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domingo, 27 de noviembre de 2022

Una inquietud desprovista de vergüenza

A vista y paciencia de su marido, Leonor tomó la decisión de fornicar con su mejor amigo luego de que lo hiriera gravemente Butch, su chihuahua bizco. Sus partes nobles sufrieron la mayor parte de los daños, dejándolo impotente durante el proceso de rehabilitación. Tuvo que tragarse el orgullo, además de perdonarle la vida a su mascota, y aceptar los requerimientos de su mujer.

Era sabido que Leonor tenía un apetito voraz por las carnes sazonadas con testosterona. En su juventud hubo experimentado más de mil formas distintas de placer carnal, que en una noche llegó a mantener relaciones con dieciocho personas a la vez, sin contar a su vecino, un compañero de estudios y dos de sus primos en el transcurso de las horas. Seriamente, se le ocurrió pedir ayuda médica, cosa que descartó de inmediato porque terminaría tirándose a todo el consultorio. Se conocía muy bien.

Por su parte, Edmundo era un tipo encantador, comprensivo, sensato. Complacía a su mujer en todos sus caprichos, sean o no de tipo sexual. Ambos congeniaron a la perfección casi imposible de creer para una mujer como Leonor, que se contentó con un solo hombre; pero después de diez años juntos y con el percance del perro, terminó por aceptar su realidad, aunque sin perder el tiempo en gimoteos ni señalando culpables; utilizó ese tiempo para darse un festín como ya lo venía haciendo antes de su noche de bodas.

No tuvo mejor idea que convocar a su mejor amigo, a quien le había perdido el rastro dos décadas atrás, y el único con el que podría tener la suficiente confianza para que se sirviera a sus anchas del delicatesen en que se había convertido esta mujer. La había conocido tan flaca como un pabilo sin sospechar que años después exhibiría unos portentosos pechos y glúteos cincelados por la providencia y las hormonas desatadas.

Ni bien retomó su relación con Leonor, tuvo que pedirle permiso al marido por las cosas que estaba a punto de cometer en nombre de las buenas costumbres. Edmundo no le dio importancia al asunto y dejó que subiera al dormitorio no sin antes advertir que su esposa era una dama, después de todo, por donde se la mirase. Sí, claro, dijo, y pensó: “Este pobre diablo debe estar chiflado”.

Dos días después, el chihuahua murió de rabia, porque sufrió de bullying por los perros del vecindario. Edmundo lo enterró en el jardín mientras escuchaba a Leonor dar alaridos desde la ventana del dormitorio. Algún que otro vecino miraba extrañado la procedencia de dichos ruidos, que Edmundo tuvo que explicar fríamente que su mujer estaba tomando lecciones de canto, pero que estaba muy lejos de ser comparada con María Callas. Todos se echaron a reír y compartieron una jarra de limonada recién preparada.

El amigo de Leonor no podía más. Estaba extenuado. Pero ella no se rendía tan fácilmente, así que pidió una ronda doble de Red Bull y se puso en acción, en contra de los deseos del invitado, que protestó enfáticamente que deberían tomarse un descanso. Molesta, cogió sus cosas y se largó en busca de otros hombres. El amigo le dijo a Edmundo de lo que estaba pasando y él, tan sereno como siempre, le dijo: “Sí, sí. Así es ella. No te preocupes. Ya volverá”. El amigo cogió sus cosas y se largó, no sin antes parafrasear a un congresista desempleado: “¡A la mierda con este país!”.

Leonor se metió a un bar y les propuso a cuatro amigos que compartían una jarra de cerveza que si querían cogerla entre todos. No lo pensaron dos veces y se la llevaron en el auto de uno de ellos a casa de otro de ellos. Leonor no tenía intención de volver a casa hasta que estuviera completamente satisfecha. Al igual que el amigo, estos cuatro gamberros pidieron tiempo para recuperar el aliento. La mujer no toleraba insubordinación y le dio una patada a cada uno en sus genitales. Obedecieron y reanudaron el trabajo. Hasta el último orgasmo emitido por esta fémina, las cosas se tranquilizaron. Pudo vestirse y regresar a casa, junto a su marido, que la esperaba con un vaso de limonada bien helada. Luego de un reparador baño, se metió a la cama, le dio un beso de buenas noches y empezó a programar sus actividades del siguiente día. Edmundo le dijo por sobre el hombro: “Te lavaste los dientes, ¿verdad?”


Imagen: gpointstudio en Freepik

domingo, 31 de enero de 2021

Exceso de confianza

Considero la catarsis como buena terapia cuando la compartes con el resto de seres humanos de criterio amplio y sensibilidad a prueba de cursilerías, pues, de qué sirve guardarlo en tu memoria o en el disco duro de tu PC; es aconsejable extirpar cualquier indicio de fragilidad oportunista al precisar que somos vulnerables frente a la adversidad. Y llamar "adversidad" a una serie de desventuras sin sentido pone en evidencia la carencia de ingenio para tratar otros temas más profundos, como “Qué cocinaré durante la cuarentena” o “Si me dieran a escoger…”. Poseemos una pizca de malicia cuando enfrentamos problemas menos rigurosos que trastoquen nuestro sentido común, como la Deep Web o el exceso de colesterol en los niños menores de ocho años. Hay para todo público. Pero, no se pasen, no puedo estar en todas.

Una amiga mía, la que ya no está en este mundo −es astronauta−, me confesó que tenía una fijación casi enfermiza por su loro. Un animalito interesante, divertido y excéntrico, que estaba a la orden de las circunstancias con sus inefables imitaciones de Carlos Gardel o Pedro Infante, pese a que sonaba más como Edith Piaf. Sucumbía ante sus insinuaciones nocturnas cuando la enamoraba con una serie de frases que, obviamente, había aprendido a lo largo de los meses en que la muchacha era visitada por su pareja de entonces. Era desopilante para ella sentir todo ese gimoteo que más tarde confesaría que le erizaba la piel. La zoofilia no estaba contemplada como una actividad paralela a sus acostumbrados devaneos erógenos, pero tomó en cuenta que el pajarraco sabía lo que estaba haciendo. Hasta pensó que la acosaba. Mientras se bañaba, vio que el loro la miraba fijamente parado desde la barra de la cortina. En otro momento, en su dormitorio cuando se vestía, Picho, como así llamaba a su mascota, estaba asomado por la puerta, jadeando de una manera extraña, que luego fue convirtiéndose en un quejido casi humano cuando alguien se toca ‘ahí donde la luz no llega’.

Al morir, disecó a Picho con la misma mirada que la había sorprendido en el baño. Eso la perturbó, y desde entonces, cuando escucha una canción de Pedro Infante, se deja llevar por la sinrazón del eros y que años más tarde fue motivo suficiente para ir directo a la NASA y despedirse de una vida, digamos, más terrenal. Siempre dije que tenía la mente en la luna.

En aquellos años de formación espiritual y social, no tuve mejor idea que viajar al Tíbet. Fue una experiencia casi similar a la que experimentó Merino cuando vacó a Vizcarra. Casi consigo ascender al nirvana, pero los lamas me miraban sospechosamente cuando me ponía a cantar The Beautiful People. Ahí conocí a una guía tibetana que deseaba aprender español mientras que yo deseaba descubrir qué había debajo de su falda de yak. Una lección que aprendí a no meter mis narices donde nadie me llama. Me cogió el herpes y no es nada agradable cuando comes ceviche. Fuera de ironías mal sanas, la pasé bien a su lado. Aprendió fácilmente un par de palabras para mantenerme a raya por buen tiempo, no sin antes explicarle que el vete mierda se pronuncia mejor apretando los dientes.

De vuelta a Lima, encuentro una ciudad insensible por la contaminación auditiva. Escuchar Scooby Doo Papá debería ser considerado un delito bajo pena capital. La música es uno de mis fuertes. Mi extensa colección de vinilos lo demuestra. Desde la Quinta de Beethoven hasta Moon River, pasando por Pensilvania 6-5000 a Barracuda, es un logro de afortunados. Me aficioné por la música desde temprana edad. Mi madre escuchaba boleros en la radio y esas fueron mis primeros destellos que luego, gracias a mi padre que nos llevó a mí y a mis hermanos a la Feria del Hogar, pude conocer el jazz. En el auditorio una gran orquesta como la de Glenn Miller o Benny Goodman impartían una clase maestra de dicho género. Mi abuelo fue quien me enseñó de música clásica y el resto se lo dejé a radios como Stereo 100 o Telestereo 88, que últimamente siguen la tradición Mágica u Oxígeno. Mis favoritos de siempre: Elvis, The Beatles y toda la pléyade de la vieja escuela. Billie Eilish, Sia o Adele, son la excepción a la regla. Sin embargo, las tendencias han cambiado y ya nadie recuerda a CC Revival o Tom Petty.

Intenté formar una banda de rock, pero nadie me tomaba en serio. Decían que era muy feo para el gusto del público. Si Joey Ramone los escuchara. Intenté ser multi instrumentista; pero, en una presentación en vivo, sería difícil, a no ser que contratara al pulpo Manotas. No tuve más remedio que optar por la comedia de stand up y tragarme todo ese pánico escénico que me hacía ver como Arthur Fleck. Digamos que no me fue nada mal, a no ser por el público que tardaba mucho en entender mis referencias y creí conveniente renunciar en el momento oportuno. Serví café en un local de Barranco que ya no existe e inicié un romance con la dueña y a la vez cajera del establecimiento, y creo que esa fue la razón por la que cerró. Anduve dando tumbos sin encontrar un sentido a mi vida hasta que toqué fondo. Trabajé en las minas de Toquepala, pero el médico me advirtió que mis pulmones no eran lo suficientemente resistentes para gritar a los de arriba que faltaba luz ahí abajo. Ingresé a la universidad por un golpe de suerte y no precisamente por el mazo de mi padre que me exigía levantarme a las 5 de la mañana para que estudie para el examen de admisión. Me gradué, me licencié y me postulé al consejo estudiantil, aunque a ninguno de los miembros del rectorado le dio gracia que la categorización por estratos sociales debía ser tomado en cuenta para ayudar a los estudiantes menos favorecidos económicamente. Ahora es una regla en toda universidad. Debería cobrar regalías.

Al divorciarme tres veces de la misma persona, tomé en cuenta mis limitaciones para conocer mujeres. La tercera es la vencida, dije… Ahora debo pagar manutención por tres matrimonios fallidos. Antes de casarnos me dijo categóricamente: “Eres una isla”. En ese momento no lo entendí; ahora veo a qué se refería. Aislado, árido y rodeado de un mar de posibilidades sin darme oportunidad de zapar hacia un horizonte prometedor. Y eso que hay palmeras, aunque sospecho que se referiría a San Lorenzo o El Frontón. Sabia descripción de una personalidad diáfana con sus amistades y detestable para con el hombre al que alguna vez le prometió amor eterno. Tal vez se haya referido al padrino, con el que finalmente contrajo nupcias.

Antes de colgar los guantes y dormir el sueño eterno, una última anécdota, más bien una reflexión simulada que debo poner en perspectiva. Los últimos diez años han sido atroces, no solo para mí sino para mi psiquiatra. Una vez lo encontré llorando debajo de su escritorio porque sentía demasiada frustración con mi caso. Era imposible seguirme la ilación de mis motivaciones existenciales, así que se dio por vencido y me derivó a otro especialista, quien pudo al menos vaciar un poco de mi intranquila consciencia algunos rasgos que le parecieron interesantes y dignos de formar parte de un estudio clínico y, por qué no, como embrión para una tesis de posgrado. La especialista, porque debo de afirmar que sí, se trataba de una mujer, y no una simple erudita en temas del sistema neurológico sino del espiritual, me convenció de que la única manera de romper con esa cadena que me sujetaba perenne en el odio sistemático a la humanidad, especialmente a los teleoperadores, era someterme a una regresión que buscara los orígenes de mi caprichosa conducta. A pesar que puse toda mi voluntad y el esfuerzo de ella por someterme a una serie de exámenes, solo consiguió de mi mente las tres temporadas completas de Star Trek, la serie original. Ni siquiera puedo afirmar que haya sido un vulcano o pariente del capitán Kirk en una vida pasada, porque este programa era una ficción que se proyectaba varios siglos hacia el futuro. Solo verme peleando con ese lagarto, sería digno de una camisa de fuerza.

Poco a poco la doctora empezó a sentirse atraída hacia mí y me pidió seguir las terapias en su casa de campo. No sé por qué sospeché que estaba emulando a Zelig y le seguí el juego. La verdad, tenía una casa de campo en Santa Eulalia y pretendía presentarme a su familia, como el elegido de su ya dilatada vida personal, que incluía desde un bombero hasta un domesticador de alacranes. En ese momento se encendieron las señales de alerta y me di cuenta que no era ninguna psiquiatra, sino una paciente que fingía serlo. Me equivoqué por una letra. Debí contactarme con el Dr. González y no Gonzales (y resulta que era su paciente y se hizo pasar por él mientras estaba almorzando). Y yo que me había hecho la idea de vivir del éxito de una afamada especialista de la psiquis humana.

Sin la más mínima intención de continuar aburriéndolos, estimados lectores, creo que la vida termina cuando tiene que terminar, no importa si has dejado inconclusa tu tarea de observar cómo se desarrolla la alverja que dejaste sobre un bollo de algodón dentro de un vaso descartable. Cerrar los ojos y dormir para siempre es un alivio que no se repite así nomás, salvo que seas Cristo y estás acostumbrado a que mueras y resucites cada Semana Santa.

viernes, 9 de junio de 2017

Voto de confianza

Era la primera vez que pisaba la casa de Pierina. Teníamos tres meses de enamorados y para ella era importante que su familia tuviera una opinión objetiva de mi persona. Lo intimidante del asunto era la presencia de hermanas, primas y tías, como si se tratara de una pedida de mano. ¿Es una cena de saco y corbata?, pregunté. Algo informal, pero tampoco era que me presentara en bermudas, dijo ella. Era el sueño de todo hombre verse rodeado de féminas interesadas en la talla del zapato o el grosor de la billetera, porque era una familia de clase media cuyo ingreso per cápita era más costoso que mi casaca Tommy Hilfiger. Pero no soy acomplejado.

Con Pierina no había secretos y podíamos confiar el uno al otro. Cuando algo nos jodía, lo decíamos abiertamente, sin llegar a las típicas discusiones que llamasen la atención de cientos de curiosos y ser trending topic en Instagram o YouTube. Cuando planificó la cena, por ejemplo, no me molestó; pero sí me sorprendió. Era demasiado pronto para que me conocieran, pero creo que cuanto más temprano fuera, más rápido dejarían de preguntar por el misterioso muchacho del que ella tanto hablaba. ¿Y qué podía decir? ¿Cómo debía comportarme? Sabía que su abuela era intimidante y sus preguntas indiscretas ponía en aprietos a todo aquel que deseaba pretender a una de sus nietas. Afortunadamente, mi sentido del humor era mi mejor arma y no me quedaba callado.

Sus primas eran un amor. Atentas, entusiastas, empáticas. Sus hermanas, en cambio, les costaba entender qué había visto Pierina en mí, un tipo de apariencia sencilla y ecléctica, todo lo contrario a sus costumbres desbordantes y activas. Cuando les dije que quería ser escritor, me miraron como si las hubiera insultado y cambiaron de tema. Era más interesante sus aventuras en París o Londres, que el haber ganado un concurso literario. Su madre solo mostraba una sonrisa forzada y aceptaba diplomáticamente mis comentarios sobre la leche evaporada o el vidrio roto de la ventana. Su padre, en cambio, era el típico pedante, antisemita, racista y homofóbico capitalino. Creía que yo era uno de esos oportunistas que, viendo el dinero que ostentaban, había logrado que su hija cayera en mis embrujos. Si supiera que fue ella la que me acosó desde un inicio. Pero así son todos los padres, sobreprotectores.

Al correr las horas, creí haber ganado terreno en aquella casa. Cada quien puso sus reparos según su punto de vista, pero no podían hacer nada. Las hermanas de Pierina nos auguraban una semana más juntos -a lo mucho- y su abuela no dejaba de repetir que ya era tiempo de que trabajara y aceptara mi realidad: "Vea usted, joven. En este país un escritor se muere de hambre si no tiene apellido", dijo. ¿De qué estaba hablando? Apenas estaba cursando el segundo año de la carrera. "Mis nietas, desde el primer día de clases, ya trabajaban", sentenció.

Todo estaba consumado, pensé. Pero la providencia iluminó mi congoja. Hizo su aparición tía Nella, una espectacular mujer que llevaba sus treinta bien puestos en esas carnes. Lamentó no haber llegado a tiempo a la cena, pero aceptaba acompañarnos con el postre y el té. Apenas me vio fui la cereza sobre el pastel. Estaba tan complacida, que su atención iba desde una simple mirada a una insinuación más que evidente. Sus ojos almendrados no se apartaban de mi vista, que Pierina empezaba a sentirse media cabreada por esto. No era un misterio la reputación que de ella se decía respecto a la carne fresca. ¿Era yo el próximo? Sí. Dos semanas después, se averiguó mi número de celular y concertó una cita en su departamento, con el fin de hablar sobre mi relación con su sobrina. Por supuesto que no dije nada, pues hubiera provocado una aneurisma cerebral a más de uno.

No estaba acostumbrado a engañar a mis enamoradas. Siempre he sido leal con ellas. Apenas una fantasía inocente con tal o cual amiga de la universidad, sin pasar a mayores. Pero no podía desaprovechar esta oportunidad que me daba tía Nella. Estaba decidido. Jamás había estado con una mujer de su edad y creí que ya era hora de sentir la diferencia. Créanlo o no, estaba tan excitado que pusieron una foto mía en el Metro de Lima prohibiéndome la entrada.

Nella vivía sola. Una ventaja. Llegué a las cuatro, como acordamos, y me invitó un jugo de cajita. Hablamos por espacio de dos horas sobre el futuro que me esperaba al lado de Pierina y todas esas cosas que se dicen antes de dar el gran paso (se refería al matrimonio). Tenemos tres meses, ni siquiera hemos pensado en eso, le dije. Pero ella se tomaba las cosas en serio y estaba convencida de que una pareja debía estar junta hasta el final de los días. Espero que ese asteroide nos caiga lo más pronto posible, pensé.

Luego, rompiendo la monotonía de la cháchara, dijo que iría a su dormitorio a ponerse más cómoda. Como dibujo de manga japonés, de mi nariz brotaba sangre y una enorme gota caía de mi frente. Más que emocionado, me acerqué sigilosamente al cuarto y vi que la puerta estaba entreabierta. ¡Qué rica!, pensé, apenas la vi despojándose de la blusa. Sospecharía que la estaba espiando, porque le tomaba tiempo quitarse la falda o tal vez le quedaba ajustada gracias a sus infartantes caderas. Y ahí estaba, en ropa interior. Se soltó el cabello, se puso lápiz labial y me encontró en la puerta, que ni siquiera le sorprendió. Me rodeó con sus brazos, me besó e hicimos el amor ahí mismo, de pie, contra la pared. Tenía los ojos cerrados y me dejé llevar. Lo único que pude escuchar fue a ella ofreciéndome más jugo. Algo despertó en mí y comprobé que todo no fue más que un sueño. Respiré aliviado.

Antes de despedirnos, dijo que esperaba verme más seguido y que hablaría con su hermano y su mamá para que tuvieran otro concepto de mí. Se lo agradecí. En cambio, me sorprendió que no era la devoradora de hombres de la que tanto me habían hablado; era una mujer sensata, conspicua, llena de vitalidad y animosa por las causas nobles. Sin embargo, cada vez que la tenía cerca, se me hacía difícil no soportar la tensión sexual que me agobiaba. Pierina me preguntaba qué era lo que me estaba pasando. Solo le decía que me dolía el estómago o que me habían rechazado de un trabajo. Era una situación que no podría manejarla si seguía así. Finalmente, me dije: estoy poniendo en juego mi relación solo por un sueño, por una tentación que ni siquiera es correspondida. Y pasé la página.

No duraría mucho. Nella demostró por qué sus sobrinas le tenían terror. Esta vez no escapé de sus encantos y decidimos probar más que una cajita de jugo. Me sentí una basura, lo confieso; pero tenía que pasar tarde o temprano. Y fue lo mejor. La tensión pasó, mi amor por Pierina se fortaleció y me zurré sobre esa vieja que ponía en tela de juicio mi talento y mi sinceridad. Sin embargo, para ella yo seguía siendo un plebeyo, pese a los premios y al cariño que había conseguido de su nieta... y de su hija. 

domingo, 30 de abril de 2017

Cómo ser padre sin tener hijos

Hace poco dejé de trabajar y estoy más tiempo en casa, por lo que paso todo el día jugando con mis sobrinos (aunque en realidad son mis primos; pero es una historia larga y no es el tema de este post). Ellos me alegran el día y trato de alegrarles el suyo. Desde que llegaron a la casa, cambiaron en mí la percepción que tengo de los niños y cómo convivir con ellos. No tengo hijos, así que para cualquiera resultaría contradictorio saber encausar esas energías hacia un niño. Yo diría que es un grato aprendizaje para cuando sea papá. Vamos, siempre he sido el tío favorito de mis sobrinos y sobrinas, en especial estas últimas. Tengo carisma y ese ángel que algunas madres han reconocido como "el padre perfecto para mis hijos" o "Vas a ser un buen papá". Soy juguetón, es la característica que me define. Un Peter Pan de jodidas intenciones, como alguna vez dijeron de mí, pero de buen corazón.

Gánate su confianza

Una de las cosas que he aprendido al tratar a un niño o niña para que te haga caso, es que debes ser ni demasiado duro ni demasiado blando. Hay que buscar el equilibrio entre las cosas buenas y malas, y canalizarlas hacia un mejor entendimiento que resulten de tus medidas disciplinarias. Con el varoncito me ha tomado tiempo entender que el macho alfa es una estupidez (refiriéndome a su padre). Ser macho alfa es una manera facilista de encarar los problemas, por falta de argumentos convincentes con el fin de someter a la manada por la fuerza. Yo me considero un macho omega, porque de esa manera observo desde afuera las fortalezas y debilidades del individuo como hijo, hermano, amigo o padre. La niña, en cambio, como aún depende de las atenciones maternales, aprende desde sus tiernos dos añitos a diferenciar lo bueno de lo malo sin dificultad. Con un solo NO, es capaz de comprender que lo que está haciendo es incorrecto, y se le aplaude cuando es lo contrario.

Hay que hablarles con un tono neutro, conciliador, sin alzar la voz ni fruncir el ceño, ya que lo único que consigues es que se rebelen y no te hagan caso. Yo veo a otras personas que pierden la paciencia con su hijos cuando cometen una travesura o causan desórdenes típicos de un infante. Tal vez porque no están cerca de ellos la mayor parte del tiempo por el trabajo. Hay que ser práctico. A mí me quieren porque cuando llego de trabajar siempre tengo tiempo para ellos, juego y me preocupo por las cosas que me muestran. El caballito se ha vuelto una rutina imprescindible en la casa. A él lo llevo sobre mi espalda y a ella en brazos, de un lado a otro hasta que el cansancio se apodera de mí. En otro momento, la niña quiere encender y apagar la luz de todas las habitaciones. La alzo como si caminara en la pared hasta el interruptor más próximo, mientras me repite "La lush... la lush".

Así son todos los días. Han creado en mí una imagen paterna (que no me corresponde, obviamente, sin desmerecer las atenciones de su padre, a su estilo y estado de ánimo ambivalente), que desde entonces puedo tener cierta autoridad al llamarles la atención cuando se requiere. El secreto es ganarse su confianza. Cuanto más apegado estés con ellos, es más fácil que te escuchen.

El niño interior

Tener alma de niño no significa ser inmaduro. Como lo dije al principio, me he ganado el reproche de algunos y otros pocos ya ni me toman en serio. Me gusta jugar con los niños, los hago reír al inventar juegos; literalmente me ensucio la ropa a su lado, los persigo como el lobo que se quiere comer a las ovejas o los cojo de una pierna y los llevo arrastrando por todo el pasillo, aprovechando el piso recién encerado. Y me piden que lo repita, porque les encanta. Y si no lo hago, me exigen hasta convencerme. También los levanto y hago que vuelen como un superhéroe. Y, bueno, cuando les vence el sueño, es una tarea cumplida y su madre me lo agradece a mares. Si hacemos ruido o nos tiramos al suelo muertos de la risa, la abuela es la primera en protestar. "Tremendo viejonazo", dice.

No hay que quitarles el gusto por el juego. "Estoy ocupado", "más tarde", "ahorita no", son las frases que utilizamos para dejarlos de lado y quedarnos en cama viendo la televisión o abriendo una lata de cerveza. Gánatelos, es la clave. Dales prioridad, demuestra que les importas.

Aprendiendo las vocales

Los fines de semana, en especial los domingos, tengo tiempo para ellos hasta decir basta. No casi siempre, así les doy oportunidad a sus padres de estar con ellos y compartir los mismos gustos que les he ido inculcando. En las mañanas, después del desayuno, tiendo a leer el periódico y finalmente llenar el crucigrama. Por inercia o costumbre, los chicos se sientan cada uno en mis piernas. Primero les canto "Vamos de paseo, cuí-cuí-cuí, en mi auto nuevo, cuí-cuí-cuí", mientras los hago saltar desde sus cómodos asientos. Habiendo ganado su atención, como cosa de juego, les voy deletreando las palabras que ven en el periódico. Les explico qué consonante o vocal lleva tal o cual palabra y aprenden a pronunciarla. La niña es más hábil, ya sabe contar hasta diez.

Cualquier documento es útil para estos casos. El niño ya está en la edad del cuaderno para pintar y diferenciar los colores a utilizar, así como los cubitos de letras para armar palabras. Sin exigirle, solo como un juego, hasta que le coja el gusto. Ya va al nido y eso como que le está enseñando a ser más organizado. La niña está aprendiendo más rápido porque imita a su hermano; pero también hay que tener en cuenta que muchas de las cosas que está aprendiendo aún no las comprende del todo y se basa solo en la imitación. Pero su habilidad, como ya dije, le permite captar todo de inmediato, como los números y algunas vocales. ¡¡Hasta baila el Shaky Shaky!!

A los quince ni se acordarán

Verlos crecer y seguir sus pasos en esta vida, nos compromete a mejorar como personas. Hay que darles mucho cariño y velar por las cosas que necesiten, mientras sean niños. No siempre estaremos cerca de ellos, no siempre tendremos la misma disposición anímica para atender sus exigencias; si hay que hacerlo, pensar primero en sus necesidades. Lo nuestro puede esperar, tan solo unos minutos.

Sin embargo, está claro que en algún momento de mi existencia tendré que formar mi propia familia y a mis hijos inculcarles los mismos preceptos como lo he venido haciendo con estos pequeños. Ellos seguirán al lado de sus padres y tendrán una educación digna de respeto. Si el momento fuese propicio, sin duda que estaré ahí. Nada más espero que, cuando alcancen la mayoría de edad, se acuerden de mí y no sea un lejano recuerdo del cual tener que explicar en algún almuerzo dominical. Mientras dure, daré todas mis energías a desarrollar su motricidad, razonamiento y las ganas de seguir jugando con su tío juguetón.

viernes, 8 de abril de 2016

Coger, comer, dormir

Tal vez no fue la mejor manera de empezar la semana. Frank no quería pensar demasiado en las eventualidades que lo dejaron sin trabajo. Fueron cuatro años dedicados a una empresa que, de la noche a la mañana, optó por prescindir de sus servicios bajo el pretexto de la crisis y la reducción de costos. Claro, pero cuando ese dinero iba a manos del gerente, el desbalance se esfumaba como si nunca hubiera existido. Eso pasa por no ser adulador, sobón, patero, o lo que fuera, pensó Frank, mientras bebía café recién pasado. Felizmente pudo llevarse su cafetera. No sabría qué hacer sin ella. No entendía por qué algunas personas tenían la costumbre de buscar la confrontación e indisposición entre los empleados, queriendo de alguna manera alcanzar una posición más personal que laboral, como un requisito para caerle bien al jefe. El trabajo no cuenta en este caso. El chisme, sí.

El teléfono dejó de sonar en poco tiempo, y ya a nadie pareció interesarle. Típico, pensó Frank. Cuando estás en la cúspide, en tu mejor momento, no eres ajeno a sus requerimientos y atenciones. Eres un invitado recurrente porque tu sola presencia ameritaba disfrutar de tu encantador sentido del humor y todas esas bobadas que les gustaba a las mujeres. Menuda hipocresía. Cuando dio la mano, sin recibir nada a cambio, su generosidad era comentada en las redes sociales. Esas mismas personas ahora parecen estar demasiado ocupadas para atender una simple llamada o recomendación. Ahí es cuando uno aprende a identificar a los verdaderos amigos.

No le importó ser un paria. Podía vivir sin ninguna congoja, porque sabía de qué era capaz de hacer en circunstancias similares. Tuvo que aprender a sobrevivir y lo hizo tan elemental pero enriquecedoramente posible, que su espíritu era incapaz de decaer. Aún le quedaba la compañía de su amiga, con quien disfrutaba de extravagantes fines de semana en su dormitorio, además de charlas existenciales sobre el sexo y la lujuria.

Podían estar desnudos por todo el departamento, comiendo helado o bebiendo vino. Frank era bueno preparando aperitivos. Nunca faltaban. Su amiga estaba más que complacida, que un fin de semana era demasiado corto para dejarlo partir. No dudaba en quedarse con él el tiempo que creía conveniente, porque al fin y al cabo era su amigo, su amante, su hombre y compañero de juegos -así en ese orden-. Ya cuando las cosas se tranquilizaban, no había mejor forma de recuperar fuerzas que una siesta apacible, uno al lado del otro, sin que el tiempo se interpusiera en largas despedidas.

El desempleo le dio oportunidad de ponerse al día en cosas que había dejado relegadas por cubrir sus necesidades básicas. Recuperó el gusto por la lectura y la revisión de una novela inconclusa que debió haberla terminado hace diez años. Era el momento de hacerlo. Pero la mayor parte del tiempo lo utilizaba para visitar museos y conocer gente con la cual sentirse a gusto y empezar una conversación inteligente y nada comprometedora. Si las circunstancias eran propicias, podía terminar en un hotel o en su propio departamento con la mujer más interesante que hubiera conocido en años. Aunque prefería volver solo y encender la laptop y mover los dedos sobre el teclado, con vigor e inspiración, que luego terminaba bebiendo leche fresca directamente del refrigerador antes de ir a dormir.

Esta última semana debía reunirse con varias personas que se interesaron en su perfil. Estaba seguro que algunas de ellas podrían darle un trabajo, siendo el sueldo el punto más importante en estas entrevistas y la posibilidad de retomar su vida laboral de la mejor manera posible. La espera era un tanto desalentadora, pero confiaba en que volvería a pisar una oficina en el corto plazo. Mientras tanto, las elecciones del 10 de abril estaban a un paso y por las cosas que sucedieron en estos meses, era muy probable que se trataría de unas elecciones extrañas, enmarañadas y grotescas. Todos sabían a quién estaban beneficiando, pero se hacían de la vista gorda. Todo indicaba que ya estaba preparado de antemano y los demás candidatos eran las piezas que se necesitaban para dar el golpe maestro. Mientras no le faltara mujer, víveres y una cama limpia, Frank estaba seguro que vivir cinco años más valía la pena.