domingo, 28 de julio de 2013

Demasiado perfecto para ser cierto

La invité a salir una noche. Estaba nervioso. Después de mucho tiempo, encontré con quién hacerlo de una manera platónica y desenvuelta, sin la odiosa tensión del "qué pasará después". Mis citas siempre han sido catastróficas, casi nunca he terminado en buenos términos y la taza de café aún permanecía humeante cuando me dejaban con las palabras en la boca tratando de explicar qué era lo que no me gustaba de ella.


Tampoco puedo generalizar. He conocido personas encantadoras con las que he pasado largas horas intercambiando conceptos y recetas de cocina, que hasta el último mesero debía sacarnos en buenos términos porque ya no quedaba más canchita. Pero salir con mi nueva amiga, se convirtió en el mejor estímulo de la temporada. Poco tiempo después de haberla conocido en aquella reunión, aceptó salir conmigo y creí haber encontrado a mi alma gemela. Aunque, debo confesar, la ansiedad estaba nublando mi sentido común y aceleraba inclusive todo lo que antes había criticado como la peor decisión de mi vida.

Estaba estupendamente guapa, deslumbrante, segura y muy decidida. Nos saludamos con un apretón de manos y nos sentamos a la mesa. Su mirada era embriagadora, anestésica, profunda. Sus labios se movían al compás de cada palabra que despedía de su boca producto de su cognitiva ilación de ideas, muy bien desarrolladas y rematadas con un sentido del humor de ensueño. No pude menos que sentirme una miga de pan ante un producto universitario, que jamás podré perdonarme el desliz sobre el aumento de grasa en los glúteos de las marmotas. No sé de dónde saqué eso, pero de alguna manera sirvió para que ella me regalara una de sus más sonoras carcajadas, que pude ver lo que había comido en 1998. La mujer tenía lo suyo, su chispa despertaba una serie de pasiones incontroladas que no dudé en imitar y formar parte de ese ritual casi shakespereano de la irresoluta decisión de tomarle de la mano o retirar el cabello de su rostro para dejarlo detrás de su oreja. Un acto cariñoso y encantador que no pudo evitar sonrojarse y sonreír como quien acepta un cumplido.

Salimos de aquel restaurante, arrebujados en nuestros abrigos, soportando el frío de la noche y contemplando la garúa que se hacía presente sobre nosotros. Ambos teníamos las manos dentro de los bolsillos del abrigo, cosa que no nos incomodó ni nos cortó la intensidad vivida minutos atrás. Nos detuvimos en un paradero solitario. Tuve la gentileza de acompañarla a que tomara el bus que la regresaría a casa sana y salva, y agradeció la caballerosidad de esperar a su lado la venida del bus, que ya demoraba varios minutos, cosa poco común, pues era una de las contadas líneas que transitaba hasta altas horas de la noche. Sacó sus manos de los bolsillos y empezó a frotárselas por la intensidad del frío que las congelaba sin misericordia. Sin que fuera un impulso automático y bien planeado, cogí sus manos y fui yo quien les dio calor, sobándolas delicadamente sin que ella tuviera la necesidad de cambiar de idea. Dejó que le acariciara sus finos dedos, proporcionándole el esperado alivio a su friolenta manifestación corpórea. Mis dedos jugaban con los suyos. Parecía una escena tierna y no pude evitar alzar la vista y encontrar sus ojos inyectados en los míos. Entreabrió la boca con una expresión de asombro y mucho recogimiento. Y sin pensarlo dos veces, terminamos por juntar nuestros labios y expresar esa tensión que ya se había germinado cuando nos presentaron por primera vez.

A pesar de todo, sus labios eran cálidos, seguros de lo que estaban haciendo. Sabía besar, eso estaba claro. Poco a poco, nuestros cuerpos fueron aprisionados en un fuerte abrazo de "no me dejes ir", porque justo en ese momento su bus se estacionó esperando que los posibles pasajeros subieran. Sin encontrar una respuesta de parte nuestra, siguió su camino. "¿Y ahora qué hacemos?", preguntó, algo nerviosa por ese ósculo de tres minutos ininterrumpidos. Mi sonrisa lo dijo todo.

A la mañana siguiente, amanecimos en un cuarto de hotel, rendidos por la experiencia más deliciosa y emotiva que hubiéramos experimentado en la primera cita. Fue un logro que no se comparaba con ninguna otra experiencia vivida, tanto para ella como para mí. No creo ser el amante perfecto, pero sé algunos truquitos aprendidos a lo largo del camino, que no pueden ser despreciados en su totalidad. Me he caracterizado por ser una máquina de follar, según los términos del gran Charles Bukowski, pero creo que hice el amor por primera vez. Quizá suene cursi o poco creíble, que a estas alturas del partido, tenga en claro que el sexo sea simplemente un instrumento que exprese nuestros sentimientos de manera placentera. No fue nada loco ni descarrilado. Tomamos el tiempo necesario en reconocer nuestros cuerpos, de sentirnos conectados física y mentalmente, de participar de un encuentro emocional que permitiría abrir más posibilidades de convivencia y entendimiento entre dos seres solitarios.

Sí, pues, me dejé llevar por ese modo tan shakespereano del que tanto reniego. No solamente perdí la oportunidad de abrir mi gélido corazón a una persona, sino que me di cuenta que nada es tan simple en esta vida. Hay motivos suficientes por los cuales sentirme decepcionado de mí mismo y de aquellos que te dan las señales equivocadas. Luego de salir del hotel, luego de volver a nuestros respectivos hogares, no supe más de esta muchacha. El número que alguna vez respondió desde un celular, se encontraba fuera de servicio. Las personas que la conocían dijeron no saber de ella por bastante tiempo. Fue esa misma tarde que descubrí un mundo similar a una caja de Pandora y nosotros los monstruos que escapábamos de ella, impulsados por un extraño conjuro de eternas consecuencias nefastas. Tal vez, sea yo el extraño y no comprenda que este universo fue hecho para personas nada convencionales. Creí ser yo el poco convencional. Pero me equivoqué. Luego de beberme toda la botella de Johnny Walker, sin agua y sin hielo, comprendí que no debo dar demasiado cuando sé que recibiré tan poco.

viernes, 26 de julio de 2013

Caprichos de estación

Ahora que el frío arrecia en estas semanas, salir a dar un paseo por Lima es como abrir el refrigerador en paños menores. No había sentido tanto frío desde hacía mucho tiempo, que abrigarse es la única solución para mitigar la baja temperatura. No hay nada mejor que un reconfortante emoliente o chocolate caliente, café o una buena mazamorra morada. El pisco también es bueno y sacudir el esqueleto y ponerse en forma todavía más. Para una persona sedentaria como yo, que disfruto escribiendo frente al computador o leer una novela recién adquirida, no es fácil soportar el invierno si no tienes quién te haga compañía. Ese nunca ha sido un problema para mí, el problema es de ellas que no soportan mi presencia y traman todo tipo de pretextos con el fin de mantenerme a raya desde una distancia tan marcada como tiene la Luna de la Tierra. Sin embargo, no todo es romance ni pérdidas de tiempo innecesarios, simplemente me dedico a trabajar y a elucubrar nuevas historias que estoy llevando al papel mientras se reinician las clases en la universidad donde laboro como asesor de tesis.

Por las noches, asisto a un curso de diseño gráfico y tengo miles de proyectos en camino, así que mi mente está tan ocupada en eso que, por el momento, la parte afectiva se ha enfriado tanto como el clima que hoy soportamos. ¿Soy frío? Creo que cuando siento que las cosas no andan como deberían, tiendo a distanciarme y me convierten en un cubo de hielo, sin que por ello mis sentimientos no hayan cambiado. Me controlo, pero nada más. Si, lo que sí estoy de acuerdo es que ahora me he desapegado de las emociones, tal vez como un modo de evitar el sufrimiento. Al fin y al cabo, son meras transiciones que podrán ser solucionadas en la medida de lo posible.

Me gusta eso de caminar por las calles húmedas de llovizna recién caída. El vaho que se desprende de la boca se ve tan fascinante como la insípida neblina que se pierde en el horizonte. Los viejos poemas de Vallejo saltan en mi mente y las imágenes de aquellas viejas películas expresionistas de Wiener o Lang son representadas al trote de mis pasos perdidos por una calle nocturna. Ni qué decir de las melodías de la Ópera de los tres centavos, que siempre quise ver en escena, acompañando mi deambular sinuoso y despreocupado.

No hay nada mejor que unas yuquitas recién fritas de la carretilla del parque, del arroz zambito o de leche, del champús o del ponche; o, si se quiere, entrar al Queirolo y pedir una res o un chilcano bien sazonado, acompañado de la musa de turno a la que escuchas quejarse de sus fallidas aventuras virtuales, que ni te molestas en contradecirla y aceptas con buen ánimo su diatriba de que todos los hombres somos "unas reverendísimas mierdas". No importa, porque después de beberse seis de esos brebajes espirituosos, te llenan de besos y aprecian tu compañía en momentos donde más necesitan de un buen amigo. Sí, pues, un amigo. Solo un amigo que se muere por besar esos labios gruesos y deslizar una mano sobre aquellas bien cinceladas piernas, que tu mirada atina a decir "vaya, al menos está conmigo y no con su ex", como si esa simple reflexión fuera un consuelo más que una tortura.

Volver a la calle y saber que estás solo, ayuda a cimentar el carácter. No soy una persona triste, creo que ya lo he dicho en más de una oportunidad, simplemente vivo el día a día y espero que las cosas mejoren a partir de las primeras señales del alba, porque los lamentos se quedan en la cama, viendo la almohada vacía que alguna vez cobijó esa cabellera castaña mientras que al despertar pegaba un grito al verme o, como una vez ocurrió, que mientras le hacía el amor, murmuró el nombre de su ex, bajándome toda la autoestima que había conseguido luego de superar una mala relación del pasado. Esas cosas pasan constantemente por estas fechas ¿Es un ciclo que se repite reiteradas veces o son simples casualidades? Caprichos de estación, como diría mi finado abuelo. ¡Qué hombre tan sabio! Él, que tuvo cuatro mujeres y a todas ellas las engañó como ninguno, que soportó los cuernos de una y la temprana despedida de otra. Pero se mantuvo consecuente con sus ideas, que lo convirtieron en un maestro de la transmutación de fluidos.

Y, bueno, el frío nos envuelve como ya estamos acostumbrados. Un día más donde hay que poner todas las energías por que se realicen los proyectos que tanto quieres y deseas que se hagan realidad. No es tarde para empezar un nuevo ciclo, para bien o para mal, que demuestra de qué estamos hechos y cómo queremos enfrentar al destino y al desprecio de unos y la admiración de otros. El único inconveniente, como toda moraleja, es levantarse de la cama.

miércoles, 17 de julio de 2013

La naturaleza de las cosas

Polvo en el viento

Cuando los muchachos y yo decidimos dedicarnos a las malas artes de componer estrofas para el himno del colegio, allá por los lejanos años 80, nunca supimos a ciencia cierta si eso sería el inicio de una actividad que aun ahora no nos reporta nada de beneficios sino de las burlas escatológicas de los más afamados y sensibles críticos musicales. Debíamos admitir que no éramos nada virtuosos y las letras eran un compendio de estornudos y guiños momentáneos de efusiva manifestación hormonal. Yo, naturalmente, no sabía tocar ningún instrumento, apenas tarareaba o silbaba, y que me mantuvieron detrás de la grabadora y de la difícil tarea de escribir las letras que los demás daban a conocer. De alguna manera, me sentía orgulloso de que pudieran cantarlas en cada festival o kermesse escolar a la que asistíamos con entusiasmo. Sin embargo, nunca ganábamos o no se nos permitía participar en ellas. Éramos incomprendidos o simplemente apestábamos en talento.

Muchos años después, cada quién tomó su rumbo por la vida. Algunos de ellos se dedicaron a la producción musical o a la enseñanza de guitarra en el Museo de Arte. Yo me aboqué al periodismo y de vez en cuando pateo lata porque me robaron la pelota y debo pagársela al club. Cada seis meses -y esto no logro precisar porqué- nos reunimos a recordar todas esas cosas que hicimos cuando fuimos adolescentes. Ya somos cuarentones, pero nos alegra mucho saber que no hemos perdido el sentido del humor pese a nuestras respectivas responsabilidades familiares. Al menos, ellos tienen una familia a la cual mantener; yo solo cuido a mi abuela y al gato de la vecina, la misma que me visita todas las noches por un poquito de maizena. Luego, nos ponemos a cantar todas esas viejas canciones de Los Prisioneros o de los Enanitos Verdes, para luego animarnos con Billy Idol o el Heroes de David Bowie. Pasada la medianoche, más de un iracundo vecino nos arroja zapatos viejos para de una vez cerrar el pico. A pesar de los años, seguimos siendo incomprendidos.

A media voz

Cruzaba una congestionada calle en busca de unos artículos de escritorio que mi hermana solicitó recoger del almacén. A veces tengo la mente en blanco o imagino estar dentro de un universo paralelo donde todo parece salido de una tira cómica, que no escucho a nadie pasarme la voz. Es grata la sorpresa cuando se piensa que ya todos se olvidaron de uno y aparece la persona con la que menos imaginamos encontrar, y el fuerte abrazo que se prodigan es señal de que aún hay cariño en esas dos almas solitarias. Ya Vanessa se había convertido en toda una diseñadora gráfica con vasta experiencia, que sus actividades no pueden estar mejor condimentadas con la cartera de clientes que solicitan sus servicios. Fuimos a tomar un café y a recordar los viejos tiempos, cuando aún éramos amantes ocasionales y nos gustaba ver televisión sobre la cama mientras comíamos helado. Aún conservaba esa sinuosa silueta que me tomó tiempo explorar y sus enormes ojos almendrados eran una delicia dignas de un catálogo de belleza. No nos importó volver a intercambiar fluidos en una habitación de hotel y fuimos presa de la más variadas sensaciones orgásmicas que no creí volverlas a experimentar. La muchacha tenía lo suyo. Era una buena deportista y necesitaba beber Gatorade para seguir montándome.

No había perdido la costumbre de perfumar el dormitorio con sus flatulencias, que las carcajadas eran buen síntoma de que mi tolerancia no había cambiado ni un ápice. Vanessa sabía complacer a su hombre, se desvivía por considerarse la mejor amante del mundo. Y me extrañó que a estas alturas de su vida no haya podido encontrar a una pareja estable con quien compartir sus excentricidades. Dijo no estar preparada. No se consideraba puta, pero su libertad le proporcionaba todo lo que deseaba de la vida, sin complicaciones ni limitaciones que la asfixiaran. Defendía su independencia de cada oportunista que le quería vender el tema de la fidelidad y de la entrega total, que su intuición le permitía alejarse cuanto antes de dichos especímenes. De alguna manera nos parecíamos, por eso nos hicimos amigos, porque compartíamos el instante sin exclusividades ni empalagosas llamadas al día siguiente.

Más tarde, nos despedimos como quien se despide uno con la seguridad de que mañana se volverá a encontrar con el otro, cosa que sabíamos nunca iba a suceder, y que solo el destino se encargaría de juntarnos de la manera más insospechada posible. Cuando la vi alejarse por una calle, envuelta en ese halo de misterio y sensualidad desbordantes, me di cuenta que no había recogido el encargo de mi hermana y me esperaba una reprimenda de padre y señor mío en casa.

La carcajada de Lupita

Mi prima Lupita era una de esas adolescentes pícaras y desatadas que no le importaba hacer el ridículo en cada quinceañero al que asistía. Sabía de sobra que su única consigna era chapar con el primer idiota que se le cruzaba en el camino o quitarle el novio a la antipática de turno. A sus catorce años tenía una colección de "novios" más por hobby que por necesidad emocional. Hasta quiso agarrar conmigo, pero con la familia no se juega. Éramos bien unidos y me contaba todas sus actividades en orden cronológico sin perder ningún detalle. Esta vez creo que se pasó de la raya, porque el último fin de semana hizo de las suyas con la mejor amiga de su amiga. Fue invitada al quinceañero de ésta y todo parecía ir normal hasta que se apareció un jovencito que se jactaba de haber sido el ex de la agazajada, y que ella misma lo había invitado, pese a que ya tenía otro compromiso y se podía decir que eran la pareja perfecta. Mi prima escuchó toda la historia y no tuvo reparo en contarle a su amiga lo que había pasado. La joven le pidió que no dijera nada, era un secreto a voces que ambos aún se veían a escondidas y no quería que hubiera problemas con su actual pareja.

Sí, pues, cuando mi prima le pica algo no lo suelta. La juerga estaba en pleno apogeo y las bebidas espirituosas encubiertas en litros de refresco, hicieron estragos en la mayoría de los mocosos. Lupita no era la excepción. En un apartado de la fiesta, fue y le contó al enamorado de la quinceañera todo lo que debió callar. Esa misma noche, fue partícipe del rompimiento de una de las parejas más queridas del vecindario. Pero no quedó todo ahí. Lupita terminó por emparejarse con el otro muchacho, el ex, y hasta podría jurar que tiraron en el baño, cosa que ella no recuerda exactamente por lo borracha que estaba. El escándalo se desató en aquella casa y la amiga de la quinceañera, su amiga, dejó de llamarse como tal.

Después de todo, dijo, soy una adolescente. "Las personas no toleran nada, son susceptibles de entender que la vida es tan corta, tan pequeña, que no podemos permanecer quietos por un segundo". Sí, por supuesto, le refuté, solo que no hay que perjudicar a terceros ni hacernos los vivos, porque todo da vueltas y te regresa con el doble de fuerza hasta quedar aplastado en el pavimento. La carcajada de mi prima fue una de esas extrañas sensaciones que tocó nervio en mi sensible cuerpo de zancudo, que siento escalofríos al recordarla. Eso conlleva a entender mejor que si no actuamos pronto, si no enderezamos la rama torcida, puede que nunca lo haga y se siga torciendo día tras día, año tras año, hasta perder su belleza y su razón de ser.

lunes, 27 de mayo de 2013

Acércate un poco más

Raquel regresó de viaje y encontró una nota pegada con un imán de alcachofa en el refrigerador. Su novio, el mismo que conocía de toda la vida, decidió dejarla por otra mujer. Su mezquindad rebasaba todos los parámetros existentes. La nota decía: "Te dejo". Ella sabía perfectamente de qué se trataba y no se sorprendió en absoluto, lo único que le molestó fue que se hubiera ido sin antes recoger la ropa de la lavandería. Nuevamente pondría en funcionamiento lo aprendido en las varias terapias que asistió luego de terminar la carrera de dermatología, tras sustentar su tesis Cómo extirpar un lunar sin dejar cicatrices, el mismo que fuera rechazado por su alto contenido patológico, una clara alusión a las maltrechas relaciones de sus padres, ejemplo que jamás deseó para con su vida adulta. Años después, se dedicaría a promover eventos y espectáculos para toda ocasión, desde matrimonios hasta almuerzos de reencuentro. Una veta que supo aprovechar desde el comienzo con pasión y compromiso. Y justamente había organizado una recepción en Arequipa, y que el novio supo aprovechar su ausencia.

Ella era una mujer guapa, dedicada a sus actividades laborales sin dejar de lado su papel de amante y compañera con el único que soportaba sus quejas y migrañas matutinas. Ambos se conocieron desde muy pequeños, hasta podría decirse que compartieron el biberón y la cuna. A medida que fueron creciendo, esa amistad se convirtió en un sentimiento más profundo que los llevó a expresarlo de distintas maneras y dar el SI definitivo. Con veintiocho años encima, ambos creyeron conveniente irse a vivir juntos, unidos por el amor y el compañerismo incondicional. Se pensó en matrimonio, pero se dieron cuenta que no era necesario firmar un papel que les dijera lo que ya sabían hacer muy bien: quererse.

Mientras que César, el afortunado joven emprendedor, demostraba que más podía la tenacidad que el talento, sorprendió a muchos con un nuevo proyecto que le daría dividendos satisfactorios y una cartera de clientes aún más exclusivos que su corbata Armani, made in Gamarra. Y fue en ese momento que se dio cuenta que su vida habría de cambiar con un giro imprevisto, aleccionador y poco sofisticado. El amor que sentía por Raquel no era otra cosa que la confirmación de un estado catatónico de no ser él mismo sino de complacer a los demás. Puso en práctica sus mejores cualidades histriónicas y se ganó varios pleitos solo por guiñarle el ojo a la mujer incorrecta. Mientras Raquel atendía su negocio, César hacía de las suyas con posibles candidatas que le hicieran sudar sin quitarse la camiseta. Y cayó muy hondo hacia una vorágine de inconsistencias y desengaños que hasta el día de hoy no sabe a ciencia cierta si fue lo que quería realmente.

César dejó el hogar que había construido junto con la mujer que lo tenía todo y a la vez nada, porque su vehemencia hacia las cosas más distendidas no eran posibles de asimilar no sin antes tomar dos tazas de café sin parpadear. Se fue con una mujer a probar suerte en la carrera de caballos, y perdió el dinero que correspondía entregar a la junta, creyendo que así obtendría más ganancias para el pozo. Por esa consideración fue catalogado como un imbécil y no hubo una sola persona que no se burlara de él en el baño o en la playa de estacionamiento de la empresa. Hasta escribieron un acta de metas mencionando las desventajas de ser como él, tan arriesgado y nada sensato.

Raquel, por su parte, lo único que lamentó de toda este chiste barato fue tener que empezar de nuevo y releer su tesis. Las historias son siempre las mismas, dijo mientras bebía su café, lo que cambia es el tiempo y el espacio. Pensó qué hubiera hecho Josefina si Napoleón se sometía a ciertos caprichos y no a conquistar realmente las tierras que logró subyugar. Lo mismo pensó de Anna Frank si no hubiese escrito su diario o Pablo Picasso dedicara su esfuerzo en la Guernica. ¿Dónde estarían estar personas si pensaran distinto o ejercieran otra actividad que no fuese la suya. ¿Orson Welles sería presidente de Estados Unidos o George W. Bush formaría parte del elenco de Saturday Night Live? De una cosa sí estaba segura, Raquel no era de esas mujeres que lloran sobre leche derramada. Se la toma sin chistar donde estuviese regada. Estaba convencida que ningún hombre la tomaría de la solapa y haría de ella una mártir. No, era fuerte y entregada a su trabajo. Le importaba un comino vivir a expensas de un ingrato e insensible individuo que no le dio el valor que merecía.

Luego de estas reflexiones, salió a tomar un trago. La noche es aún joven para desperdiciarla por un huevón.

sábado, 18 de mayo de 2013

¿Qué te parece si...?

Muy tarde, los flamencos obtuvieron el beneficio de la duda al pronunciar el discurso de cierre de campaña previo a las elecciones internas de su partido, cuyo actual líder tenía la ventaja de alzarse nuevamente en el cargo, Vladimiro Stanislao Payet, con la posibilidad de postular a la presidencia de la república. Como hombre de prensa, tuve la suerte de ser invitado a una fiesta privada, llena de ensalzados discursos proselitistas, no exento de interminables brindis y bocaditos a granel. El plato principal consistió en pequeños canapés rellenos con pulpa de langosta y unos laminados de algas que cubrían un fino corte de salmón ahumado al curry. Para que no sea tan monótona la velada, varios bailarines ataviados con pintorescos trajes típicos de Estrasburgo, se sometieron a una dura disciplina de versatilidad y dominio de escena. Las bebidas iban y venían y el alcohol ya estaba haciendo estragos entre la concurrencia, que ya habían imitadores de Michael Jackson queriendo agradar al jurado improvisado de cada una de las mesas del salón.

Había una pareja que no dejaba de aplaudir al ballet, queriendo participar de la comitiva que ya se había puesto alrededor de la pista de baile; al otro lado, una mujer trataba de seducir a un jovencito, el hijo de uno de los miembros del partido flamenco, quien luchó hasta el final no caer entre sus garrar y evitar así su aliento de ultratumba. Mientras tanto, era yo quien se terminaba las porciones de canapés, que no tuve reparo en asirme de ellos más unos cuantos que me guardaba en la billetera.

Una joven mujer, de belleza sencilla, considerada como el resurgimiento del Renacimiento, bebía sola en un apartado del gran salón. Me acerqué a ella y empezamos una plática nada empalagosa ni estereotipada. Ni siquiera sabía qué estaba haciendo aquí, de no ser por su padre, aquel otro cabecilla rebelde hoy convertido en congresista. La joven explicaba un sinfín de entuertos hacia el sistema capitalista que, de solo escucharla, se me erizaba la piel, por su franqueza y objetividad, que a muchos nos caería bien de vez en cuando. Salimos a la terraza y contemplamos la luna en su máxima expresión. "En algún lugar alguien debe estar aullando", dijo. Fue el momento propicio para estamparle un beso de aquellos que recordaría por el resto de su vida, no por el hecho de ser el mejor en la historia, sino por lo atrevido y descarnado.

Terminado el jolgorio la joven tuvo que acompañar a su padre; yo seguí devorando lo que quedaba en las bandejas, y que más tarde comprendí mi mala elección porque pasé el fin de semana vomitando un almuerzo de 1987. Mucho mejor me fue con la joven, que averiguó mi número telefónico y decidimos salir a tomar un café. El café fue pretexto para conocer a fondo sus verdaderas intenciones. No se trataba de sexo, para mi mala suerte, sino que deseaba que formara parte de la campaña presidencial del líder flamenco. Se había tomado la molestia de rebuscar entre mis archivos personales si realmente era el indicado en asumir el puesto de asesor y responsable del servicio de informaciones del partido.

La joven me presentó a la crema y nata flamenca, toda ella pasaba los setenta años y aún mantenía el vigor de una juventud airosa e inconformista. Su padre, un tipo corpulento para su edad, me apretó la mano tan fuerte que aún no puedo amarrarme las agujetas sin antes chillar como una morsa en celo. El líder, un hombre de cabello cano y porte distinguido, me recordaba mucho a Jeremy Irons. Su voz engominada de caballero inglés no era otra cosa que la cereza sobre el pastel, una táctica muy empleada para conquistar adeptos a su causa. Sin embargo, esas cosas no surten efecto conmigo. La naturaleza me había proporcionado la suficiente desconfianza para tomar las cosas con cautela y no impresionarme con refinadas maneras que lo hacía ver todo muy artificial. "¿Un canapé?" Preguntó. "No, gracias", contesté.

La conversación se derivó a recetas de cocina y a justificar sus acciones militares en los años 60, cosa que me pareció no venir al caso porque yo nací una década después. Payet, al menos, tenía sentido del humor y rió a mandíbula batiente por mi réplica, cosa que no fue bien vista por el resto de su séquito. Siempre trato de bajar los ánimos ceremoniosos de quienes me rodean, por tal razón a veces no me toman en serio; aun así, me vale madres y no estoy dispuesto a compartir las mismas ideas socialistas y trasnochadas de unos vejetes acomodados gracias a su hipócrita visión del mundo globalizado. Pasamos luego a las verdaderas intenciones que habían hecho de mi presencia un acto importante en su recargada agenda empresarial. La estrategia que debería utilizar para la campaña presidencial. Yo había escrito un ensayo sobre política partidaria y su función en la decisión del pueblo antes de votar. Todo un discurso panfletario que muchos críticos osaron lapidar con una rotunda censura en los quioscos donde se vendía. Al menos, con las regalías pude recuperar la inversión que me costó su publicación.

En fin, me estoy desviando del tema. Payet creyó conveniente emplear todo mi armamento de difusión y propaganda con el fin de colocarse entre los primeros lugares de aceptación popular, demostrando científicamente que la estrategia del caracol era la mejor opción para ganar las elecciones. Con paciencia, cálculo y mucho puño en cuanto al mensaje utilizado, podría hacer una buena campaña y llegar a las urnas con el mayor porcentaje de los votos y alzarse como el nuevo presidente de la república. Con el visto bueno de los presentes, una vez más estaba constituyendo una empresa productiva y de largo aliento. "¿En serio no quiere un canapé?", sugirió Payet. Mi respuesta fue como siempre, un rotundo no.

Al finalizar la noche, la joven me acompañó hasta mi casa en su auto. Nos besamos e hicimos el amor cinco veces y una vez más para confirmar si todo eso no fue un sueño. Afortunadamente, mis días de esclavo capitalista dieron sus frutos y pude vivir una temporada con un salario enriquecedor que me proporcionaba el partido. Sin embargo, terminados los comicios, la joven dijo que lo nuestro no daba más. Claro, luego de que Payet ganara las elecciones, ni siquiera mi esfuerzo fue retribuido con un ministerio o al menos un cargo cercano al gobierno. Así son las cosas, pensé. Creo que debí aceptar ese canapé. Ahí estaba el secreto de mi frustrado ascenso al poder.

sábado, 11 de mayo de 2013

Noche de estreno

Los muchachos y yo decidimos ir al estreno de la última película de William T. McKey, uno de los astros más importantes de nuestra juventud que había vuelto a la pantalla grande después de veinte años, en la que demostró ser el macho más macho del planeta. Con una sola bala mataba a cuarenta delincuentes, soldados vietnamitas o espías rusos. Tenía esa seguridad y temple como nunca habíamos visto en un actor de género, que a todos nos convencía que el cine de acción tenía un solo nombre: William T. McKey. Cuando estábamos aún en el colegio, corríamos al cine de barrio para verlo masacrar a todo un país que no fuera amistoso con los intereses del gobierno de Reagan, que luego fue perdiendo vigencia por todo esto de la Perestroyka y la caída del muro de Berlín. Ahí estábamos nosotros vitoreando a nuestro héroe, saliendo de una y mil dificultades para luego quedarse con la chica de turno y devolvernos la fe de que aún existían hombres que nos aseguraban la paz mundial sin entender un ápice de política ni asuntos internacionales.

No nos importaba que la película fuera barata, que los efectos especiales fueran tan rudimentarios que se notaban las cuerdas transparentes que sostenían a Tom Ryan, el mítico personaje que McKey interpretó en una docena de títulos, cuando salía por una ventana llevándose la fórmula secreta de un dictador caribeño que destruiría los intereses de los países libres. Tampoco nos importaba que las explosiones se vieran como luces de bengala o la sangre tuviera un color a témpera. Lo que nos apasionaba era cómo el cine de aquel entonces nos transportaba a una realidad tan distinta a la nuestra, sin problemas, sin tener que comer todos los días jurel o pejerrey gracias a las medidas económicas del primer gobierno de Alan García, o que nuestras calificaciones escolares no fueran tan buenas como las acciones bélicas de McKey.

Y, bueno, tenerlo de vuelta en el papel que lo encumbró, era todo un acontecimiento. Había vuelto uno de los grandes, y qué mejor que verlo enfundarse en su viejo uniforme de ranger y la enorme cicatriz en el pecho que lo dibujaba como todo un hueso duro de roer. Ahora que la tecnología estaba al servicio del cine, que las tendencias habían cambiado, que nuevos rostros invadían las carteleras mundiales, ¿tendría el mismo impacto que tuvo en los años ochenta? Con más entrenamiento cinematográfico, con otra visión de las cosas, con otro pensamiento más acorde a nuestros tiempos, el viejo soldado tenía una misión peor que la de sus días de gloria: convencer a esta nueva generación que aún no estaba acabado y que podía dar más de lo que sus detractores suponían. Sin embargo, la nostalgia nos invadía, no nos preocupaba que la película fuera tan mala como sus predecesoras, era el concepto que lo definía como el último héroe americano.

La fila era inmensa. El cine estaba repleto de tíos cuarentones acompañados en algunos casos por sus hijos, impacientes por que se diera acceso a la sala. Nunca antes había visto tal recepción por una película, sin contar el relanzamiento de Star Wars Edición Especial o el estreno de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Era lo que se definiría el lanzamiento más esperado en décadas. El mar de gente que se agolpaba en las boleterías era interminable. La función de las 7.00 pm estaba prácticamente vendida, y quedaban dos funciones más por el resto de la noche. Los muchachos y yo, mientras tanto, recordábamos algunas escenas memorables que no podíamos evitar la risa. Y pensar que eso era arte para nosotros y que nadie igualaría su prepotencia y machista visión del mundo, que no había otro igual que rompiera los esquemas del buen gusto y el recato. Una escena que recordamos fue aquella donde Tom Ryan corteja a una prostituta tailandesa en un bar de mala muerte, y ésta le muerde los genitales porque el tipo era rudo y le jalaba de los cabellos como si se tratara de cualquier cosa inservible. Lo mismo podía escucharse al otro lado de la fila, cada quien tenía una escena favorita, el jolgorio era desopilante y abrumador, y no había manera de frenar toda esa incandescencia humana que se había gestado en el recinto.

Una de las cosas que nos preocupaba era la edad de McKey, que bordeaba los sesenta. Por el afiche, su musculatura era fofa y la cabellera plateada no disimulaba el peluquín estilo Steven Seagal. Los años habían pagado factura para este hombre que repentinamente la fama lo envolvió en una serie de peripecias dignas de ser contadas en The E! True Hollywood Story, repletas de excesos y malas decisiones antes de firmar un contrato millonario. Según cuentan las crónicas, McKey era muy aficionado a la bebida y a la vida disipada, que muchos productores le cerraron las puertas por su carácter irascible y egocéntrico. Ni siquiera Tarantino tuvo suerte de recuperarlo en un negocio que vive de las taquillas y del establishment hollywoodense. Y de repente, nos encontramos con este hombre que no le tiene miedo al ridículo y vuelve a restregarnos en la cara que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Lo que para muchos críticos este regreso no sería otra cosa que un refrito de sus viejas películas de matiné, McKey se encargaría de taparles la boca con una auténtica obra maestra del trash movie convencional.

Las risas y el sarcasmo terminaron durante las dos horas de proyección de Olvidados del tiempo, traducción literal de The Forgotten Time y no la payasada que los distribuidores retitularon como Tiempo de matar, la primera película escrita, producida y dirigida por William T. McKey. Verdaderamente, era la primera vez que veíamos tanta sangre y mutilaciones que en el desalojo de La Parada, que el silencio era espeluznante. La realidad superaba a la ficción con enormes juegos de cámara y una edición visceral que no se detenía a medida que avanzaba el metraje de la cinta. McKey estuvo mejor que nunca en su reciclado papel del sargento Tom Ryan, que el corazón se me salía del pecho. Ya no era más un héroe pétreo, era un hombre que le dio un giro inesperado al género; la redención y el perdón iban de la mano como no se había visto en él. Hasta tuvo el coraje de llorar frente a cámaras por la muerte de uno de sus compinches. Improbable en otras películas. Era una verdadera joya que conmovió al más curtido de los espectadores.

Al encenderse las luces, las miradas atónitas por lo que acababan de ver era una clara señal de que la película había cumplido con su cometido. Lo que no se supo hasta el momento es que si habría otra aventura de Tom Ryan. Lo más probable es que McKey nos sorprendería con otra incursión bélica, y ya estábamos advertidos. Los muchachos y yo volvimos a casa con un sabor amargo en la boca. No sabíamos a ciencia cierta qué había pasado. ¿Era una película o el retrato de un actor venido a menos que quiere decirnos algo? Dentro de mí pude intuir que se trataba del testimonio de sus propios demonios exteriorizados, con valentía y honestidad. Era también un tributo a sus años de gloria en el firmamento estelar, de la manera más cruel y descarnada, que hicieron comprender que la humanidad necesita de héroes como Tom Ryan, que nos ayude a comprender mejor qué clase de mundo es este... un mundo que dejó de existir hace mucho tiempo atrás.

domingo, 5 de mayo de 2013

La redención del solitario

He visto infinidad de personas a lo largo de mi vida. He visto rostros, expresiones, sentimientos y dificultades; dudas y contradicciones. Una vez alguien dijo que nada es imposible si tenemos la suficiente convicción de seguir nuestros ideales, pese a los sacrificios que debamos dejar en el camino. Sí, sacrificios. Haber tenido la oportunidad de cambiar el rumbo de las cosas, de mantener a flote una alternativa de felicidad o de demostrar de lo que somos capaces dentro de un empleo respetable, no ha sido una conclusión merecedora de un final feliz o, al menos, prometedor. La evolución de la humanidad nos ha permitido saber más acerca de los cambios existenciales, de las obligaciones y facultades que podamos llevar a cabo por un mejor mañana. ¿Existió alguna vez un mejor mañana? Solo para aquellos que supieron aprovechar en su momento las opciones de las que tanto se hablaba un domingo luego de la tercera campanada de la iglesia del barrio.

Los momentos divertidos quedaron atrás. Las angustias por seguir avanzando en un mundo agigantado por la tecnología, ha perdido ese brillo recíproco por seres sin alma, sin sangre, tan solo encerrados en un circuito aislado de cables y pantallas led. La comunicación se hace más inmediata, pero fría. A nadie le importa lo que pueda sentir la otra persona, simplemente quiere saber más sobre las novedades que circundan su entorno, preocupados tan solo si le darán el trabajo o no, o simplemente esperar que las cosas cambien por obra y gracia del tiempo y de la paciencia que se pueda tener para comprender que jamás tendrás lo que deseas.

La vida se mueve con solo mover un botón. De eso se aprovechan algunos pocos para ocasionar el caos y la desesperación. La violencia se torna cada vez más agresiva y estamos yendo al desfiladero de la desconfianza. Y a nadie parece importarle. Quizá ahora he comprendido que debemos cambiar esas cosas que nos producen desconcierto, que nos enervan, que nos aplastan. La salud mental es pandémica. Las malas semillas se mueven entre la oscuridad y el alba, protegidas por ciertas fuerzas desconocidas e imperturbables. Ahora son ellos los dueños de las calles. Y parece que nadie quiere ensuciarse las manos acallando ese corrosivo hedor que inunda a la sociedad. Parece mentira que un simple ciudadano se tome la molestia de cuestionar el actual estado de cosas, que dentro de su sistema nervioso se cuezan una serie de filamentos y conjeturas que puedan aliviar su alma y encontrar esa paz que tanto anhela.

Reconozco que a nadie le importa quién sea yo. Desde que nací ni siquiera mi familia ha querido comprender mi naturaleza distante, reflexiva y toscamente desenfadada. Ajeno al vaivén cotidiano, creaba mi propio mundo, aislado del resto, cómplice de mis propios demonios que poco a poco me convirtieron en un ser amoral y con deseos asquerosos de meterle un nabo por el culo al más espantoso ser que pudiera existir en la tierra. Y fui creciendo con esa idea, sostenida por el rencor y la falta de oportunidades que sellaron definitivamente mi destino.

En el fondo no era malo. Al contrario, buscaba el beneplácito de la atención por ser quién era y no lo que querían los demás que fuera. Me tragué muchos insultos y desplantes, humillaciones y vergüenzas solo por quedar como un perfecto don nadie de quien todos subestimaban. Y qué bueno que lo hayan hecho, porque así me convertí en un perfecto desconocido, sin rostro ni antecedentes que hicieran vulnerable la forma de vida que opté en favor de esos mismos que callaban mis ideas o fomentaban un complot por mantenerme fuera del círculo predilecto de una sociedad cada vez más oblonga y pusilánime. Debo suponer que mi carácter insensible, frío e irascible, no era otra cosa que el resultado de una vida determinada por las circunstancias y no por el factor del que muchos suponen como un cuadro psicológico de psicópata narcisista que busca la atención del común denominador. Simplemente, tenía ganas de limpiar lo que otros no podían hacer, valiéndome de esta falta de sentimientos, esta falta de cariño y respeto por la autoridad y lo que representaba. Y, sin embargo, nadie se daba cuenta que era yo, porque no daba con la talla, porque mi apariencia no era como la que ellos describían en las crónicas policiales: "intrépido, arriesgado, corazón de hielo y salvaje sangre fría". Todo un cliclé. Y me gustaba.

Hablé de los sacrificios. No siempre fueron así. Quise tener todo y a la vez nada. Mujeres no faltaron, pero nunca encontré el amor de ellas; no me consideraban digno de tenerme como pareja. Si no eran un amigo, el que todo lo escucha y aconseja, el que deja que su mejor amigo se la quite o que sirva de consuelo mientras ella encuentra al amor de su vida, parecía entender que mi destino estaba ya cimentado por esa característica que combinaba perfectamente, las de ser callado, aleccionador y propagador de buenos consejos que podrían ser tomados en consideración por alguna fémina sufrida de amor por otro que le quitó la esencia de vivir, pero que nunca olvidaría por ser el primero que le quitó el miedo del riesgo de ser independiente. A mí me valía madres, porque esa ecuación no estaba dentro de mi problema inmediato. Experimentar era una prueba que supe sacar partido, aprovechando las circunstancias y los deslices de quienes no siempre te veían como un aliado, sino como una oportuna pausa en su agitada agenda laboral. ¿Me siento desengañado? ¿Utilizado? ¿Decepcionado? Ni siquiera sé lo que es eso. Descarté toda posibilidad de interactuar, de vivir el presente, de rodearme de gente que sí me quería, que deseaba ayudarme, que se preocupaba por que me vaya bien. Y los dejé a un lado. Preferí desecharlos por mantener incorruptible mis emociones. Quizá también dejé pasar la oportunidad de querer a alguien verdaderamente. Pero no sería justo para esa persona. Las cosas que me había propuesto hacer, debía hacerlas con el desconocimiento de las partes colaterales, de las que siempre sufren la peor de las partes.

Ahora entiendo todo cuando no queda mucho tiempo y las fuerzas te abandonan. Di todo de mí por cambiar esas cosas que tanto me desagradaban. Alguien tenía que hacerlo, lo repito. Me ensucié las manos sin remordimiento, sino con la esperanza de que otros pudiesen vivir tranquilos, de caminar libremente sin el temor de ser agredidos. He recibido muchos golpes, que uno más no importa, pese al costo total de mi propia existencia. Siento que he hecho algo decente a pesar de lo que pueda se considerado por otros como una consecuencia agresiva y de nunca acabar, una espiral o bola de nieve que va creciendo a medida que avanza por el escarpado camino hacia un final sin sombras ni lamentos. El dolor es intenso y las pocas energías van consumiéndome. Adiós pueblo que nunca lo fuiste; cavalgamos juntos sin detenernos siquiera para compartir una copa o un plato de comida. Adiós, gracias, por las pocas sonrisas que me provocaste en esas largas caminatas que pudimos seguir teniendo bajo las estrellas.

lunes, 25 de marzo de 2013

Una noche de copas

Hacía tiempo que no compartía la mesa con unos amigos a los que no había visto juntos desde que decidieron separarse y cada uno tomar su propio sendero. Su relación fue una de esas tormentosas experiencias que jugaba a doble cachete, soportando la infidelidad de uno y la neurosis de la otra. ¡Quién hubiera imaginado que llegarían a convertirse en la versión local de La guerra de los Roses!, aunque alcanzando niveles fuera de esta galaxia. Y como en toda relación, al principio era una constelación de besos y caricias y juramentos eternos, que terminaron en una serie de conflictos sado-masoquistas con consecuencias funestas que derivaron en arrastrar a sus respectivas familias. El peor error que pudieron hacer fue vivir en casa de la madre del novio, una mujer que no tenía pelos en la lengua y que jamás aceptó la relación de su hijo con esa "mujer de bajo nivel", no por lo pequeña sino por el carácter arrabalero como se manejaba entre los círculos sociales que ostentaba concurrir.

Un miércoles por la noche tuve el agrado de recibir la llamada de Sandra. Se había reencontrado con Johnny en buenos términos. Él deseaba que le devolviera la cafetera y un par de calzoncillos sin usar que dejó en la cómoda del dormitorio. Dijo que una cosa llevó a la otra. El clic hizo posible que las mariposas volaran a su alrededor y una serie de fuegos artificiales sucumbieran en el cielo del ensueño, dejando claro que aún había posibilidades de reconciliación. No podían esperar el momento de anunciarlo a sus amistades más cercas que se volvió el acontecimiento del mes. El sábado prepararían una reunión íntima en casa de la madre. Creí que cometían un error sabiendo los antecedentes que llevaron a la fragmentación de su relación. Por ese entonces, no había un día que la madre se entrometiera en las decisiones que ellos tomaban como pareja. La mujer era una enciclopedia de consejos y recetas milenarias que llegaron a hartar a la muchacha, y a Johnny naturalmente, cuyas peleas frecuentes y desquiciantes, lo sumergían en una vorágine de alcohol y sexo lejos del escrutinio público, que hacían más intolerante la convivencia entre esos tres seres que vivían dentro de una telenovela de la vida real.

Como bien dijo Sandra, al parecer las rencillas entre ambas mujeres había pasado y tomaron una actitud más razonable que las llevó a convivir como gente civilizada, aceptando con agrado que la reunión se hiciera en su casa. Y por si fuera poco, sería ella misma quien prepararía una cena especial de buena voluntad. Con tal que no tuviera cianuro, la cosa podría no ir tan mal esa noche. Asimismo, Sandra aprovechó la oportunidad de presentarme a una amiga suya, sabiendo que yo permanecía soltero luego de una larga separación, que acepté entre la duda y el temor, ya que no tenía referencias de su persona ni me sentía listo retomar una relación de este tipo.

El sábado llegamos temprano. La casa no había cambiado mucho a como la dejé la última vez que estuve ahí, luego de los bochornosos incidentes que protagonizaron los susodichos tortolitos. La madre era una mujer menuda de mediana edad, que llevaba dibujados en el rostro los golpes de la vida. La mirada de comadreja detrás de esas gafas de latón, era intimidante; y aún conservaba esa voz chillona y exaltada, que repelía de tan solo escucharla reír. Imaginaba que con esa misma voz increpaba todos los días a Sandra sobre su mal comportamiento como mujer de su hijo; aquellas peleas de las que tanto recordaba gracias al valor que le otorgaba el licor en una noche de copas, acompañada de su amiga, la que escuchaba solemnemente y trataba de aconsejar en tomar buenas decisiones.

Mientras esperábamos a que llegara, preparamos unos piqueos antes del almuerzo y empezamos la ronda cervecera. Johnny ya estaba bajo los estragos de la bebida y empezó con sus alegatos al sistema y cómo El caballero de la noche asciende marcó un antes y un después en la concepción que tenía de la sociedad. Como bien dijo: "No necesito de una máscara para sentirme solo", que poco a poco Sandra iba perdiendo la paciencia, pateándolo por debajo de la mesa. La madre, como siempre, no dejó de lado sus épocas de oro frente a su ex nuera que no le faltaron motivos para hincarle con indirectas muy directas. El ambiente cambió un poco con la llegada de Leslie, quien parecía conocerme de toda la vida. Supuse que su amiga había hecho su trabajo de relacionista pública y contarle mi vida antes de llevarse una decepción abrumadora. Mis temores no tenían fundamento y le caí bien desde el primer momento que intercambiamos saludos.

Admito que me sentí intimidado al principio, que con el paso de las horas ya habíamos roto el hielo y congeniamos a la perfección. Hice gala de mis proezas culinarias con el preparado de unos tequeños de pollo que fueron devorados enseguida. Preparé pisco sour y un cóctel con jarabe de granadina que pusieron la nota festiva a la noche. Mientras tanto, Johnny no tenía motivos seguir viviendo dentro de esta realidad. Las latas de cerveza desfilaban frente a sus ojos cada vez más deprisa, que se agotaron pasada la medianoche. Una vez más hizo gala de su verborrea y no dejó de encontrar la oportunidad de improvisar su mejor repertorio de "hombre interesante". Afortunadamente, Leslie lo conocía muy bien y sabía de qué pie cojeaba, que sus alusiones sexuales se las tomaba muy a la ligera. Cuando la madre abrió la boca, pensé que la reunión había llegado a su fin. No había un momento donde sus comentarios fuera de lugar inundaban mi mente de interrogantes, que me ponían en la disyuntiva de irme o quedarme. La mujer trataba de ser divertida, es un mérito viniendo de alguien que vive dentro de una constante amargura de tiempos pasados, que no desea olvidar. Tampoco éramos unos conversadores ilustres que iluminábamos la ignorancia con nuestro saber, pero la madre era un caso vergonzoso de querer calzar con otros temas ajenos a su dominio. De no haber sido por Leslie, quien trataba de que mantuviera la calma, creo que la historia sería otra.

Pero una cosa curiosa ocurrió. Con Leslie, la señora optó por un trato más sostenido, pertinente, amistoso, que sorprendió a propios y a extraños. Cuando se hizo muy tarde, porque no pensaban quedarse tanto tiempo, la madre de Johnny le dijo que podía quedarse. ¡Hasta ella misma le preparó la cama! A Sandra, por supuesto, eso le golpeó en el orgullo. Desde que frecuentaba la casa, nunca recibió un trato similar; al contrario, era expectorada de inmediato y podía escucharla desde el otro lado de la habitación decirle a su hijo que no deseaba que pasara la noche aquí. Bueno, no hay una fórmula que explique el comportamiento que pueda tener una madre con su nuera, mucho menos tener afecto por una persona ajena al círculo habitual. Leslie, naturalmente, tenía encanto y sabía ganarse la confianza de cualquiera. No estaba en sus planes recibir tantas atenciones, sabiendo cómo era el carácter de la madre, que sintió vergüenza al no impedir que fuera de esa manera cómo estaban transcurriendo los hechos.

Ya Sandra había perdido el conocimiento de tanto beber ese cóctel, solo para acallar la indignación que sacudía su rechoncha figura. Al principio, Johnny trataba de que guardara las formas, hasta que comprendió que no debía aumentar más el fuego con los disfuersos de una mujer alcoholizada que al despertar podría perder los papeles. Leslie y yo solo nos mirábamos sin saber qué hacer. "Somos los únicos cuerdos aquí", dijo. ¡Qué no hubiera dado por que la madre se fuera a dormir! Quería conocer más a esta muchacha, hablar con ella y pasarla bien. No se me dio esa oportunidad. La madre acaparaba la conversación que llegué a convertirme en un convidado de piedra. Leslie me preguntó: "¿Estás bien?" No supe qué responder.

De una cosa estaba seguro. La madre no se movería de ahí hasta que todos nos fuéramos a dormir. Quizá no quería que termináramos en una orgía sobre la mesa del comedor o le rompiéramos las patas al sillón. Esas cosas eran típicas de una madre chapada a la antigua, que veía con desagrado los afectos carnales que se prodigaban los demás. Me resultaba jocoso, así que lo pasé por alto. Ya todo estaba distribuido según sus parámetros: Leslie y Sandra dormirían en el dormitorio de Johnny, mientras que éste y yo nos acomodaríamos en la sala; pero cuando vi que sacaba otro pack de cerveza, supe que deseaba continuar la jarana conmigo. Lo único que me quedó por hacer era irme de aquella casa, no sin antes recibir las críticas respectivas. Fue suficiente información en una sola noche. Lástima por Leslie, empezaba a gustarme. Pensé que conseguiría su número telefónico más adelante, cosa que me tranquilizó enormemente. Esa historia tendría un capítulo aparte. Creo que me lo merecía.

viernes, 15 de marzo de 2013

La revocatoria va al cine

Anticipándonos al estreno mundial del 17 de marzo, la cartelera local nos trae una variada programación cinematográfica de obras excepcionales, aclamadas por la crítica; algunas de ellas galardonadas en los más prestigiosos certámenes internacionales, que deleitarán al público por su calidad interpretativa y visual. El tema de la revocatoria ha sido expuesto de manera brillante, tiene los elementos necesarios que atraparán al espectador de principio a fin. Los protagonistas, cotizados astros que durante las últimas semanas han promocionado sus respectivos filmes, han utilizado las redes sociales como medio de difusión que hacen de esta una experiencia inolvidable. Algunos de ellos han sido nominados en sus respectivas categorías, como Patricia Juárez, a Mejor Actriz de Reparto, y Luis Tudela, a Mejor Guión Original.

A continuación, las películas que deberías ver esta semana:

No. La historia de un país polarizado al decidir en las ánforas el destino de una ciudad.

Mañana te cuento. Comedia de enredos que nos narra los acontecimientos que suceden al día siguiente de la consulta popular.

Bastardos sin gloria. Un grupo de comandos encabezado por el sargento Marcoturbio Raine, empecinado en derrocar a una alcaldesa incapaz de gobernar una ciudad al borde del caos.

Los miserables. Versión musical de Bastardos sin gloria, con el mismo reparto.

La amante del teniente francés. Drama épico inspirado en las cartas que la duquesa de Villareis escribió al teniente Guterraix durante la guerra franco rusa. La dama de sociedad vive una difícil decisión, que cuando dice NO es porque al final dice que SÍ.

D'Lucho desencadenado. Como dice el personaje: "La D es muda", tiene la tarea de encontrar el amor que le fue arrebatado: su sillón municipal.

Los hermanos caradura. Estos tipos son de lo peor. Vidal y Gutiérrez se juntan en esta trepidante aventura contra reloj y ponen de vuelta y media a toda una ciudad, mientras las encuestas los favorezcan; de lo contrario, armarán una serie de leguleyadas con el fin de desprestigiar a sus adversarios.

La palabra del mudo. Versión cinematográfica de la aclamada obra de Julio Ramón Ribeyro. Luna Gálvez, su director, afirma que se trata de una pre-cuela que explica el origen de la pérdida de voz del protagonista.

La gran estafa. Danny "Marcoturbio" Ocean vuelve a la carga junto a su variopinta banda de estafadores, quienes esta vez tratan de desfalcar al Casino Metropolitano. Con el cuento de la revocatoria, pretenden que se les pague por los servicios prestados como indemnización al tiempo empleado en huevear al electorado.

El mago del No. Susanita llega al mundo maravilloso del No, donde deberá encontrar al mago del título a que la ayude a defender su casa de las garras de unos siniestros seres de la oscuridad. Ayudada con un fiel Hombre de lata Zegarra, Espantapájaros Secada y el león cobarde García Guerra, atraviesan el camino amarillo de Circunvalación, sorteando una serie de imprevistos.

Los 39 escalones. Remake de Los 39 escalones, de Alfred Hitchcock. Los escalones a los que se hace referencia son un grupo de regidores que luchan desesperadamente por conservar sus puestos en la alcaldía de Lima, demostrando una buena gestión hasta el momento.

¿Y dónde están los revocadores? Delirante comedia de humor negro escenificada en un debate televisado, que pretende sustentar la permanencia o no de la actual gestión municipal. El chiste consiste en que los revocadores brillan por su ausencia. Miguel Saldaña, quien personifica al hombre invisible, es elogiado por su magistral interpretación.

Blanca Nieves y el revocador. Marisa Glave, la bella del cuento, se enfrenta a la reina bruja de Juárez, la que envía con engaños al bosque y solicita a un revocador que le entregue su corazón como prueba de su despiadada misión. Sin embargo, el tipo se apiada de la muchacha, que en lugar de decir No, quiso decir SI, y la dejó huir.

Todos los hombres del exalcalde. Thriller político sobre los negociados bajo la sombra de un hombre que quiere volver al poder, ayudado por un grupo de aduladores que también quiere su tajada. La mejor escena de la película es aquella en que se escucha un audio explicando cómo mueve los hilos de la revocatoria.  

domingo, 10 de marzo de 2013

Disculpa, ¿te conozco de algún lado?

Pepe era un picaflor empedernido. Enamoraba a cuanta mujer se le cruzaba en el camino, cayendo rendida a sus pies de inmediato. Su verborrea, su facilidad de encandilar, le proporcionaba degustar de las más exquisitas vertientes de la feminidad actual. Y nunca perdía la costumbre de verse rodeado de chicas guapas y que muchos de nosotros nos sentíamos tan abrumados de contar todos los días una pareja diferente, mejor dotada que la anterior. Y no descartaba a nadie: altas, bajas, delgadas, gordas, negras, blancas, chinas, cholas. Estas últimas le volvían loco. Sus preferidas eran las cholas power, aquellas de cuerpo espectacular pero con rostro matado, que sin importar su apariencia las domesticaba con las luces apagadas o con una almohada encima. Era la envidia del barrio y el terror de las amas de casa. Cierto día, en medio de un refrescante intercambio de cervezas en el bar de la esquina, le preguntamos cuál era su secreto. Pepe, como era obvio, no quiso discutir el asunto y se limitó a beber tranquilamente de su vaso. Ante la insistencia de quienes le hacíamos el coro, no tuvo más remedio que divulgar su método, uno que nunca falla y que ha hecho de él todo un personaje.

Una de las cosas que deberíamos tomar en cuenta -nos dijo- es tener fe en uno mismo si queremos ganar la confianza de la fémina. Por ejemplo, cuenta cómo le fue con una impulsadora de supermercado. La chica tenía lo suyo: alta, bien proporcionada, de hermoso cabello castaño y un rostro digno de ser enmarcado en un póster de cosméticos. Llevaba un uniforme amarillo, muy ceñido al cuerpo, en representación de una conocida marca de cerveza. Apenas la vio se dijo que ella sería su próxima conquista. Empezó a pasear entre los estantes, como quien busca algo que comprar. Y cada vez que se la cruzaba, la miraba con interés; pero seguía de largo hasta volver a ella y preguntar: "Disculpa, ¿nos conocemos de algún lado?". La muchacha, por supuesto, sorprendida, solo atinaba a decir que no, dudando si realmente era un conocido o no. Así empezaba la cosa, y poco a poco le sonsacaba más información de lo que ella podía dar. Claro que, no funcionaba con cualquiera. Pepe sabía a quién hacerle ese mismo juego. Esta vez, la muchacha se convenció de que quizá lo haya visto en otro supermercado, porque regularmente iban rotando de local en local. Ese era el quid del asunto del porqué le costaba tanto recordar su cara. Terminaron saliendo y la historia sería recordada como una más de las tantas aventurillas pecaminosas de nuestro gran amigo Pepe. Esa noche, decidimos poner en funcionamiento esa táctica y una semana después volver a exponer los resultados.

Pasada la semana, el pacto se hizo realidad. Nos encontrábamos alrededor de una mesa en el mismo bar de la esquina. Pepe encabezaba la escolta y cada uno dio su versión de los hechos. Los dos primeros que se animaron a revelar cómo les había ido, salieron mal parados, porque la táctica no les resultó como quisieron. El error fue que se encontraban demasiado ansiosos y eso, amigos míos, era tan evidente para una mujer que las obliga apartarse de inmediato. El tercero de los involucrados no le fue tan mal, pero perdió la posibilidad de pedirle el número telefónico porque el novio vino a aguarles la fiesta. Parecía que la muchacha estaba dispuesta a convencerse que se habían conocido en alguna discoteca. Mala suerte, dijo Pepe.

"¿Y tú?", preguntó. Hice lo más adecuado en estos casos. Fui a un supermercado y le eché el ojo a una impulsadora de galletas. Llevaba una bandeja con una variedad de productos a escoger. Empecé a comer pedacitos de cada una mientras iba soltando algunas frases ingeniosas sobre el sabor y la tradición que las galletas tenían en mi vida. A la chica le caí bien enseguida porque dejó de lado sus responsabilidades y desatender a los demás clientes que querían probar un bocadito. Y suelo de huesos solté lo que todos estaban esperando: "No sé porqué, pero me pareces conocida. ¿No te conozco de algún lado?". ¡Eureka! Salí ganando porque vive a cuatro calles de mi casa y, barajándola -porque nunca la he visto en mi vida-, habremos tropezado un domingo en el mercado. Quedamos en vernos el martes y ver qué estaba a nuestra disposición.

Entre aplausos de los presentes, les interrumpí porque la cosa no terminaba allí. Llegó el martes a las 7.30 pm., hora del encuentro, y nunca apareció. Desilusionado, llamé a su celular y dijo avergonzada que se había olvidado. Temprano debía ir a su empresa y reportar las ventas que logró durante el fin de semana. Estaba tan cansada cuando regresó, que se metió a la cama de inmediato. Entonces, haciéndome el ofendido, traté de que se sintiera un poco mal por el desaire. Fue ella quien sugirió compensar la falta saliendo al día siguiente y encontrarnos a la misma hora. Acepté, dudando si esta vez sería factible concretar la tan ansiada cita. Me prometió que estaría ahí en punto.

A la noche siguiente, mi preocupación se hizo evidente pasada las 7.30 pm. Mi nueva amiga no aparecía. Otra vez me la hizo, pensé. Quince minutos después, la veo llegar, apuradita e incómoda por el retraso. Nos dimos un beso en los labios, cosa que me sorprendió e intenté disimular. Vaya, pensé, esta quiere ir más allá de una buena vez. Pidió disculpas por el atraso y me explicó que su hermano quería acompañarla aprovechando que también iba a encontrarse con unos amigos. Su negación le costó la serie de interrogantes que el resto de la familia trató de desentrañar. Esta vez ganó la pelea y salió a mi encuentro.

Caminamos, hablamos de nuestros respectivos oficios y proyecciones a futuro. Sin previo aviso, como si alguna fuerza del destino nos lo hubiera puesto al frente, estábamos en un bar bebiendo cerveza. La cosa fue tan espontánea que las jarras aumentaban sobre la mesa sin ningún atisbo de protesta por parte suya. Al menos, yo sé mantener mi nivel de alcohol, pero a ella pareciera que tomaba agua porque estaba tan lúcida y tan desenfrenada en su elocución, que pedí la cuenta de inmediato. Sin embargo, al salir le dio aire y toda la ebriedad que no se había evidenciado anteriormente, se volcó sobre ella como un chorro de agua, que tuve que cogerla para que no se cayera. La cogí de la mano y así anduvimos un largo trecho y buscar la manera de que se le pasara la borrachera. En una esquina, me abrazó, agradecida por cuidar de ella; me miró a los ojos de una manera tan extraña que me sentí intimidado y dijo: "¿Qué hacemos? ¿A dónde vamos?". Eso significaba una sola cosa. Creí que se molestaría o me mandaría al diablo. Todo lo contrario. Entramos al hostal más cercano como si ya lo hubiéramos hecho muchas veces. Y lo hicimos.

Pepe estaba más sorprendido que el resto. Le había ganado, porque a él no le pasaba lo del hostal sino a la tercera cita. Una de dos, dijo otro, o eres un suertudo o la chica es  recorrida. Puede ser, dije, pero el problema es que me gustó tanto que le pedí otra cita, esta vez más elaborada y ella, obviamente, estaba tan encantada que aceptó sin dudar. "¿Por qué problema?", preguntó Pepe. Empezaba a gustarme. Teníamos muchas cosas en común y vivíamos tan cerca, que si podía hacerlo conmigo, podía hacerlo con cualquiera. "Simplemente no te enamores", dijo. Y le hice caso.

El día de nuestro nuevo encuentro, no se apareció. Llamé a su celular, pero estaba apagado. Como nunca dijo exactamente donde vivía, nunca pude ubicar su casa ni me tomé la molestia de pasear por el mercado el domingo. El fin de semana fui al supermercado y no la encontré. Ese día, según una de sus compañeras, no vino a trabajar. Debía haber estado ahí, porque no tenían orden de cambio de local. Extraño, muy extraño. No volví a verla y, aunque sonara extraño, su amiga también pasó el control de calidad la vez que regresé por si acaso viera de nuevo a mi amiga fugitiva. Me reconoció en seguida y dijo: "Disculpa, ¿te conozco de algún lado?".

jueves, 7 de marzo de 2013

Noches de insomnio

Sé que las cosas no marchan bien dentro de mi cabeza. La fuerza de voluntad y de vivir las he ido perdiendo a medida que el desencanto me ha convertido en un ser sin horizonte ni rumbo. Fumo compulsivamente. No sé cuántas cajetillas habré consumido a lo largo de la semana, que mi ropa huele a discoteca y mi garganta pide a gritos pastillitas Vick. Una amenaza que ronda mi cotidianidad es empezar a beber. No soy muy aficionado a la bebida, pero el vino acabó por convencerme que nada es imposible. Al menos, el tequila lo uso cuando me siento peor que cualquier noche de insomnio. No duermo lo necesario. ¿Cuál es el tiempo reglamentario para alcanzar el sueño perfecto? ¿Ocho, diez horas? A medida que las cosas se pusieron grises, hasta alcanzar tonos oscuros, yo diría que mi sueño fue bajando progresivamente de seis a cuatro horas y terminar con escalas de diez minutos. Trato de escribir, pero las ideas ya no funcionan como antes. Ni Beatles ni Doors ni Cash ni Dylan pueden ayudarme. ¿Hemingway, Joyce, Dos Passos, Kundera? Nada me conmueve, nada me llena. He perdido la batalla.

He entrado en un período de abstinencia y apatía sexual. Las mujeres no me atraen. Sería más fácil admitir que soy gay, pero reconozco que los hombres no son de mi gusto; así que, aliviado, he redescubierto que soy heterosexual. Sin embargo, rechazo el compromiso, doy la espalda al sentimiento, a la interacción social. El sexo nada tiene que ver. Es otra cosa. Ya ni deseos de masturbarme me obligan a quererme a mí mismo ni pagarle a una puta a que me haga el favor. ¿Qué favor? El favor se lo estoy dando yo al pagarle unos míseros cien soles por una hora y malgastar mi tiempo tratando de satisfacer mis deseos reprimidos.

He descubierto también que el vacío del alma no puede aliviarse artificialmente, menos aún aferrarse a una fe que no tiene sentido, que ha sido prostituida por gente hipócrita y oportunista. Cristo no quiso que lo que sucede con su doctrina se convierta en un botín. ¿Vender mi alma al diablo? ¡Es una estupidez! Si Dios no existe, mucho menos existirá Satanás. El bien y el mal son conceptos abstractos que la misma sociedad ha convertido en un alegato a la impunidad. Marco Tulio es un granuja, un homosexual reprimido que desea a toda costa que su marido Castañeda lo mantenga, lo avale, lo ponga en cuatro hasta llevarse muy campante el dinero de la comuna. Porque la verdad es irrefutable. La revocatoria es un mal chiste con redoble de tambores y bufidos estrepitosos; la muerte de Hugo Chávez es un misterio, como la leyenda urbana que dice haber recibido la maldición de Bolívar, solo por exhumar sus restos. La CIA le puso algo en la sopa, eso es evidente. ¿Que practicaba la santería? Yo practico la indiferencia ciudadana, y eso no es delito.

Seis noches consecutivas sin cerrar los ojos. Ni siquiera Freddy Kruger hace el honor de visitarme ni espantarme un rato. Ni los mostritos de Monster Inc. se atreven a pasarme la voz. ¿Es que ya nadie me quiere? ¿Por qué tendrían que quererme? ¿He hecho algo para que lo hagan? Soy un cero a la izquierda, un fracasado con zapatos bamba y corbata roja desgastada por el uso. Deambulo por las calles de Lima, solo y acongojado, muerto en vida que se enamora de la primera cojuda que se le atraviesa en el camino. Pero ya no me enamoro, una lección aprendida hace mucho tiempo, y un lamento que no tiene camino de retorno. Lo siento por mis ex... pero, sinceramente, nunca estuve enamorado de ellas. Era deseo, deseo de estar con alguien, de sentirme protegido por un alma caritativa, incondicional, complaciente. Sí, pues, fui un canalla. Toda esa mierda que alguna vez despotriqué y ridiculicé en mis escritos. En eso me convertí. En un manipulador, egoísta y egocéntrico hijo de puta -con el perdón de mi madre- sin respeto ni consideraciones por ninguna de ellas ni por mis conocidos. Hice creer a muchos que era una víctima, un niño incomprendido por su padre, al que le gustaba maltratar y subestimar mi talento y mi razón de ser en esta vida. ¡Hubieras hecho abortar a mi madre si no querías tenerme! Hasta ahora se lamenta no haberse ido a Estados Unidos a seguir el sueño americano. ¿Quién te detuvo? ¿Tu falsa idea de padre responsable? ¡Ni siquiera sabes pronunciar "How are you" ni "What's the metter"!

Sí, fui una víctima, una víctima de mi propia visión, de ser diferente a mis hermanos, a las esperanzas que mis padres buscaban en mí y lo que podría llegar a ser. Disculpen si los defraudé. Tomé mi propio camino y les di la espalda. Alguna vez habré pensado si realmente soy adoptado. Porque no me parezco a ninguno de ellos; no en lo físico, sino en carácter, en afinidad. Desde que tengo memoria me he caracterizado por ser el chico solitario, que vivía en su mundo sin estorbos. Suena irónico, pero he querido destacar y ser reconocido, por esa misma razón de pertenecer a una sociedad, a un todo. Cuanto más me acercaba, más se alejaban. Decidí alejarme, y son ellos ahora los que se acercan. Esta vez, ya nadie se acerca. Me han abandonado. Tal como siempre quise.

¿Será por eso que mi mujer decidió separarse? Al menos, mis hijas son la respuesta a mis lamentos. Alegran un poco mi agria existencia. Desearía tenerlas más tiempo conmigo, pero es imposible. Ya tienen otro papá que les puede dar lo que yo no puedo en estos momentos. Perdí a un par de diamantes de infinito valor, que ni siquiera luché ni me esforcé por mantenerlas a mi lado. Es la única vez que he querido a alguien de verdad. Pero no es suficiente. Agradezco que sea un buen tipo, que las quiere, que las cuida. Esta vez, mi ex mujer no se equivocó. Muchas veces me han invitado a pasar el domingo con ellos, pero la vergüenza es muy fuerte y no me atrevo a ponerlos en ridículo. Cuando una de mis hijas me llama y pregunta si voy a ir, lo único que digo es "ahí estaré". Y nunca llego.

Amanece. El sol se abre paso entre las nubes y la neblina que viene del mar. Al otro lado, alguien escucha La Inolvidable. José José es tan patético como mi rostro reflejado en el espejo. Quizá vuelva al psiquiatra. Necesito hablar con alguien, al menos, que me escuche. Ya nadie escucha; se dedica a lo suyo y le importa un pepino el resto. La soledad, en estos casos, es necesaria; pero también es una desventaja, pierdes contactos y posibles nuevos trabajos. Sí, pues. Lo único que me queda es jalar del gatillo o hacerle compañía a esos pollos del mercado. Al menos, tendría una buena erección.

Últimas palabras... fuera.

Foto original: fdzeta

miércoles, 27 de febrero de 2013

"Amiga, ¡qué buena que está tu papa!"

Suele ocurrir cada veinticinco semanas. Mis amigos deciden armarse de valor e invitarme a pasar con ellos una ronda de tragos y entretenimiento garantizado. La mayoría de veces soy un recluso de mis propios demonios, pero también es cierto que ando metido en difíciles tareas que me mantienen fuera de circulación. Esta vez, quise darme un respiro y verles nuevamente las caras. Mis amigos son algo especiales y se toman muy en serio los desaires, que hasta ahora no entiendo la insistencia con que me buscan. ¿Será que sienten mucho cariño hacia mi persona, o soy la opción menos mala de la noche? Esta vez, las cosas parecían menos contradictorias y llenas de sabor fraternal. El beneficio de la duda fue cortada de raíz y aparecí bajo el umbral de la puerta de aquel bar, el mismo que sirvió de muchas escenas imperdibles de nuestro acontecer juvenil.

Las cosas habían cambiado en tan poco tiempo. Las caras eran más estables, los sentimientos se apegaban a las normas de un empleo seguro y rentable, de una familia recién constituida, de una militancia política menos estridente y más reflexiva. Todo lo contrario a mí, que mantenía el mismo carácter y la misma disposición de hacer mofa de la idiosincracia limeña. Tal fue la impresión, que uno de ellos agradeció que siguiera siendo el Carlos M. Alarcón de los viejos tiempos, antes de Tarata y la corrupción fujimontesinista. Esos años habían dejado un sabor amargo en sus vidas, que les sorprendía que tomara las cosas con calma y buenaventura. Quizá, la única razón de mi presencia era esa: tomarnos unos minutos y alejarnos de las consabidas preocupaciones personales y estilo de vida vacíos y rutinarios.

Salazar estaba más gordo. Se le veía bien, con la incipiente barba entrecana y los gruesos anteojos de carey. Llevaba casi doce años dirigiendo una empresa de electrodomésticos y resultó todo un hallazgo verlo sentar cabeza. Nunca le vimos interés en los negocios ni sentido de liderazgo, que sorprendía verlo exudar ese entusiasmo por la carrera que había escogido. Lo mismo pensaba de González. La fotografía era su pasión, y lo hacía con bastante esmero. Ser reportero gráfico le valió una beca a Londres y estudiar en un prestigioso instituto. Dentro de poco inauguraba una exposición con sus más logradas fotografías en blanco y negro, porque era un forofo del arte expresionista. Cayetano, por su parte, había viajado mucho dentro y fuera del país como consultor de la Unesco, y era el único que había alcanzado cierta proyección en la sociedad. No le iba mal, estaba casado e iba por el segundo retoño. Creo que con él compartí más cosas que con el resto, a quienes apreciaba por su sentido del recato y la distinción. Fue una sorpresa saber que su carácter había mejorado, para bien o para mal. Como que se le había subido los humos y no fui el único que lo notó.

Más tarde, con treinta litros de licor encima, salimos tambaleantes en busca de otro escenario. Las calles estaban vacías y los locales a punto de cerrar. Viendo la poca disponibilidad que les esperaba, Salazar y González fueron los primeros en desertar. Nos despedimos y cada quien se fue por su lado. Cayetano y yo mantuvimos la esperanza de encontrar un hueco dónde caer. Había varias opciones, pero ninguna parecía convencernos de poner la marcha. Comprendí que quería otra cosa; estaba en busca de una aventura que le devolviera el espíritu de aquellas épocas. Traté de complacer sus requerimientos, a pesar del dolor en los pies y el sueño que me desmoronaba. Si no dormía dieciséis horas como mínimo, estaba frito. Se le ocurrió a que fuéramos a una discoteca, pero ésta estaba repleta y apestaba a sobaco. Luego, fuimos a otra y pasamos el rato bebiendo sangría. No estaba funcionando. Le dije que si quería llamar la atención de las féminas, la sangría nos hacía ver muy gays; así que pedimos sendos tragos que nos devolviera la esencia del macho alfa. Y tenía razón. Dos muchachas nos invitaron a bailar y la espera dio sus frutos.

No soy nada conversador. Cualquiera dirá que el aburrimiento es mi sello distintivo y repelo toda iniciativa de mi acompañante. En cambio, me gusta escuchar. Creo que eso sí me define de cuerpo entero. Mi receptor se siente cómodo al dejarlo explayar toda esa emotividad contenida, que quizá el papel de "paño de lágrimas" era ya una garantía de sentirme miserable toda la noche. En cambio, Cayetano la estaba pasando bien. Creo que ya se la estaba tirando en el baño, porque no lo veía en ningún lado. Pensé que se había largado y arrimado la cuenta de las bebidas. Pero no, al poco rato volvió, transpirado y agitado como una gelatina recién cuajada. Ni qué decir de su compañera, que llevaba la blusa arrugada y con el maquillaje alborotado, que parecía una pintura de Picasso. La muchacha estaba hecha una cuba, así que no sería extraño que se dejara tocar más de la cuenta sin que lo notara. Todo lo contrario a mi pareja, tan sobria como yo, que ninguno de los dos sintió la necesidad de ir más allá de una agarradita de manos o una sonrisa incómoda, en medio de un silencio también incómodo.

La muchacha tenía que irse. Era comprensible. Le dije a mi amigo que habían venido juntas; por tal motivo, debían irse juntas. Trató de convencerlas que se quedaran un rato más o, de lo contrario, ir a un lugar menos bullicioso en donde podamos pasar un "momento agradable". No atracaron. La más borracha se puso insolente y sólo atinaba a balbucear incoherencias. Me imagino que la mamá de Cayetano formaba parte de su repertorio. Sin provocar un incidente mayor, las despachamos en un taxi y sanseacabó. Ni siquiera intercambiamos teléfonos. Eso demostraba que no éramos más que un divertimento fugaz, de difícil recordación.

Cayetano también tenía sus copas de más. Caminamos largo y tendido a través de una larga y solitaria avenida. Era la única manera que le pasara la borrachera. Yo tenía sueño. La ventaja de no ser tan pollo. No se me ocurrió mejor idea que comer salchipapas en El Burrito. Estaba abierto toda la madrugada y nunca era tarde comer frituras saturadas en grasa. Tenía hambre, no había comido nada desde temprano. Pedimos una porción grande de salchipapas y picamos de ahí, junto con una jarra de chicha morada, con más agua que chicha. La mesera que nos atendía no estaba mal, tenía buenas piernas bajo esa diminuta falda y dos generosos pechos que ocuparon toda mi atención. Cayetano no perdió el tiempo y le pellizcó en la cintura cuando ésta pidió la orden. La muchacha le quitó la mano enseguida, quejándose del atrevimiento. "Amarra a tu perro", dijo. Me disculpé por el estado lamentable en que se encontraba, pero no fue suficiente.

Cuando el piqueo se había terminado, la muchacha regresó a recoger la mesa. Cayetano, muy suelto de huesos, le dijo: "Amiga, ¡qué buena está tu papa!". No supo si reír o darle una cachetada. Entendió la indirecta y simplemente se marchó. Luego, Cayetano se echó sobre el asiento y se quedó dormido. Hasta se puso a roncar, sin respetar a la pareja que teníamos a la espalda. Pedí la cuenta y la muchacha sugirió que volviera otro día, pero solo. Comprendí que mi amigo no era una buena compañía para disfrutarla después de las doce. Sin embargo, prefería verlo así que verlo sobrio, tan soberbio y metido en su personaje de ministro o ejecutivo de alto rango. Por eso me gusta estar solo. Las malas compañías me quitan la oportunidad de ser yo mismo y quedo siempre en el papel de niñera.

Llevé a mi amigo al paradero. Estaba aclarando y el reloj marcaba las seis de la mañana. Tomó el primer bus que pasó por esa calle, rumbo a su casa. Mientras, aún solo y sin que un alma decidiera asomarse, regresé a El Burrito. La mesera se sorprendió verme. Pedí un café bien cargado. Me tomaría diez minutos beberlo... y olvidar lo que había pasado aquella noche.