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sábado, 27 de diciembre de 2025

La vez que te vi con otro

Foto: Envato

He considerado mis prioridades a lo largo de los años lejos de la insolvente realidad de los cuerpos unidos. No he visto ni he sentido la necesidad de enmarcarme en una cruzada donde tenga que primar el sentido de la lujura frente a los ímpetus profesionales de ser quien soy por convicción, que por lo que diga la gente de mí o de mi trabajo. Veo y siento otras cosas, lo que me rodea, lo que nutre mi mente y mi espíritu. Algunas veces cometo el error de pasar por alto esa dicotomía por un poco de cariño cinético, bajo las cálidas sábanas de una cama de hotel frente al mar. Fue solo una ilusión pasajera que probé lo que era realmente sentirse viculado hacia otra persona que no fueran tus amigos y familiares. Y lo reconozco. Tu complemento aparece en el momento menos pensado, y eso ya es algo digno de venerar.

Quizá pensarán que hablo siempre de lo mismo y que mis elucubraciones giran en torno a mis fracasos sentimentales, porque la realidad -vista desde otra perspectiva- dista mucho de tales nimiedades, y que existen cosas más importantes allá afuera y que deberían cubrir toda nuestra atención. Claro, mientras hayan personas que se encarguen del asunto, todo está controlado.

En estos últimos años dejé de escribir por dedicarme a ganar dinero y fortalecer mi vínculo laboral en la empresa donde laboro. He sido un empleado modelo y no había manera de reprochar mis horas de sacrificio y devoción por que saliéramos adelante en nuestra misión y visión empresarial; las pocas horas que le dedicaba a mi novia por darle estabilidad y seguridad ad portas de contraer matrimonio, debía ser tomado como una señal de que me importaba mucho y lo bien que nos iría los próximos años.

Tal vez dejé que las cosas siguieran su normal eventualidad con la seguridad que me permitía establecer nuestro pacto; pero debí advertir las señales con mucha antelación. Ella, que alguna vez demostró una lealtad digna de un Nobel, ya no lo hacía más. Sus intereses iban hacia otra dirección, hacia otras satisfacciones inmediatas. No era más la mujer que conocí.

Finalmente, la descubrí y dejé que las cosas siguieran su camino. Me concentré tanto en mi trabajo que dejé que las cosas se enfriaran entre ella y yo. Un día, sin decir nada más que un "hasta luego", se fue de la casa. No me dolió. Ya lo había asimilado y sentí que no valía la pena pelear por una mujer que no se contentaba con darle estabilidad. Mi apatía hacia estas cosas no era sinónimo de desinterés, era no perder la brújula. Ser cauto y precavido se había hecho costumbre al tomar decisiones arriesgadas. Pero eso fue en la parte laboral. En lo afectivo, consideraba que todo debía mantenerse en equilibrio para un balance adecuado entre ambas partes. No bastó, y lo admito.

El día que la vi con otro, sentí que nada había cambiado entre ella y yo. Nos miramos fríamente, como si alguna vez nos hubiéramos conocido en alguna reunión de exalumnos, sin parpaedear, sin sentir remordimiento ni otro sentimiento que no fuera indiferencia en su estado más puro. Cuando intentó disimular frente a su nueva pareja, le ahorré la vergüenza y cambié de dirección para que no viera lo mucho que deseaba romperle la cara a ese imbécil de dientes perfectos y cabello inmaculadamente peinado.

Mientras ese mal sabor de boca se desvanecía gracias a un suculento corte de lomo en su salsa, con todas las guarniciones que se podían pedir para su acompañamiento, pensaba en nuevas estrategias para la compañía. Y resultó como lo esperaba. Me fue tan bien que ahora soy subgerente de una de las principales sucursales de la ciudad y sigo con los pies bien puestos sobre la tierra, porque quien es honesto y leal hacia su empresa, las puertas se abren de par en par. Y eso me basta.

lunes, 2 de enero de 2012

Lo que ELLOS quieren

El hombre se ha caracterizado por ser una especie práctica e insatisfecha, con deseos de conquistar el mundo bajo su singular objetividad. La mayoría ha sabido innovar las convenciones de estilo bajo sus propias reglas de juego en sus respectivos campos de acción. Los grandes cerebros han sido siempre hombres, dedicados incansablemente a cambiar el rostro de la civilización, para bien o para mal. Sin embargo, tras conseguirlo, ha sido el primer depredador de su propia rama evolutiva, con ansias de enriquecerse de cuanto pueda su mano coger. Pero no estoy hablando de eso, quiero dejar la política a un lado. Me interesa descubrir lo elemental de un hombre sobre sus necesidades básicas de socialización, de persona, de individuo. El mundo está poblado de un hombre en particular, que muchas veces se distingue por sus aptitudes y actitudes frente a la vida. El homo sápiens que bajó de un árbol y caminó erguido para luego usar una camisa Tommy Hilfinger.

El hombre, por naturaleza, es competitivo. Es un conquistador nato. Desde la infancia le insertan en su cabecita lo que debe hacer: lo programan para quitarle terreno al que pueda hacerle sombra, agigantan su autoestima para no dejarse pisotear por ningún bravucón, le enseñan tres técnicas para golpear a su oponente, entre muchas otras estupideces. En el fondo, es programado para ser inseguro y falto de cariño hacia los demás. Y si se trata de mujeres, puedo asegurar que son los campeones del floro y la desfachatez por lograr convencer a la "hija del granjero" a que se acueste con él. Y si uno tiene una mujer bonita a su lado, la envidia los hace buscar a una compañera mucho más bonita, a no ser que se la quiera quitar. Es más probable que ocurra esto último.

La moda es otro factor importante en su habitual estilo de vida. No pueden evitar comprarse el auto del año, los lentes para sol Gucci o el smartphone de última generación, solo para impresionar a sus conocidos. No tiene con qué pagarlos, pero se las ingenia para costearlos. La presencia es lo que importa. Las relaciones sociales no escapan de su inversión, codeándose con gente que ni siquiera sabe quiénes son; pero no puede negar que su encanto natural le abre las puertas a donde sea. Como el vividor, que nunca puede tener otra excusa mejor empleada que la de "haberse olvidado la billetera"; o se buscan a una fulana que no le importa pagar ella las cuentas porque sabe que el tipo vale varios quilates en la cama, y ahí no tiene pierde.

Pero qué pasa con ese hombre honesto, trabajador, simpático pero nada del otro mundo, que se esmera por caer bien a los demás sin tanta mermelada encima. El que vive de su sueldo y a la vez mantiene a su familia disfuncional. Consigue ascender de puesto por su constancia y dedicación, pero demora más en escalar los peldaños que aquel que se las sabe todas. Finalmente, es quien tomará las riendas de la empresa más adelante, cuando tenga 50 o 60 años, mientras los otros ya estarán jubilados con una cuantiosa fortuna en sus arcas, disfrutando de cruceros y viajes exóticos por hermosos parajes tropicales. Nuestro joven honesto tiene dos opciones: o ponerse las pilas para ser alguien a corto plazo, o simplemente seguir confiando en la fe de las personas. Una cosa sí es segura: la lealtad no te da de comer.

Pero, ¿qué quiere realmente un hombre? No se trata solo de dinero, posición ni de sexo. Necesitan amor y comprensión. Las mujeres, por un lado, sienten la necesidad de tener a un hombre seguro de sí mismo; por otro, a un huevón que las complazca en todo. El hombre no merece mejor suerte que tener a una mujer con sus mismas necesidades afectivas, porque son humanos, tienen deseos como cualquier otro; sin embargo, no saben cómo canalizar esa carencia, solo lo proyectan comprando cosas y endeudándose hasta más no poder.

Un hombre no es solo una máquina de follar. No es un cajero automático. No es un hacedor de milagros ni nada que se le parezca. No es un psicólogo que escucha los lloriqueos de su mujer sin que pueda opinar del asunto. Es simplemente un ser humano, un tipo con sueños, ambiciones y deseos, que busca sentirse bien consigo mismo y con los demás. A veces es acusado injustamente por algunas actitudes que asume, como tomarse un trago con los amigos, jugar un partidito de fútbol o simplemente ver en la TV su programa favorito, porque quiere relajarse y descansar. Pero son atacados sin misericordia porque creen que pueden estar en todas. Y no es así. El hombre necesita su espacio, al igual que la mujer cuando sale con las amigas y pierden el día parloteando en el gimnasio o en la peluquería o probándose vestidos y zapatos que nunca van a comprar. El hombre no es de tomar el té alrededor de una mesa un sábado por la tarde, pero tampoco se puede negar que hay hombres que son hogareños y prefieren estar con su familia viendo la colección de Star Wars con su hijos, que salir al Burger King más cercano expuesto al tráfico y a la locura de la gente. Eso se ve muy mal. No es de hombres. O eres insensible, o eres gay, pero nunca puede llamarse a eso ni "hogareño" ni "precavido" ni "familiar".

Hay hombres juguetones, que aún llevan dentro al niño que todos quisiéramos tener. Son divertidos, amenos, carismáticos. El amigo con el que podemos pasar un momento placentero y lúdico. Son de esos que no se les toma en serio porque no se sabe si lo que dicen es cierto o es solo una de sus acostumbradas ocurrencias. Son de esos que no consiguen citas fácilmente, son de esos que se enamoran de la compañera de al lado en el trabajo y no son capaces de decírselo ni siquiera cuando se quedan solos hasta altas horas de la noche revisando una documentación que urge entregar a tiempo. Las mujeres no quieren un niño, quieren un hombre, eso está claro. Todas buscan al "Marlboro Man" o al Mickey Rourke de sus comienzos. Ven la superficie, mas no el interior.

El hombre hace lo mismo. Se le va los ojos ante una mujer cautivadora, de enormes pechos y cadenas de infarto. Porque eso es lo que nos vende la publicidad engañosa. Está permitido en el sistema. Es lo común. La superficialidad y la arrogancia está de moda y no podemos hacer nada por remediarlo. Como todos esos actorcitos que salen a la luz pública creyéndose la última constelación del universo. No saben actuar, ni siquiera han llevado un curso o un taller, eso no importa, lo que vende es su atractivo, el color de ojos y de cabello. Nada más. Cuando van por la calle ni siquiera son capaces de mirarte, siguen de largo como si apestaras. Son intocables, inalcanzables, como una élite que tiene derechos adquiridos sin responder a nadie de sus actos. Lo que ellos hacen está bien, porque son artistas. ¡Artistas! Joder, un artista en Leonardo Da Vinci, no una cagada que sabe tres palabras de un libreto y el resto son amaneramientos y morisquetas.

Dicen que el dinero y el estatus te cambia la vida. Los hombres simples no necesitamos de tanta ensalada para saber bien. Cuando tienes personalidad, encanto, sabiduría, lo demás son simples accesorios, útiles para desarrollarte y desenvolverte, pero no como un propósito de vida. Quien lo toma como un propósito de vida, se verá frustrado cuando las puertas se cierran o dejan de ser el centro de atención.

La vida es injusta para algunos, pero justa para otros tantos. La justicia no es quien tenga más o menos, la justicia parte de uno mismo al saber quién es y en qué lugar está. Poner los pies sobre la tierra no te quita lo humano, al contrario, te enaltece y te convierte en un verdadero hombre, con virtudes y defectos, con aciertos y derrotas. Te van a querer igual, no por lo que tienes ni lo que aparentas ser. La gente sabe distinguirlos de un fantoche, son de esos que se les recuerda todos los días y se preguntan qué fue de su vida, son los que recurren para cubrir una plaza de ser necesario, porque saben que pueden contar con él siempre.

¿Qué quieren ellos, al fin y al cabo? Un merecido reconocimiento por sus buenas acciones, por su cariño y amistad desinteresada; quieren el amor de una mujer que sepa apreciar su idiosincracia, sus manías, sus ambivalencias; quieren seguridad para su familia y para sí mismos, tal vez, sacrificando sus propios sueños. Lo único que importa es que necesita todo y nada a la vez.