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jueves, 7 de enero de 2021

A Little Less Conversation

Aunque su imagen siempre generó el rechazo de la clase adulta conservadora, los millones de adolescentes que buscaban un ídolo a quien admirar por esos años de la era Eisenhower, vieron una poderosa máquina de efervescencia salvaje y contestataria, rompiendo los moldes ya establecidos y encumbrando una feroz performance sobre los escenarios. Elvis Presley nació predestinado para ese cambio generacional que hasta el día de hoy se le considera un referente de lo que llamamos el Rock Star por antonomasia.

Su historia es bien conocida. Su legado, otra joya imprescindible para el catálogo de cualquier aficionado a la música, al Rock 'N Roll específicamente. Mucho de ese material, previamente grabado por otros artistas, sean solistas o grupos de buena o regular trayectoria, fueron la semilla de un estilo desenfadado y sin límites. Recordemos That's All Right, por ejemplo, su primer sencillo y éxito sin precedentes en su natal Tupelo, Misisipi, bajo el sello discográfico Sun Records, del no menos legendario Sam Phillips. Originalmente lanzado por Arthur Big Boy Crudup, un blues de aquellos que, en los zapatos de Elvis, fue dinamita pura que lo catapultó hacia la cima de la popularidad. Y desde ahí todo fue cuesta arriba. Ya con el sello RCA Victor sus siguientes singles fueron N. ° 1 por varias semanas y al mismo tiempo: Heartbreak Hotel, Don´t Be Cruel, Hound Dog, Teddy Bear y su epítome con Jailhouse Rock y Hard Headed Woman, fueron argumentos suficientes para convertirlo en estrella y ganarse el apelativo de Rey del Rock 'N Roll; y si le agregamos sus contorsiones pélvicas, el cabello engominado y la voz de un chico negro, el paquete era completo.

Como toda estrella en ascenso, gracias al olfato de sabueso de su mánager, el persuasivo Coronel Tom Parker, su siguiente parada fue el cine, como medio diversificador de su talento para generar mayor demanda de su imagen y conquistar a un público ávido por ver a su ídolo en pantalla grande y en los cincuenta estados al mismo tiempo. Aunque sus primeras películas tuvieron una gran aceptación por parte del público, menos de la crítica (lo consideraban un mal actor que cantaba), ya iniciados los años sesenta su paso por el celuloide no fue más que chapuzas para su propio lucimiento, con buenos números musicales que solo promocionaban el tema principal del film. Su mejor película, para mi entender, fue El rey criollo (1958), dirigido hábilmente por el gran Michael Curtiz, que le dio una presencia sólida que no volvería a repetir, y que terminó de cuajar lo que empezó con Prisionero del rock (1957), del artesano y siempre competente Richard Thorpe. Tal vez, el haber sido llamado a enlistarse en el ejército, dejó que sus ansias de convertirse en el nuevo James Dean se esfumaran y se contentara en conocer a Priscilla en Alemania.

Desde la invasión británica, liderada por The Beatles, Elvis se convirtió en una pieza de museo a la cual admirar pero nunca alcanzar ni intimar. Estaba resignado solo ver rugir a esa juventud post Kennedy que evidenció que el "anochecer de un día duro" estaba por comenzar.

Por insistencia del Coronel, volvió al ojo público con el programa especial para televisión de 1968, el mismo que podría considerarse como el nacimiento del unplugged y que revitalizaría su carrera gracias a los nuevos adolescentes que lo descubrieron y a los de su generación que lo redescubrieron como el portento que era al interpretar casi en la intimidad Memories o If I Can Dream.

Triunfó en Las Vegas, pasando por Hawái en un concierto televisado vía satélite, en los que supo mezclar talento y relajo sobre los escenarios ahora acompañado de su orquesta y coros. Ya cuando las drogas y los excesos pesaron más por mantenerlo en la panacea, Barbra Streisand fue a tocarle la puerta para que interpretara a la alcohólica estrella en decadencia en el remake Nace una estrella (1976, Frank Pierson), la que le supondría el regreso al Olimpo, incluido un Oscar, y que el propio Coronel Parker desestimó porque consideraba que el papel dañaría su imagen frente a sus seguidores. Lo cierto fue que, si aceptaba el papel, significaría perder el control de las decisiones y las millonarias ganancias que estas generarían.

Aquello fue un duro golpe para el Rey, que lo llevó a perder el glamur de sus años mozos. Abusó de la comida y de los barbitúricos, y fue hasta 1977 que dejaría esta dimensión con tan solo 42 años pero con la imagen de un hombre de setenta. En sus últimas actuaciones, apenas podía recordar la letra de alguna canción y su estado deteriorado era para llorar por la pena que daba, aunque nunca perdió esa voz inconfundible que lo ha vuelto leyenda indiscutible de la música popular.

Hoy en día, su legado sigue vigente. Sus discos y recopilatorios se siguen vendiendo, su mansión en Graceland está abierta al público como museo y su lápida es visitada cada 8 de enero (nacimiento) o 16 de agosto (fallecimiento), siendo el punto final del peregrinaje que empieza con las viejas instalaciones de Sun Records. Sus películas y conciertos se siguen retransmitiendo en diversos medios audiovisuales y es objeto de veneración por parte de algún imitador que participa en esos programas concursos de talentos. En Las Vegas hay convenciones de este tipo y en las capillas de bodas los ministros que ofician la ceremonia, se visten como su ídolo para unir a parejas de todo el país que visitan dicha ciudad. Pero solo habrá un Elvis... ¡Que viva el Rey!

domingo, 8 de enero de 2012

ELVIS: El rey aún vive

Cuando John Carpenter llevó a la pantalla Elvis, en 1979, creó toda una corriente de fanáticos que supieron de la existencia del mítico Rey del Rock. Era imposible que alguien venido de un pueblito llamado Tupelo, en Misisipi,  pudiera romper todos los esquemas de aquella música emergente llamada rock and roll. Sus movimientos de cadera, que electrizaban a la platea femenina, era mal visto por la conservadora sociedad estadounidense, prohibiendo que sus vaivenes de pelvis fuesen televisados o suprimidos por la autoridad en cada concierto posterior que ofrecía en medio de una América religiosa y decente. Pero cuando arribó a Nueva York, en 1956, su éxito fue tal que en tan solo dos años de iniciada su carrera musical, era condecorado como el Rey. Al principio, no creían que Elvis fuera blanco, pues, su voz jugó un papel importante en su lanzamiento. Fue lo que le dio fama y fortuna. "El hombre blanco que canta como negro", como fue conocido en sus primeras grabaciones, profetizaba el surgimiento del cantante carismático, asediado por las gruppies y celebrado como un rock star de nuestros tiempos.

La crítica no era benigna con su talento; pero supo ganarse un sitio en el Salón de la Fama y seguir siendo el artista más rentable luego de fallecido. Sin él la música popular no trascendería como lo ha hecho ahora, la industria no lanzaría cantantes como lo está haciendo ahora. Y la lluvia de imitadores que pululan en el ambiente es síntoma de que respetan al hombre y valoran lo que ha hecho por ellos.

Kurt Russell fue el primero de una larga lista de actores que lo interpretaron en pantalla. Unos más o menos convincentes. La fuerza y vitalidad esenciales para conquistar al público lo demostraba en cada una de sus presentaciones en Las Vegas, escenario para algunos artistas como su "muerte en vida", ya que llegar a la "tierra de las apuestas" era el final de una carrera ejemplar. No, gracias a Elvis los espectáculos fueron más sofisticados, suntuosos, cotizados, de primer nivel. Ya nadie puede negar que fue un visionario y un modelo para futuras generaciones que admiran su trabajo y recuerdan con optimismo una época inocente que se volvió salvaje y desinhibida.


Hace 76 años, un 8 de enero de 1935, Elvis Aron Presley vio la luz sin tener en claro qué era lo que el destino le tenía preparado. Pero cuando su padre le regaló una guitarra por su cumpleaños número 13, supo entonces qué era lo que anhelaba. Esa guitarra sería su fuente de inspiración que lo llevaría por veinte años a la cima del mundo. De no ser por la ambiciones de su mánager, el inefable Coronel Parker, que controlaba hasta las anfetaminas que consumía, Elvis hubiera alcanzado un mejor registro como actor. Sus canciones ya no eran las mismas desde que The Beatles marcaran otro rumbo en la música, y repetir sus éxitos no era del todo agradable para un treintañero como él. Su consagración como intérprete dramático hubiera estado, tal vez, recompensado con un Oscar, gracias al compromiso y la confianza de Barbra Streisand en la nueva versión de A star is born. Por desgracia, Parker hizo todo lo posible por desembarcarlo de aquel rodaje, porque sabía que su trabajo terminaría ahí y dejaría de percibir los cuantiosos porcentajes de su patrocinado. Dicho papel fue a caer en manos de Kris Kristofferson.

De todas las películas que hizo, la mejor fue King Creole, de Michael Curtiz (1958), quizá porque el director supo imprimir a Elvis la carga emotiva y la naturalidad como enfrentaba a la cámara y a sus antagonistas. Al lado de Caroline Jones, Walter Matthau y Vic Morrow, este clásico no solo es una ramillete de buenas canciones, sino de una actuación lúcida, solvente y madura como lo demostró en Jailhouse rock, de Richard Thorpe (1957). Si le hubieran proporcionado buenos directores y mejores libretos, la historia sería otra.

¡Larga vida al Rey!