domingo, 27 de noviembre de 2022
Una inquietud desprovista de vergüenza
domingo, 31 de enero de 2021
Exceso de confianza
Una amiga mía, la que ya no está en este mundo −es astronauta−, me confesó que tenía una fijación casi enfermiza por su loro. Un animalito interesante, divertido y excéntrico, que estaba a la orden de las circunstancias con sus inefables imitaciones de Carlos Gardel o Pedro Infante, pese a que sonaba más como Edith Piaf. Sucumbía ante sus insinuaciones nocturnas cuando la enamoraba con una serie de frases que, obviamente, había aprendido a lo largo de los meses en que la muchacha era visitada por su pareja de entonces. Era desopilante para ella sentir todo ese gimoteo que más tarde confesaría que le erizaba la piel. La zoofilia no estaba contemplada como una actividad paralela a sus acostumbrados devaneos erógenos, pero tomó en cuenta que el pajarraco sabía lo que estaba haciendo. Hasta pensó que la acosaba. Mientras se bañaba, vio que el loro la miraba fijamente parado desde la barra de la cortina. En otro momento, en su dormitorio cuando se vestía, Picho, como así llamaba a su mascota, estaba asomado por la puerta, jadeando de una manera extraña, que luego fue convirtiéndose en un quejido casi humano cuando alguien se toca ‘ahí donde la luz no llega’.
Al morir, disecó a Picho con la misma mirada que la había sorprendido en el baño. Eso la perturbó, y desde entonces, cuando escucha una canción de Pedro Infante, se deja llevar por la sinrazón del eros y que años más tarde fue motivo suficiente para ir directo a la NASA y despedirse de una vida, digamos, más terrenal. Siempre dije que tenía la mente en la luna.
En aquellos años de formación espiritual y social, no tuve mejor idea que viajar al Tíbet. Fue una experiencia casi similar a la que experimentó Merino cuando vacó a Vizcarra. Casi consigo ascender al nirvana, pero los lamas me miraban sospechosamente cuando me ponía a cantar The Beautiful People. Ahí conocí a una guía tibetana que deseaba aprender español mientras que yo deseaba descubrir qué había debajo de su falda de yak. Una lección que aprendí a no meter mis narices donde nadie me llama. Me cogió el herpes y no es nada agradable cuando comes ceviche. Fuera de ironías mal sanas, la pasé bien a su lado. Aprendió fácilmente un par de palabras para mantenerme a raya por buen tiempo, no sin antes explicarle que el vete mierda se pronuncia mejor apretando los dientes.
De vuelta a Lima, encuentro una ciudad insensible por la contaminación auditiva. Escuchar Scooby Doo Papá debería ser considerado un delito bajo pena capital. La música es uno de mis fuertes. Mi extensa colección de vinilos lo demuestra. Desde la Quinta de Beethoven hasta Moon River, pasando por Pensilvania 6-5000 a Barracuda, es un logro de afortunados. Me aficioné por la música desde temprana edad. Mi madre escuchaba boleros en la radio y esas fueron mis primeros destellos que luego, gracias a mi padre que nos llevó a mí y a mis hermanos a la Feria del Hogar, pude conocer el jazz. En el auditorio una gran orquesta como la de Glenn Miller o Benny Goodman impartían una clase maestra de dicho género. Mi abuelo fue quien me enseñó de música clásica y el resto se lo dejé a radios como Stereo 100 o Telestereo 88, que últimamente siguen la tradición Mágica u Oxígeno. Mis favoritos de siempre: Elvis, The Beatles y toda la pléyade de la vieja escuela. Billie Eilish, Sia o Adele, son la excepción a la regla. Sin embargo, las tendencias han cambiado y ya nadie recuerda a CC Revival o Tom Petty.
Intenté formar una banda de rock, pero nadie me tomaba en serio. Decían que era muy feo para el gusto del público. Si Joey Ramone los escuchara. Intenté ser multi instrumentista; pero, en una presentación en vivo, sería difícil, a no ser que contratara al pulpo Manotas. No tuve más remedio que optar por la comedia de stand up y tragarme todo ese pánico escénico que me hacía ver como Arthur Fleck. Digamos que no me fue nada mal, a no ser por el público que tardaba mucho en entender mis referencias y creí conveniente renunciar en el momento oportuno. Serví café en un local de Barranco que ya no existe e inicié un romance con la dueña y a la vez cajera del establecimiento, y creo que esa fue la razón por la que cerró. Anduve dando tumbos sin encontrar un sentido a mi vida hasta que toqué fondo. Trabajé en las minas de Toquepala, pero el médico me advirtió que mis pulmones no eran lo suficientemente resistentes para gritar a los de arriba que faltaba luz ahí abajo. Ingresé a la universidad por un golpe de suerte y no precisamente por el mazo de mi padre que me exigía levantarme a las 5 de la mañana para que estudie para el examen de admisión. Me gradué, me licencié y me postulé al consejo estudiantil, aunque a ninguno de los miembros del rectorado le dio gracia que la categorización por estratos sociales debía ser tomado en cuenta para ayudar a los estudiantes menos favorecidos económicamente. Ahora es una regla en toda universidad. Debería cobrar regalías.
Al divorciarme tres veces de la misma persona, tomé en cuenta mis limitaciones para conocer mujeres. La tercera es la vencida, dije… Ahora debo pagar manutención por tres matrimonios fallidos. Antes de casarnos me dijo categóricamente: “Eres una isla”. En ese momento no lo entendí; ahora veo a qué se refería. Aislado, árido y rodeado de un mar de posibilidades sin darme oportunidad de zapar hacia un horizonte prometedor. Y eso que hay palmeras, aunque sospecho que se referiría a San Lorenzo o El Frontón. Sabia descripción de una personalidad diáfana con sus amistades y detestable para con el hombre al que alguna vez le prometió amor eterno. Tal vez se haya referido al padrino, con el que finalmente contrajo nupcias.
Antes de colgar los guantes y dormir el sueño eterno, una última anécdota, más bien una reflexión simulada que debo poner en perspectiva. Los últimos diez años han sido atroces, no solo para mí sino para mi psiquiatra. Una vez lo encontré llorando debajo de su escritorio porque sentía demasiada frustración con mi caso. Era imposible seguirme la ilación de mis motivaciones existenciales, así que se dio por vencido y me derivó a otro especialista, quien pudo al menos vaciar un poco de mi intranquila consciencia algunos rasgos que le parecieron interesantes y dignos de formar parte de un estudio clínico y, por qué no, como embrión para una tesis de posgrado. La especialista, porque debo de afirmar que sí, se trataba de una mujer, y no una simple erudita en temas del sistema neurológico sino del espiritual, me convenció de que la única manera de romper con esa cadena que me sujetaba perenne en el odio sistemático a la humanidad, especialmente a los teleoperadores, era someterme a una regresión que buscara los orígenes de mi caprichosa conducta. A pesar que puse toda mi voluntad y el esfuerzo de ella por someterme a una serie de exámenes, solo consiguió de mi mente las tres temporadas completas de Star Trek, la serie original. Ni siquiera puedo afirmar que haya sido un vulcano o pariente del capitán Kirk en una vida pasada, porque este programa era una ficción que se proyectaba varios siglos hacia el futuro. Solo verme peleando con ese lagarto, sería digno de una camisa de fuerza.
Poco a poco la doctora empezó a sentirse atraída hacia mí y me pidió seguir las terapias en su casa de campo. No sé por qué sospeché que estaba emulando a Zelig y le seguí el juego. La verdad, tenía una casa de campo en Santa Eulalia y pretendía presentarme a su familia, como el elegido de su ya dilatada vida personal, que incluía desde un bombero hasta un domesticador de alacranes. En ese momento se encendieron las señales de alerta y me di cuenta que no era ninguna psiquiatra, sino una paciente que fingía serlo. Me equivoqué por una letra. Debí contactarme con el Dr. González y no Gonzales (y resulta que era su paciente y se hizo pasar por él mientras estaba almorzando). Y yo que me había hecho la idea de vivir del éxito de una afamada especialista de la psiquis humana.
Sin la más mínima intención de continuar aburriéndolos, estimados lectores, creo que la vida termina cuando tiene que terminar, no importa si has dejado inconclusa tu tarea de observar cómo se desarrolla la alverja que dejaste sobre un bollo de algodón dentro de un vaso descartable. Cerrar los ojos y dormir para siempre es un alivio que no se repite así nomás, salvo que seas Cristo y estás acostumbrado a que mueras y resucites cada Semana Santa.
viernes, 9 de junio de 2017
Voto de confianza
Con Pierina no había secretos y podíamos confiar el uno al otro. Cuando algo nos jodía, lo decíamos abiertamente, sin llegar a las típicas discusiones que llamasen la atención de cientos de curiosos y ser trending topic en Instagram o YouTube. Cuando planificó la cena, por ejemplo, no me molestó; pero sí me sorprendió. Era demasiado pronto para que me conocieran, pero creo que cuanto más temprano fuera, más rápido dejarían de preguntar por el misterioso muchacho del que ella tanto hablaba. ¿Y qué podía decir? ¿Cómo debía comportarme? Sabía que su abuela era intimidante y sus preguntas indiscretas ponía en aprietos a todo aquel que deseaba pretender a una de sus nietas. Afortunadamente, mi sentido del humor era mi mejor arma y no me quedaba callado.
Sus primas eran un amor. Atentas, entusiastas, empáticas. Sus hermanas, en cambio, les costaba entender qué había visto Pierina en mí, un tipo de apariencia sencilla y ecléctica, todo lo contrario a sus costumbres desbordantes y activas. Cuando les dije que quería ser escritor, me miraron como si las hubiera insultado y cambiaron de tema. Era más interesante sus aventuras en París o Londres, que el haber ganado un concurso literario. Su madre solo mostraba una sonrisa forzada y aceptaba diplomáticamente mis comentarios sobre la leche evaporada o el vidrio roto de la ventana. Su padre, en cambio, era el típico pedante, antisemita, racista y homofóbico capitalino. Creía que yo era uno de esos oportunistas que, viendo el dinero que ostentaban, había logrado que su hija cayera en mis embrujos. Si supiera que fue ella la que me acosó desde un inicio. Pero así son todos los padres, sobreprotectores.
Al correr las horas, creí haber ganado terreno en aquella casa. Cada quien puso sus reparos según su punto de vista, pero no podían hacer nada. Las hermanas de Pierina nos auguraban una semana más juntos -a lo mucho- y su abuela no dejaba de repetir que ya era tiempo de que trabajara y aceptara mi realidad: "Vea usted, joven. En este país un escritor se muere de hambre si no tiene apellido", dijo. ¿De qué estaba hablando? Apenas estaba cursando el segundo año de la carrera. "Mis nietas, desde el primer día de clases, ya trabajaban", sentenció.
Todo estaba consumado, pensé. Pero la providencia iluminó mi congoja. Hizo su aparición tía Nella, una espectacular mujer que llevaba sus treinta bien puestos en esas carnes. Lamentó no haber llegado a tiempo a la cena, pero aceptaba acompañarnos con el postre y el té. Apenas me vio fui la cereza sobre el pastel. Estaba tan complacida, que su atención iba desde una simple mirada a una insinuación más que evidente. Sus ojos almendrados no se apartaban de mi vista, que Pierina empezaba a sentirse media cabreada por esto. No era un misterio la reputación que de ella se decía respecto a la carne fresca. ¿Era yo el próximo? Sí. Dos semanas después, se averiguó mi número de celular y concertó una cita en su departamento, con el fin de hablar sobre mi relación con su sobrina. Por supuesto que no dije nada, pues hubiera provocado una aneurisma cerebral a más de uno.
No estaba acostumbrado a engañar a mis enamoradas. Siempre he sido leal con ellas. Apenas una fantasía inocente con tal o cual amiga de la universidad, sin pasar a mayores. Pero no podía desaprovechar esta oportunidad que me daba tía Nella. Estaba decidido. Jamás había estado con una mujer de su edad y creí que ya era hora de sentir la diferencia. Créanlo o no, estaba tan excitado que pusieron una foto mía en el Metro de Lima prohibiéndome la entrada.
Nella vivía sola. Una ventaja. Llegué a las cuatro, como acordamos, y me invitó un jugo de cajita. Hablamos por espacio de dos horas sobre el futuro que me esperaba al lado de Pierina y todas esas cosas que se dicen antes de dar el gran paso (se refería al matrimonio). Tenemos tres meses, ni siquiera hemos pensado en eso, le dije. Pero ella se tomaba las cosas en serio y estaba convencida de que una pareja debía estar junta hasta el final de los días. Espero que ese asteroide nos caiga lo más pronto posible, pensé.
Luego, rompiendo la monotonía de la cháchara, dijo que iría a su dormitorio a ponerse más cómoda. Como dibujo de manga japonés, de mi nariz brotaba sangre y una enorme gota caía de mi frente. Más que emocionado, me acerqué sigilosamente al cuarto y vi que la puerta estaba entreabierta. ¡Qué rica!, pensé, apenas la vi despojándose de la blusa. Sospecharía que la estaba espiando, porque le tomaba tiempo quitarse la falda o tal vez le quedaba ajustada gracias a sus infartantes caderas. Y ahí estaba, en ropa interior. Se soltó el cabello, se puso lápiz labial y me encontró en la puerta, que ni siquiera le sorprendió. Me rodeó con sus brazos, me besó e hicimos el amor ahí mismo, de pie, contra la pared. Tenía los ojos cerrados y me dejé llevar. Lo único que pude escuchar fue a ella ofreciéndome más jugo. Algo despertó en mí y comprobé que todo no fue más que un sueño. Respiré aliviado.
Antes de despedirnos, dijo que esperaba verme más seguido y que hablaría con su hermano y su mamá para que tuvieran otro concepto de mí. Se lo agradecí. En cambio, me sorprendió que no era la devoradora de hombres de la que tanto me habían hablado; era una mujer sensata, conspicua, llena de vitalidad y animosa por las causas nobles. Sin embargo, cada vez que la tenía cerca, se me hacía difícil no soportar la tensión sexual que me agobiaba. Pierina me preguntaba qué era lo que me estaba pasando. Solo le decía que me dolía el estómago o que me habían rechazado de un trabajo. Era una situación que no podría manejarla si seguía así. Finalmente, me dije: estoy poniendo en juego mi relación solo por un sueño, por una tentación que ni siquiera es correspondida. Y pasé la página.
No duraría mucho. Nella demostró por qué sus sobrinas le tenían terror. Esta vez no escapé de sus encantos y decidimos probar más que una cajita de jugo. Me sentí una basura, lo confieso; pero tenía que pasar tarde o temprano. Y fue lo mejor. La tensión pasó, mi amor por Pierina se fortaleció y me zurré sobre esa vieja que ponía en tela de juicio mi talento y mi sinceridad. Sin embargo, para ella yo seguía siendo un plebeyo, pese a los premios y al cariño que había conseguido de su nieta... y de su hija.
domingo, 30 de abril de 2017
Cómo ser padre sin tener hijos
Así son todos los días. Han creado en mí una imagen paterna (que no me corresponde, obviamente, sin desmerecer las atenciones de su padre, a su estilo y estado de ánimo ambivalente), que desde entonces puedo tener cierta autoridad al llamarles la atención cuando se requiere. El secreto es ganarse su confianza. Cuanto más apegado estés con ellos, es más fácil que te escuchen.
A los quince ni se acordarán
Verlos crecer y seguir sus pasos en esta vida, nos compromete a mejorar como personas. Hay que darles mucho cariño y velar por las cosas que necesiten, mientras sean niños. No siempre estaremos cerca de ellos, no siempre tendremos la misma disposición anímica para atender sus exigencias; si hay que hacerlo, pensar primero en sus necesidades. Lo nuestro puede esperar, tan solo unos minutos.
Sin embargo, está claro que en algún momento de mi existencia tendré que formar mi propia familia y a mis hijos inculcarles los mismos preceptos como lo he venido haciendo con estos pequeños. Ellos seguirán al lado de sus padres y tendrán una educación digna de respeto. Si el momento fuese propicio, sin duda que estaré ahí. Nada más espero que, cuando alcancen la mayoría de edad, se acuerden de mí y no sea un lejano recuerdo del cual tener que explicar en algún almuerzo dominical. Mientras dure, daré todas mis energías a desarrollar su motricidad, razonamiento y las ganas de seguir jugando con su tío juguetón.




