jueves, 6 de julio de 2017

Al maestro con cariño

Sidney Poitier se convirtió en un referente cinematográfico de la imagen del maestro abnegado, compasivo y resuelto por reformar jóvenes de actitudes beligerantes y contestatarias. Luchó por ser comprendido y entonar dentro de los cánones sesenteros en un suburbio londinense. Más allá de la anécdota y de la reseña fílmica, ser maestro no es solo dictar una clase y dejar tareas para la casa. Ser maestro es una gran responsabilidad por convertir a incipientes jovencitos en prometedores ciudadanos impregnados de valores y sabiduría. Porque no necesariamente recordarás quién descubrió las tumbas del Señor de Sipán, pero sí tendrás en cuenta que tus acciones se verán reflejadas en tu discurrir por la vida: hombre de bien, educado, atento, responsable y un largo etcétera.

Nunca voy a olvidar a mis primeros maestros, al profesor Dávila, la profesora Yolanda y, en especial, a mi queridísimo profesor Silvio La Rosa. He tenido la oportunidad de descubrir con cada uno de ellos que la simple tarea no era suficiente para calmar mi sed de conocimiento, de descubrir lo que había más allá de un texto escolar o un mapamundi. Ellos me enseñaron a diferenciar lo bueno de lo malo, de encontrarme conmigo mismo como persona y tener en claro que mis cualidades se definirían siempre y cuando tuviera seguridad de afrontarlas como tales. De ellos aprendí ese dicho de "un gran poder lleva a una gran responsabilidad", sin saber siquiera de dónde venía esa referencia. Cuando lo descubrí, comprendí a qué se referían.

Ser maestro en el Perú no es tarea fácil. Son horas extenuantes de dominar a un variopinto ramillete de criaturitas de diversos estratos sociales, con una historia cada cual más desconcertante. Es cierto que la mayoría de jóvenes que optan por esta carrera lo hacen porque no les queda más remedio que aceptarla, siendo los portavoces de la frustración y el resentimiento porque no pudieron conseguir una vacante en Medicina o Derecho. Un viejo chiste de Woody Allen grafica de manera agridulce esta idea. "Los que no consiguen nada en esta vida se convierten en profesores".

Son pocos quienes tienen la verdadera vocación de servir e instruir a los demás, con esa pasión y cariño por ser escuchados y que sus lecciones sean tomadas como la esencia misma de la vida. Y son recordados hasta la fecha, porque son maestros con mayúsculas. Muchos de ellos inclusive reciben sueldos bajísimos y hasta enseñen ad honoren, porque les gusta, quieren enseñar y crear ciudadanos de prestigio, con esas cualidades de las que tanto me hablaban los míos.

Ser maestro también significa "orientador". Todos podemos serlo. Desde cómo enseñar a un niño coger una cuchara hasta pedirle a una persona que le ceda el asiento a un adulto mayor. La educación y enseñanza parte del hogar. Si no aprendemos las funciones básicas de conducta, de nada te servirá haber leído los treinta y dos volúmenes de la Enciclopedia Británica. Seguirás siendo un energúmeno. Aprendamos a aprender y a enseñar. Necesitamos una sociedad rica en cultura, en identidad, próspera y honesta; no busquemos lo fácil ni llenemos la cabeza de nuestros niños con tanta basura mediática. Tengamos un poco de decencia y sentémonos con ellos para hacer el contacto personalizado en una herramienta clave e imprescindible para conocernos y conocer a nuestro interlocutor. No hay nada mejor que una relación interpersonal fluida y enriquecedora. Nos estamos robotizando, los smartphones, las tabletas y la misma Internet nos hace inhumanos, distantes, fríos, insensibles. Escuchar y ser escuchado es el principio de nuestra educación.

Ser maestro es un privilegio y debemos darle el valor que se merece. No serán protagonistas de una película, pero dejan en claro cuál es su papel en nosotros. Feliz Día.

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