspiranoico pone en duda la efectividad de una vacuna, es el mejor momento para entender que no se trata de un simple juego. Esto ya se ha convertido en un casino o una ruleta rusa, donde esperas sacar Siete o recibir la bala en la sien. Si las cosas se ponen duras, qué más da, es mejor tomar las precauciones debidas, aunque te joda. Es mejor sofocarse con una mascarilla, que necesitar oxígeno en tu lecho de muerte, si es que tienes suerte de conseguir cama en una UCI. Quiero ver a mi familia, por eso me cuido. Si tengo que sacrificar cosas que estoy acostumbrado hacer por el bien de mi salud y la de los demás, prefiero vivir dentro de una burbuja y esperar paciente a que todo esto acabe. HAZ LO MISMO, PROTÉGETE, NO SEAS IMBÉCIL, porque esa es la palabra correcta para identificar a todo descerebrado que piensa que nada va a pasar. Luego nos quejamos del gobierno, si somos nosotros los que desistimos de seguir el camino correcto.

El otro día fue mi cumpleaños. ¿Tú crees que tenía ganas de celebrarlo? Por suerte nadie de mi trabajo se acordó, otros, ni siquiera tenían conocimiento; solo mi familia. Lo único que pedí fue que deseo verlos el próximo año sin temor a contagiarlos o contagiarme. Mi prioridad es protegerlos. Mi mente se llena de contemplaciones y no puedo evitar no sentirme mal por aquellos que han perdido a un familiar o amigo. En este último año he tenido que despedirme de un puñado de buenas personas que le tocó esa bala de la que tanto deberíamos evitar. Ahora solo pido tomar conciencia y pido por las almas de esas personas que su muerte no fue en vano y que sirva de ejemplo para mantenernos con pie firme ante este mal que tanto nos está costando. No seamos cómplices… no seamos indiferentes.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Instinto de supervivencia

En menos de una semana la racha de Jorge Villena era imparable. Había conseguido lo que a muchos le tomaría una eternidad, con paciencia y disciplina. No se consideraba un afortunado, era el instinto de supervivencia que lo convirtió en un portento en los juegos de azar. Debía mantenerse despierto por varias horas durante la noche para lograr llenarse los bolsillos de lo que conseguía en diversos casinos de la ciudad. Y, sin embargo, a pesar del suficiente dinero obtenido, este no le bastaba. Quería más. Quería demostrarse a sí mismo que podía alcanzar la gloria y comenzar una nueva etapa en su azarosa y malograda vida social.

Hacía más de un año que buscaba un empleo. Había tocado muchas puertas y muchas de ellas ni siquiera se dignaron a abrir. Las deudas, las comodidades obtenidas, las responsabilidades familiares, iban mermando su salud mental. Jamás creyó verse involucrado en este tipo de situaciones ni tampoco tuvo interés en aventurarse por otras cosas ajenas a su desempeño profesional. Las circunstancias lo motivaron a ello. Y encontró una veta de la que no podía desligarse por completo.

Fue curioso que, años atrás, su primer acercamiento a un tragamonedas o casino lo hizo por intermedio de sus compañeros de trabajo. Solo los acompañaba y observaba cómo perdían su dinero con cada apuesta. También porque había comida y bebida gratis. Nunca se animó a participar, era su manera de ver el mundo que lo conectaba con los apostadores compulsivos y ludópatas de dudosa moral, erigidos como los nuevos yuppies del medio. Era la época de Gordon Gekko y las ínfulas del trabajador promedio por alcanzar la cima de la ola en la emergente sociedad de consumo, antes de la hiperinflación, antes del autogolpe, antes de la inocencia perdida.

Y tuvo que vivirlo en carne propia cuando la empresa en la que laboraba entró en crisis y sus dueños se declararon en quiebra y despidieron a todo el personal, mientras se llevaban el dinero obtenido ilícitamente, sin cancelar la deuda que tenían con sus empleados. A nadie se le pagó y aún siguen esperando que se les haga justicia.

Felizmente las cosas pasaron. Jorge logró remontar sus finanzas y vivió tranquilamente hasta la llegada de la crisis económica, en la que tuvo que bajar su sueldo en lugar de ser despedido. Y no protestó. Sin embargo, todo ello terminó gracias a los roces que empezó a experimentar entre sus propios compañeros, quienes veían en él a un individuo peligroso para sus intereses. Peligroso en el sentido de llevar a buen puerto la eficiencia de su área, de manera limpia y transparente, cumpliendo con los tiempos establecidos la entrega de los productos solicitados. Y, como era sabido, dicha empresa manejaba sus objetivos por debajo de la mesa, lo que puso en alerta a Jorge y desenmascarar a esos malos funcionarios que ponían en tela de juicio el prestigio de la institución. Obviamente, eso puso nerviosos a muchos de ellos y tomaron el asunto de manera personal, haciéndole la vida difícil, poniéndole obstáculos a cada requerimiento solicitado, acumulándose estos en la mesa de partes y mortificando al directorio por la mala praxis ejecutada. Si bien es cierto que hizo los descargos pertinentes, la herida ya estaba abierta y se vio obligado a dejar el puesto. Un representante de Recursos Humanos le solicitó abandonar las instalaciones en plena hora punta, exponiéndolo ante el resto de empleados, que vieron aquella imagen con regocijo y dulce venganza.

Desde entonces, Jorge buscó por todos los medios posibles conseguir un nuevo trabajo. Sus ahorros se iban evaporando a medida que pasaban los días, y la angustia era cada vez más ostensible en su rostro. Y probó suerte en un tragamonedas. Los resultados fueron satisfactorios y, como le diría un conocido suyo, era un don que llevaba escondido y que era hora de sacarlo a la luz.

Su última gran hazaña sería la definitiva para abandonar ese vicio, porque así lo consideraba. Un vicio. Quería abrir su propio negocio y necesitaba el dinero para hacerlo. Apostó todo lo que tenía: 10 mil soles. Era la primera vez que jugaba póquer. Empezó lento pero constante. Ganaba poco y perdía mucho. Lo mejor que tenía Jorge era su aguda intuición y sentido de la observación. Lo había aprendido desde sus tiempos como bróker, y ya era una batalla ganada. Pero deseaba ganar la guerra. Necesitaba una sola carta para completar una escalera real y ganar la bolsa que ascendía a 600 mil soles. La reina de corazones le era esquiva y los minutos se hacían una eternidad tratando de conseguirla. Tuvo que cambiar de estrategia. A través de las largas horas de juego, había recuperado su inversión más unos cuantos miles, lo que probablemente alguien menos ambicioso se hubiera conformado y abandonado la mesa de inmediato; pero lo pensó, lo pensó mientras observaba a su oponente directamente a los ojos. Era el momento de blufear. Y sabía que su némesis lo estaba haciendo. Después de cavilar por largo minutos, llegó la hora de descubrir las cartas. El tipo tenía un full (tres J y dos 2). ¿Y qué tenía Jorge?

Lo único que se supo de aquella noche fue el alboroto que ocasionó una banda criminal, desbaratando los sueños de muchos parroquianos.  Como consecuencia del disturbio, hubo cuatro heridos y tres muertos. Uno de ellos fue Jorge. En su mano derecha aún se conservaban las cartas que debía descubrir: una perfecta escalera real.